Sana Desde Tu Interior

Capítulo 23. El día que comprendiste que también merecías una vida en paz

Hay personas que pasan tantos años intentando sobrevivir a las tormentas que, cuando finalmente aparece un poco de calma, no saben qué hacer con ella.

Se acostumbraron a estar alerta. A esperar la próxima mala noticia. A imaginar lo que podría salir mal. A dormir con un ojo abierto, incluso cuando el mundo parece haberse detenido. Aprendieron a sonreír mientras resolvían problemas, a esconder sus preocupaciones para no inquietar a quienes amaban y a seguir adelante porque, sencillamente, no había otra opción.

Con el tiempo, esa manera de vivir se convierte en una costumbre tan profunda que deja de parecer una respuesta al sufrimiento y comienza a confundirse con la propia personalidad.

«Yo soy así», dicen.

«Siempre fui una persona preocupada».

«No puedo evitar pensar en lo peor».

«Si me relajo, seguramente algo va a pasar».

Y así, sin darse cuenta, terminan construyendo una casa dentro de sí mismos cuyas ventanas permanecen cerradas incluso cuando afuera ha salido el sol.

No es que no deseen la paz. La desean desesperadamente. Sueñan con una noche de sueño reparador, una conversación sin discusiones, una mañana sin angustia, una tarde en la que no tengan que resolver nada, un futuro que no se parezca a una amenaza.

Pero cuando la tranquilidad se acerca, algo dentro de ellos se resiste.

Porque la paz puede resultar extraña para quien vivió demasiado tiempo en guerra.

Y quizá una de las tareas más difíciles del camino de sanación consista precisamente en aprender que no estamos obligados a sufrir para demostrar que somos responsables, que no necesitamos anticipar todas las desgracias para proteger a quienes amamos y que no tenemos que permanecer en estado de emergencia durante el resto de nuestra vida solo porque alguna vez nos tocó atravesar una situación que nos hizo sentir indefensos.

La vida puede haber sido injusta contigo. Puede haberte quitado personas, oportunidades, sueños, seguridad o confianza. Quizá hayas cometido errores que todavía recuerdas con dolor. Tal vez debiste tomar decisiones difíciles cuando ninguna alternativa parecía buena. Quizá hayas pasado años haciendo lo que podías con los recursos emocionales, económicos y humanos que tenías en aquel momento.

No tienes que negar nada de eso.

No necesitas llamar bendición a lo que te lastimó ni fingir que las heridas no existieron.

Pero existe una diferencia enorme entre reconocer que has sufrido y convertir el sufrimiento en el único lugar donde sabes vivir.

Este capítulo es la historia de alguien que, después de muchos años intentando evitar que el mundo volviera a romperse, descubrió que también podía aprender a habitar los días buenos.

No porque todos sus problemas hubieran desaparecido.

No porque el futuro le hubiera firmado una garantía.

Sino porque, por primera vez, comprendió que su vida no podía seguir siendo únicamente una larga preparación para la próxima desgracia.

Y que él, después de tanto resistir, también merecía descansar.

1. El hombre que siempre esperaba una mala noticia

A las cinco y veinte de la mañana, cuando todavía no había amanecido, Esteban ya estaba despierto.

Tenía sesenta y cuatro años y llevaba mucho tiempo sin recordar qué significaba levantarse de la cama porque había descansado lo suficiente.

Abría los ojos antes de que sonara el despertador. A veces, incluso, despertaba unos minutos antes de que terminara de soñar. Se quedaba inmóvil, mirando el techo, con esa sensación indefinible de que había olvidado algo importante.

Al principio creía que se trataba de una obligación pendiente.

Entonces repasaba mentalmente la lista de tareas del día.

Pagar una factura. Llamar a un proveedor. Revisar un vencimiento. Preguntarle a su hija si había conseguido resolver aquel asunto. Averiguar por qué su hijo había tardado tanto en contestar el mensaje de la noche anterior. Comprobar si el automóvil hacía un ruido extraño. Recordar que el techo del fondo necesitaba una reparación.

Siempre encontraba algo.

Y cuando terminaba de repasar las obligaciones concretas, aparecían las preocupaciones que no tenían nombre.

¿Qué pasaría si enfermaba?

¿Y si sus hijos atravesaban una dificultad y no podían contar con él?

¿Y si el dinero no alcanzaba?

¿Y si aquella molestia que había sentido la semana anterior significaba algo grave?

¿Y si su esposa, Elena, se cansaba de verlo siempre preocupado?

¿Y si, después de tantos años trabajando y esforzándose, todo lo que había construido terminaba derrumbándose de un día para otro?

Esteban no formulaba esas preguntas porque disfrutara del pesimismo. En realidad, estaba convencido de que preocuparse era una forma de cuidar.

Había aprendido que las cosas podían cambiar sin avisar.

Cuando tenía treinta y nueve años, una empresa en la que había depositado buena parte de sus ahorros cerró de manera inesperada. Durante meses había trabajado jornadas interminables, confiando en que aquel esfuerzo les permitiría a él y a su familia vivir con mayor tranquilidad. Sin embargo, una mañana recibió una llamada que cambió sus planes.

Los números no cerraban. Los pagos se habían detenido. Las promesas de los responsables se convirtieron en silencios. En cuestión de semanas, el proyecto que parecía sólido se transformó en una deuda que tardaría años en resolver.

Recordaba perfectamente el día en que tuvo que contarle a Elena lo que estaba ocurriendo.

Estaban sentados a la mesa de la cocina. Sobre el mantel había una taza de café que se había enfriado sin que ninguno la tocara.

—Nos equivocamos —dijo él.

No había terminado de hablar cuando sintió que la vergüenza le subía por el cuello.

—¿Cuánto perdimos? —preguntó ella.

Esteban bajó la mirada.

No sabía cómo explicar la magnitud de aquello. Le parecía que, al pronunciar las cifras, estaría reconociendo no solo una pérdida económica, sino también un fracaso personal.




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