Hay preguntas que quizá nunca encuentren una respuesta completa. Y, sin embargo, la vida todavía puede ofrecernos motivos para sonreír, personas a quienes amar y amaneceres capaces de devolvernos la esperanza.
1. El hombre que necesitaba comprenderlo todo
A los sesenta y tres años, Esteban había llegado a una conclusión que, durante mucho tiempo, consideró una virtud: todo tenía que tener una explicación.
No era un hombre frío, aunque algunas personas lo describieran como demasiado racional. Tampoco carecía de sensibilidad. Al contrario, sentía profundamente, pero había aprendido a esconder sus emociones detrás de preguntas, cálculos y razonamientos. Cuando algo le dolía, intentaba comprenderlo. Cuando algo lo asustaba, buscaba información. Cuando una persona se alejaba, repasaba cada conversación para descubrir en qué momento había cometido un error. Cuando la vida lo sorprendía con un acontecimiento inesperado, necesitaba encontrar una causa que le permitiera ordenar el caos.
Durante cuarenta años había trabajado como técnico electricista. Le gustaban los mecanismos, los circuitos, las herramientas y los problemas que podían resolverse siguiendo una secuencia lógica. Una lámpara que no encendía tenía una causa. Un motor que dejaba de funcionar ofrecía señales. Una instalación defectuosa podía examinarse hasta encontrar el punto exacto donde se interrumpía la corriente.
Esteban confiaba en ese principio: si uno observaba con suficiente atención, tarde o temprano encontraría aquello que estaba fallando.
El problema comenzó cuando intentó aplicar esa misma lógica a la vida.
Porque la vida, a diferencia de una instalación eléctrica, no siempre revela dónde se interrumpió la corriente. Hay relaciones que terminan sin una explicación satisfactoria. Hay personas buenas que atraviesan sufrimientos que no merecen. Hay decisiones que parecen correctas y, aun así, conducen a resultados dolorosos. Hay despedidas que llegan demasiado pronto. Hay puertas que se cierran sin que podamos descubrir por qué. Y hay momentos en los que uno puede revisar todos los detalles de su historia sin encontrar una respuesta capaz de calmar el corazón.
Esteban no soportaba esos espacios vacíos.
Necesitaba llenarlos.
Su esposa, Clara, solía decirle que a veces él podía pasar una noche entera intentando resolver un problema que ni siquiera dependía de él.
—No puedes encontrar una solución para todo, Esteban.
Él levantaba la mirada del periódico, del teléfono o de la libreta donde anotaba sus preocupaciones.
—Siempre hay alguna razón.
—Puede ser. Pero no siempre vamos a conocerla.
—Entonces tenemos que seguir buscando.
Clara suspiraba con ternura.
—¿Y cuándo vamos a vivir mientras buscamos?
Esteban no sabía qué responder.
Aquella pregunta lo acompañaba durante algunos minutos, pero después volvía a sus ocupaciones. Se levantaba temprano, ordenaba sus herramientas, reparaba algo en la casa, revisaba las cuentas, organizaba las compras y comprobaba que todo estuviera en su sitio.
En apariencia, era un hombre responsable, previsor y cuidadoso.
Por dentro, sin embargo, vivía cansado.
No estaba cansado solamente por las cosas que hacía. Estaba agotado por todas aquellas que intentaba comprender, anticipar o controlar.
Le preocupaba el futuro de sus hijos, la salud de su esposa, la economía de la familia, las decisiones que había tomado veinte años atrás y hasta las posibilidades que nunca se habían convertido en realidad.
A veces, mientras se lavaba los dientes antes de dormir, se sorprendía pensando en una conversación de hacía quince años.
¿Qué habría ocurrido si hubiera aceptado aquel trabajo?
¿Habría tenido más dinero?
¿Habría vivido en otra ciudad?
¿Habría podido evitar algunas dificultades?
¿Sería más feliz?
Después se acostaba y permanecía despierto, construyendo una vida imaginaria en la que cada decisión había sido diferente.
Lo más triste era que, mientras intentaba descubrir si su pasado había podido ser mejor, dejaba de prestar atención a la vida que todavía tenía delante.
No veía que Clara había dejado de contarle algunas cosas porque notaba que él siempre estaba preocupado por resolverlas.
No advertía que sus hijos habían aprendido a decirle que todo estaba bien, incluso cuando necesitaban conversar, porque sabían que cualquier dificultad terminaría convirtiéndose en una larga búsqueda de causas y soluciones.
Tampoco comprendía que su propia necesidad de encontrar respuestas estaba comenzando a robarle algo mucho más valioso que la tranquilidad.
Le estaba robando el presente.
2. La llamada que no pudo resolver
Todo cambió una tarde de otoño.
Esteban estaba en el patio de su casa, reparando una vieja silla de madera, cuando sonó el teléfono.
Era su hija mayor, Lucía.
—Papá, ¿estás ocupado?
—Estoy arreglando una silla. ¿Qué pasó?
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea.
—Necesito hablar con vos.
Esteban dejó el destornillador sobre la mesa.
Reconoció algo en la voz de su hija. No era solamente tristeza. Era ese tono que las personas utilizan cuando llevan demasiado tiempo intentando parecer fuertes y, finalmente, necesitan descansar en alguien.
—Decime, hija. ¿Qué sucede?
Lucía comenzó a llorar.
Su matrimonio estaba atravesando una crisis. Había descubierto que su esposo le había ocultado durante meses una situación económica importante. No sabía si quería continuar con la relación, si todavía podía confiar en él o si debía comenzar una vida diferente.
Estaba confundida, avergonzada y asustada.
—No sé qué hacer, papá. No entiendo cómo llegamos a esto. Yo creía que estábamos bien. Creía que nos conocíamos. ¿Cómo puede alguien compartir tantos años con vos y ocultarte algo así?