Hay momentos en los que el dolor termina, pero el miedo permanece. La tormenta se aleja, el cielo comienza a despejarse y, sin embargo, seguimos viviendo como si en cualquier momento fueran a regresar los truenos. Sanar también significa aprender a reconocer que aquello que nos lastimó pertenece a nuestra historia, pero no tiene por qué gobernar todos los días que todavía nos esperan.
1. La mujer que siempre esperaba que algo saliera mal
A las seis y veinte de la mañana, cuando la ciudad todavía estaba despertándose, Verónica abrió los ojos de golpe.
No había escuchado ningún ruido extraño. No había recibido una llamada. No había ocurrido nada que justificara aquella sensación de alarma que le apretaba el pecho.
Sin embargo, ya estaba despierta.
Miró el reloj de la mesa de luz. Después observó la puerta del dormitorio, como si necesitara comprobar que todo seguía en su sitio. Escuchó el silencio de la casa. Miró hacia la ventana. Finalmente, tomó el teléfono para revisar si había algún mensaje.
Nada.
Ninguna noticia.
Ningún problema.
Ninguna razón concreta para sentir que el día podía comenzar con una desgracia.
Pero Verónica ya estaba pensando en todo lo que podía salir mal.
Quizá su hijo no llegara a tiempo al trabajo. Quizá la llamaran del banco por algún inconveniente. Quizá apareciera una factura inesperada. Quizá aquella molestia que había sentido el día anterior fuera el comienzo de algo grave. Quizá la tranquilidad que estaba experimentando fuera solamente la pausa anterior a otra dificultad.
Se levantó, preparó café y abrió las cortinas.
Afuera, el cielo tenía un color azul suave. Una vecina barría la vereda. Un hombre paseaba a su perro. Desde una casa cercana llegaba el sonido de una radio.
La vida estaba sucediendo con una normalidad sencilla.
Verónica, sin embargo, no podía entregarse a ella.
Su mente había comenzado a construir un refugio extraño: intentaba anticiparse a cada posible desgracia para que ninguna pudiera sorprenderla.
Si alguien tardaba en responder un mensaje, imaginaba que había ocurrido algo.
Si una conversación quedaba pendiente, pensaba que quizá escondía un conflicto.
Si una persona a la que amaba estaba atravesando una etapa tranquila, sentía miedo de que algo viniera a interrumpirla.
Cuando recibía una buena noticia, se alegraba, pero enseguida aparecía una voz interior que le susurraba:
No te ilusiones demasiado. Después puede venir algo peor.
Verónica tenía cincuenta y nueve años y había vivido suficientes dificultades como para saber que la vida no siempre se comporta de la manera que deseamos.
Había atravesado problemas económicos, una separación dolorosa, la enfermedad de su madre y la pérdida de personas que habían sido importantes para ella. Había tenido que tomar decisiones en momentos de mucha incertidumbre. Había conocido noches en las que el sueño no llegaba y mañanas en las que levantarse exigía un esfuerzo enorme.
Durante años, había hecho lo necesario para continuar.
Trabajó.
Cuidó.
Resolvió.
Acompañó.
Aprendió a sostener responsabilidades incluso cuando sentía que ya no tenía fuerzas.
Y lo consiguió.
Su vida no era perfecta, pero había logrado construir una estabilidad que tiempo atrás le parecía imposible.
Tenía un pequeño departamento, un trabajo que le permitía cubrir sus gastos, un hijo adulto al que amaba profundamente y algunas amistades que habían permanecido a su lado a través de los años.
Sin embargo, aunque muchas de las circunstancias que la habían obligado a vivir en alerta habían cambiado, ella continuaba sintiéndose como aquella mujer que no podía permitirse bajar la guardia.
Había salido de varias tormentas, pero seguía durmiendo con el paraguas abierto.
Y lo más doloroso era que comenzaba a olvidar cómo se sentía vivir sin esperar una amenaza.
Una mañana, mientras observaba el café que tenía delante, se hizo una pregunta que llevaba mucho tiempo evitando:
¿Y si ya no estoy luchando contra lo que me pasó, sino contra todo lo que temo que vuelva a pasar?
No encontró una respuesta inmediata.
Pero aquella pregunta se quedó con ella durante todo el día.
Y, sin saberlo, acababa de abrir una puerta.
2. El origen de una alarma que nunca se apagaba
Verónica no siempre había vivido de aquella manera.
Cuando era joven, podía hacer planes sin revisar mentalmente todas las dificultades que podrían aparecer. Se entusiasmaba con una salida, organizaba reuniones con sus amigas y se permitía imaginar el futuro con una confianza que entonces le parecía natural.
No era ingenua.
Sabía que existían problemas.
Pero todavía no había aprendido a interpretar cada incertidumbre como una señal de peligro.
Eso cambió cuando comenzaron a acumularse las dificultades.
Primero fue una crisis económica que obligó a su familia a reorganizarlo todo. Después llegaron discusiones que desgastaron su relación de pareja. Más adelante, una separación que no había imaginado y que la dejó enfrentada a preguntas que nunca había tenido que responder sola.
Durante aquella etapa, Verónica descubrió que algunas cosas podían cambiar de un día para otro.
Un ingreso que parecía seguro podía desaparecer.
Una persona que prometía quedarse podía marcharse.
Un plan cuidadosamente organizado podía derrumbarse por circunstancias que nadie había previsto.
La vida, que hasta entonces le había parecido relativamente ordenada, comenzó a mostrarle su parte imprevisible.
Y ella hizo lo que muchas personas hacen cuando atraviesan situaciones difíciles: intentó controlar todo lo que todavía podía controlar.
Revisaba las cuentas varias veces.
Planificaba cada gasto.
Necesitaba saber dónde estaba su hijo y a qué hora regresaría.