Sana Desde Tu Interior

Capítulo 39 EL DÍA QUE COMPRENDISTE QUE TODAVÍA MERECES UNA VIDA HERMOSA

No necesitas haber tenido una vida perfecta para merecer una vida hermosa. No necesitas haber tomado siempre las decisiones correctas, haber sanado todas tus heridas ni haber cumplido cada uno de tus sueños. Tu derecho a encontrar alegría, amor y esperanza no depende de que tu historia haya sido impecable.

1. La mujer que creía que ya había vivido sus mejores años

A los sesenta y cuatro años, Beatriz había comenzado a despedirse de cosas que todavía no habían terminado.

Se despedía de los proyectos antes de intentarlos. De los viajes antes de averiguar cuánto costaban. De las amistades antes de atreverse a llamar. De los sueños antes de concederse la posibilidad de descubrir si todavía eran posibles.

No lo hacía de manera consciente.

Nadie la habría escuchado decir que renunciaba a la vida.

Si alguien le preguntaba cómo estaba, respondía que bien. Si le preguntaban qué planes tenía, hablaba de las obligaciones de la semana. Si alguna persona le proponía una actividad nueva, encontraba una razón práctica para postergarla.

—Ya estoy grande para esas cosas.

—A mi edad, ¿para qué?

—No vale la pena empezar ahora.

—Además, hay que ser realista.

Había pronunciado tantas veces esas frases que habían dejado de parecerle renuncias. Le sonaban a prudencia, a experiencia, a una forma madura de aceptar la realidad.

Sin embargo, cuando llegaba la noche y la casa quedaba en silencio, algo dentro de ella se entristecía.

No era exactamente nostalgia.

Tampoco era solamente miedo.

Era la sensación de que, sin darse cuenta, había empezado a vivir como si la parte más importante de su historia ya hubiera terminado.

Había trabajado durante décadas, había criado a sus hijos, había acompañado a sus padres durante la vejez y había atravesado dificultades que en su momento parecieron interminables. Había hecho lo que debía hacer, había cumplido compromisos y había aprendido a continuar incluso en los días en que el cansancio le pesaba más de lo que estaba dispuesta a reconocer.

Pero ahora, cuando algunas de aquellas obligaciones habían disminuido, no sabía qué hacer con el espacio que quedaba.

Tenía una lista de cosas pendientes que ya no miraba.

Un libro que deseaba leer.

Un curso de jardinería que había visto anunciado en el centro cultural.

Una invitación de una antigua compañera para visitar un pueblo cercano.

Un pequeño proyecto de costura que llevaba años imaginando.

También tenía ganas de volver a bailar, aunque le daba vergüenza reconocerlo. De escuchar música sin hacer otra cosa al mismo tiempo. De comprarse alguna prenda de un color que nunca se había atrevido a usar. De sentarse en una plaza y mirar a la gente sin sentir que estaba perdiendo el tiempo.

Eran deseos sencillos.

Ninguno exigía transformar el mundo.

Pero todos habían terminado guardados en el mismo cajón mental donde colocaba las cosas que consideraba demasiado tardías.

Una mañana, mientras ordenaba unos papeles, encontró un folleto de un taller de cerámica.

Lo había recogido meses atrás.

En la fotografía de la portada aparecían varias personas sentadas alrededor de una mesa, con las manos cubiertas de arcilla y expresiones de concentración. Una mujer de cabello blanco sostenía una taza recién moldeada. A su lado, un hombre de rostro arrugado intentaba darle forma a un pequeño cuenco.

Beatriz observó la imagen.

Recordó que, cuando era niña, le gustaba modelar figuras con barro húmedo. Hacía animales, pequeñas casas y platos imaginarios. Su madre solía guardar algunas de aquellas creaciones durante unos días, hasta que terminaban rompiéndose.

Nunca había pensado que aquella afición pudiera convertirse en algo más.

Con los años llegaron otras responsabilidades. La vida se llenó de horarios, obligaciones y necesidades urgentes. Las actividades que no producían algo útil quedaron relegadas.

Primero dejó de dibujar.

Después abandonó la idea de aprender a pintar.

Más tarde comenzó a decir que no tenía tiempo para esas cosas.

Y, cuando finalmente tuvo más tiempo, empezó a decir que ya era demasiado tarde.

Miró el folleto una vez más.

El taller comenzaba el jueves siguiente.

Había un número de teléfono impreso en la parte inferior.

Beatriz tomó su celular.

Abrió la aplicación de llamadas.

Marcó los primeros dos números.

Y se detuvo.

¿Qué iba a decir si le preguntaban su edad?

¿Y si todos los demás eran mucho más jóvenes?

¿Y si no tenía habilidad?

¿Y si sus manos no respondían como esperaba?

¿Y si llegaba y se sentía ridícula?

Dejó el teléfono sobre la mesa.

Después dobló el folleto y lo guardó en un cajón.

No era la primera vez que hacía algo parecido.

Había aprendido a renunciar sin necesidad de pronunciar la palabra renuncia.

Lo hacía mediante pequeñas decisiones que parecían insignificantes: no llamar, no preguntar, no averiguar, no probar, no aceptar.

Y cada vez que renunciaba a una posibilidad, se decía que no importaba demasiado.

Pero las posibilidades no desaparecían sin dejar una huella.

Algunas se convertían en curiosidad.

Otras, en una pequeña tristeza.

Y otras permanecían dentro de ella como preguntas que no encontraba la manera de responder.

Una tarde, su nieta Lucía llegó a visitarla.

Tenía dieciséis años y atravesaba esa etapa en la que las preguntas sobre el futuro podían producir entusiasmo y miedo al mismo tiempo.

Se sentaron en la cocina, compartieron una merienda y hablaron de la escuela, de sus amigas y de las cosas que Lucía quería hacer cuando terminara de estudiar.

En un momento, la adolescente comentó que le gustaría aprender fotografía.

—Pero no sé si voy a ser buena —agregó—. Me da miedo empezar y descubrir que no tengo talento.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.