Sana Desde Tu Interior

Capítulo 38 EL DÍA QUE DEJASTE DE ESPERAR QUE LA VIDA TE DEVOLVIERA LO QUE PERDISTE

Hay dolores que no terminan cuando la herida cierra. Terminan, lentamente, cuando comprendemos que no necesitamos recuperar lo que fuimos para volver a sentirnos vivos.

1. La mujer que seguía mirando hacia atrás

A los sesenta y tres años, Amalia había aprendido a continuar.

Continuaba levantándose temprano, incluso los domingos. Continuaba preparando café en la misma taza blanca de flores azules. Continuaba regando las plantas del patio, doblando la ropa recién lavada y ordenando los cajones de la cómoda con una meticulosidad que a veces parecía desproporcionada. Continuaba saludando a los vecinos, atendiendo el teléfono y preguntando por la salud de quienes quería.

Desde afuera, su vida parecía haber encontrado cierta estabilidad.

Ya no lloraba todas las noches. Había dejado de despertarse sobresaltada por algunos recuerdos. Podía entrar en lugares que antes evitaba y escuchar determinadas canciones sin sentir que el corazón se le partía en dos. Había aprendido a reconocer sus emociones, a respirar cuando la tristeza se acercaba y a no avergonzarse de sus lágrimas.

Sin embargo, había algo que todavía no conseguía hacer.

No podía dejar de esperar.

Esperaba que un día la vida le devolviera aquella versión de sí misma que había perdido en algún lugar del camino. Esperaba volver a sentir la misma confianza con la que alguna vez había tomado decisiones. Esperaba recuperar la tranquilidad de aquellos años en los que todavía creía que el futuro era una casa con muchas habitaciones por descubrir.

Esperaba volver a ser la mujer que había sido antes de las decepciones, antes de las despedidas, antes de aquellas noticias que la obligaron a mirar de frente una realidad que nunca había imaginado.

Y, mientras esperaba, vivía.

Pero vivía como quien permanece en una estación después de que el tren se ha marchado, convencido de que quizá regrese por el mismo andén.

Su hija le decía que estaba mejor.

Su amiga Estela también lo notaba.

Incluso ella misma podía reconocerlo algunos días, cuando se sorprendía riendo por una tontería o cuando descubría que había pasado una tarde entera sin pensar en aquello que tanto la había lastimado.

Pero, en el fondo, Amalia continuaba haciéndose una pregunta que nunca pronunciaba en voz alta:

—¿Cuándo voy a volver a ser la de antes?

La pregunta la acompañaba como una sombra discreta.

Aparecía cuando encontraba una fotografía antigua. Cuando veía a una mujer de su edad caminando con una seguridad que ella sentía haber perdido. Cuando debía tomar una decisión importante. Cuando alguien le decía que tenía que disfrutar de la vida.

También aparecía en las mañanas tranquilas.

Especialmente en esas mañanas.

Porque durante mucho tiempo había creído que el sufrimiento era el único obstáculo entre ella y la felicidad. Pensaba que, cuando lograra dejar atrás lo ocurrido, podría recuperar la vida que había tenido antes.

Pero los meses habían pasado.

Después habían pasado los años.

Y aunque había conseguido sanar muchas heridas, no había recuperado exactamente la persona que recordaba.

Eso la desconcertaba.

¿Por qué, si había trabajado tanto en sí misma, todavía se sentía diferente?

¿Por qué algunas cosas que antes le resultaban sencillas ahora le exigían un esfuerzo enorme?

¿Por qué ya no podía mirar el mundo con aquella inocencia que había tenido de joven?

¿Por qué ciertas ilusiones habían perdido su brillo?

Y, sobre todo, ¿por qué le costaba tanto aceptar que algunas cosas no regresarían?

Amalia no sabía que una parte de su sufrimiento provenía de una lucha silenciosa: además de intentar sanar las heridas que la vida le había dejado, estaba intentando recuperar una versión de sí misma que ya no existía de la misma manera.

No solamente lloraba lo que había perdido.

También lloraba a la mujer que había sido cuando todavía no lo había perdido.

Y ninguna de las dos cosas podía resolverse obligándose a retroceder.

Una mañana de otoño, mientras limpiaba el dormitorio, encontró una caja de cartón detrás de unas mantas.

La caja estaba cubierta de polvo y tenía una cinta adhesiva amarillenta en uno de sus bordes. No recordaba exactamente cuándo la había guardado allí. Tal vez llevaba años escondida, esperando una ocasión que nunca llegaba.

Se sentó en el suelo, apartó las mantas y levantó la tapa.

Dentro había fotografías, algunas cartas, entradas de cine, una libreta pequeña, dos postales y un pañuelo de tela bordado con unas iniciales.

Durante un instante, sonrió.

Allí estaba una parte de su vida.

No toda, desde luego. Ninguna caja puede contener una existencia completa. Pero había suficientes rastros para que su memoria comenzara a abrir puertas que permanecían cerradas.

En una fotografía aparecía con veintisiete años, junto a una amiga, frente a una casa de verano. Tenía el cabello más oscuro, una sonrisa despreocupada y una mirada que parecía no conocer todavía el cansancio.

En otra estaba sentada en una mesa familiar, con las manos apoyadas sobre un mantel floreado y una expresión de felicidad tan espontánea que Amalia sintió una punzada en el pecho.

Se quedó mirando aquella imagen.

—¿Dónde estás? —susurró.

No se refería a la mujer de la fotografía.

Se refería a sí misma.

A esa parte de su personalidad que recordaba como luminosa, a la mujer que se reía sin analizar cada emoción, que confiaba en sus decisiones y que podía imaginar el futuro sin preguntarse primero cuántas cosas podían salir mal.

Le acarició el borde a la fotografía.

—Yo era así —murmuró.

Después agregó, con una tristeza que llevaba años escondiendo:

—Y quiero volver a serlo.

La habitación permaneció en silencio.

Afuera, una ráfaga de viento movió las hojas secas del patio.




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