Sana Desde Tu Interior

Capítulo 24. El valor de volver a abrir las ventanas del alma

Hay momentos en los que no dejamos de vivir porque hayamos perdido la esperanza, sino porque, después de haber sufrido demasiado, comenzamos a tener miedo de que la felicidad vuelva a encontrarnos.

1. La casa donde ya no entraba el viento

A los cincuenta y ocho años, Verónica había aprendido a vivir sin esperar demasiado de la vida.

No lo decía en voz alta. No era una mujer amarga, ni de esas personas que encuentran una razón para quejarse de cada cosa. Por el contrario, quienes la conocían la describían como alguien tranquila, responsable, generosa y capaz de resolver los problemas de los demás con una serenidad que parecía inagotable.

Si una vecina necesitaba que la acompañaran al médico, Verónica encontraba el tiempo. Si una compañera de trabajo atravesaba una dificultad familiar, ella escuchaba durante horas. Si alguno de sus hermanos necesitaba ayuda, aunque fuera en medio de una jornada agotadora, procuraba estar presente.

Sin embargo, cuando alguien le preguntaba cómo estaba, su respuesta era casi siempre la misma.

—Bien. Todo tranquilo.

Aquella frase se había convertido en una puerta cerrada.

Detrás de ella vivían muchas cosas que Verónica no sabía cómo explicar: la decepción de un amor que había terminado mal, la tristeza por las oportunidades que nunca se había animado a perseguir, el cansancio de haber sido durante décadas la persona que sostenía a todos y la extraña sensación de que, mientras intentaba mantener a los demás a salvo, se había ido quedando sin un lugar propio donde descansar el corazón.

Pero había algo más profundo.

Verónica había dejado de ilusionarse.

No porque no tuviera deseos. Los tenía, aunque procuraba no mirarlos demasiado de cerca.

Quería viajar alguna vez a un lugar donde no conociera a nadie. Quería aprender a pintar con acuarelas. Quería volver a bailar sin preocuparse por el aspecto de su cuerpo. Quería sentarse en una cafetería, pedir algo que le gustara y quedarse mirando la calle sin sentir que estaba desperdiciando el tiempo.

Quería, incluso, volver a enamorarse de la vida.

Pero cada vez que una posibilidad comenzaba a insinuarse, aparecía dentro de ella una voz conocida.

«¿Para qué?».

¿Para qué empezar algo a esta edad?

¿Para qué emocionarse si después las cosas podían salir mal?

¿Para qué acercarse a alguien si las personas terminaban marchándose?

¿Para qué construir una ilusión si el destino podía derrumbarla en un instante?

Verónica no había renunciado a la felicidad mediante una decisión consciente. No había despertado una mañana diciendo que nunca volvería a soñar.

Simplemente, después de sufrir algunas decepciones importantes, había comenzado a protegerse.

Primero dejó de aceptar invitaciones porque estaba cansada. Después dejó de proponer encuentros porque no quería molestar. Más tarde abandonó las clases de pintura a las que había asistido durante unos meses. Guardó los pinceles, regaló algunas pinturas y se dijo que aquella actividad había sido una distracción pasajera.

También dejó de escuchar música mientras cocinaba.

Antes, la música llenaba su casa. Cantaba mientras preparaba la cena, movía los hombros al ritmo de las canciones antiguas y se reía cuando alguna nota le salía mal.

Ahora cocinaba en silencio.

No porque el silencio le gustara especialmente, sino porque había perdido la costumbre de hacer cosas que no tuvieran una finalidad práctica.

Su casa era un lugar ordenado, limpio y funcional. Los muebles estaban siempre en su sitio. Los cajones contenían lo necesario. La ropa se encontraba cuidadosamente doblada. No había objetos fuera de lugar ni asuntos domésticos que quedaran pendientes durante demasiado tiempo.

Sin embargo, las ventanas permanecían cerradas incluso en los días hermosos.

Verónica decía que entraba demasiado polvo.

La verdadera razón era más difícil de reconocer: había aprendido a cerrar las ventanas de su alma con la misma meticulosidad con la que cerraba las de su casa.

Había llegado a creer que, si no permitía entrar demasiadas cosas, tampoco tendría que sufrir cuando se marcharan.

Y durante un tiempo aquella estrategia pareció funcionar.

No había grandes discusiones. No había nuevas decepciones. No había despedidas inesperadas ni promesas que pudieran romperse.

Pero tampoco había demasiadas sorpresas.

Ni entusiasmo.

Ni esa alegría espontánea que aparece cuando alguien nos invita a hacer algo inesperado y, antes de que la mente encuentre diez razones para negarse, el corazón ya está sonriendo.

Verónica había conseguido reducir el riesgo de sufrir.

El precio había sido reducir también la posibilidad de sentirse viva.

Todavía no lo sabía, pero una parte de su sanación comenzaría el día en que alguien le hiciera una pregunta aparentemente sencilla:

—¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo solamente porque te hacía feliz?

2. La visita que llegó sin avisar

Era una tarde de otoño cuando sonó el timbre.

Verónica estaba doblando unas toallas en el dormitorio. Miró el reloj, dejó la ropa sobre la cama y caminó hasta la puerta preguntándose quién podía ser.

Al abrir, encontró a su sobrina Emilia.

Tenía veintiséis años, el cabello recogido de cualquier manera y una mochila colgada de un hombro. Sonreía con esa mezcla de entusiasmo y cansancio que Verónica recordaba de su propia juventud.

—¡Tía! ¿Estás ocupada?

—No, hija. Pasá.

Emilia entró, dejó la mochila junto al sillón y miró alrededor.

—Tu casa sigue igual.

—¿Eso es bueno o malo?

—Es… muy tuya.

Verónica sonrió, aunque no supo exactamente qué significaba aquello.

Preparó café. Emilia sacó de la mochila una pequeña caja de cartón y la colocó sobre la mesa.

—Te traje algo.

—¿Qué hiciste ahora?




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