Hay personas que pasan años esperando que alguien les dé una nueva oportunidad, sin darse cuenta de que la puerta que más necesitan abrir es la que ellas mismas mantienen cerrada por miedo, vergüenza o arrepentimiento.
1. La mujer que había dejado de creer en sus propios comienzos
A las seis y veinte de la mañana, cuando la primera claridad comenzaba a dibujar una línea pálida sobre los techos del barrio, Beatriz abrió los ojos y permaneció inmóvil.
No había sonado todavía el despertador. Tampoco se escuchaban los primeros colectivos, ni el murmullo de los vecinos que comenzaban a preparar sus casas para otro día de trabajo. El mundo parecía suspendido en esa pequeña pausa que existe entre la oscuridad y el amanecer.
Sin embargo, dentro de ella, el día ya había comenzado hacía mucho tiempo.
Llevaba varios minutos despierta, repasando mentalmente las cosas que no había hecho, las decisiones que había tomado mal, las oportunidades que había dejado escapar y las palabras que, incluso después de tantos años, todavía le dolían.
Tenía sesenta y un años y una costumbre que nadie conocía por completo: cada mañana, antes de levantarse, hacía un inventario silencioso de sus errores.
No lo llamaba así. Para ella era simplemente pensar.
Pero no pensaba en lo que había aprendido, en las dificultades que había superado, en las veces que había sido generosa o en los momentos en que había encontrado fuerzas cuando parecía que ya no le quedaban.
Pensaba en lo que debería haber hecho.
Debería haber estudiado cuando era joven.
Debería haber terminado aquel curso de auxiliar administrativa.
Debería haber aceptado el trabajo que le ofrecieron cuando tenía treinta y cuatro años.
Debería haber hablado con su hermana antes de que pasaran tantos años sin dirigirse la palabra.
Debería haber acompañado más a su padre durante sus últimos meses.
Debería haber sido menos orgullosa.
Debería haber sido más valiente.
Debería haber comprendido antes tantas cosas que recién ahora comenzaban a resultarle evidentes.
Su vida estaba llena de esos pequeños tribunales interiores en los que ella misma era acusada, testigo, fiscal y jueza. No necesitaba que nadie le recordara sus equivocaciones. Había aprendido a hacerlo con una precisión dolorosa.
A veces, incluso, podía recordar una conversación de veinte años atrás con más claridad que una alegría de la semana anterior.
Era como si su memoria hubiera desarrollado una habilidad particular para conservar aquello que la lastimaba.
Se incorporó lentamente, apartó las sábanas y apoyó los pies en el suelo frío.
En la habitación había una cómoda antigua, una fotografía de sus padres y un pequeño crucifijo de madera que su madre le había regalado cuando se casó. Cerca de la ventana, una planta de hojas verdes necesitaba agua. Sobre una silla descansaba un vestido azul que llevaba meses sin ponerse.
Beatriz miró la planta.
—Hasta a vos te tengo abandonada —murmuró.
Después se levantó para buscar la regadera.
Lo que no advirtió fue que aquella frase, pronunciada casi sin pensar, resumía la manera en que se trataba a sí misma.
Todo lo que no salía como esperaba se convertía en una prueba de su incapacidad. Todo lo que quedaba pendiente confirmaba que no era suficiente. Cada sueño que había postergado se transformaba en una acusación.
Y, poco a poco, había dejado de imaginar que algo nuevo pudiera comenzar.
No porque su vida hubiera terminado.
Sino porque, en algún momento, había llegado a creer que las oportunidades tenían una fecha de vencimiento y que ella ya había superado la suya.
Cuando era joven, pensaba que algún día haría muchas cosas. No tenía una lista demasiado precisa, pero guardaba dentro de sí una especie de promesa: estudiaría, conocería otros lugares, aprendería a hacer algo que le gustara, tendría una actividad propia y encontraría una forma de sentirse orgullosa de sí misma.
La vida, sin embargo, había ido colocando otras prioridades delante de sus deseos.
Primero llegaron las responsabilidades familiares.
Después, las dificultades económicas.
Más tarde, la enfermedad de su padre, los problemas de su matrimonio, la crianza de sus hijos y los años en que parecía que siempre había alguien que necesitaba algo de ella.
Beatriz no se arrepentía de haber amado ni de haber cuidado.
Lo que le dolía era haberse acostumbrado a pensar que sus propias posibilidades podían esperar indefinidamente.
Y cuando finalmente tuvo un poco más de tiempo, descubrió que no sabía qué hacer con él.
Había pasado tantos años diciéndose que todavía no era el momento, que cuando el momento llegó ya no se sentía autorizada a comenzar.
El problema no era solamente que hubiera dejado algunos sueños atrás.
El problema era que había convertido esas renuncias en una sentencia sobre su identidad.
Ya no decía: «No pude hacerlo».
Decía:
—Yo nunca fui capaz.
Y entre esas dos frases existía una distancia enorme.
La primera hablaba de circunstancias, decisiones y oportunidades.
La segunda pretendía definir toda una vida.
Aquella mañana, sin saberlo todavía, Beatriz estaba a punto de comenzar a descubrir la diferencia.
Pero no sería a través de una revelación extraordinaria.
No habría una voz que descendiera del cielo para decirle que todo estaba perdonado, ni una noticia inesperada que resolviera sus dificultades.
Su transformación empezaría con algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil: aceptar que podía volver a intentarlo sin tener que demostrar que nunca había fracasado.
2. El cuaderno guardado en el fondo del armario
El jueves, mientras ordenaba un armario que llevaba meses evitando, Beatriz encontró una caja de cartón detrás de unas mantas.