El sol de Los Ángeles se filtraba con fuerza a través de los enormes ventanales de la residencia Grayson, pero el ambiente dentro de la casa era tan tenso como una base militar en estado de alerta. Damon Grayson caminaba de un lado a otro por la sala de estar. Su imponente presencia física dominaba el lugar: era un hombre sumamente alto, de hombros anchos, mandíbula marcada y un cuerpo atlético esculpido por los rigores del ejército, decorado con tatuajes oscuros que trepaban por sus brazos y desaparecían bajo el cuello de su uniforme. A sus treinta y un años, Damon no solo era un hombre ridículamente guapo y sexy; era uno de los militares más poderosos e influyentes de la costa oeste, respetado y temido por igual.
Damon venía de una dinastía implacable. Los Grayson eran una familia de puros hombres que daban hombres. Criaturas de acero, líderes natos que durante generaciones solo habían engendrado varones imponentes para perpetuar el apellido y el linaje militar.
Frente a él, sentados en dos pesados sillones de cuero, se encontraban las dos figuras más imponentes de su vida: su padre, el general Arthur Grayson, y su abuelo, el legendario coronel retirado Silas Grayson. Ambos hombres lo miraban con la misma severidad de acero que compartían todos los miembros de su sangre.
—Tres años, Damon. Ya han pasado tres años desde que te casaste con Liria —soltó el abuelo Silas, golpeando levemente su bastón de madera contra el suelo—. El apellido Grayson necesita continuidad. Tu padre y yo ya te hemos dado el terreno, el poder y el estatus. Es hora de que cumplas con tu deber y nos entregues un heredero digno de este linaje.
—Liria también es militar, entiende perfectamente la disciplina y la importancia del legado —añadió Arthur, cruzándose de brazos—. Es una buena mujer, aunque su rango en el comando no sea tan relevante como el tuyo. Pero la falta de un hijo ya está empezando a ser un tema de conversación en el círculo militar. ¿Cuál es el problema, Damon?
Damon apretó los puños, sintiendo que la presión familiar le asfixiaba el pecho. Amaba profundamente a su esposa. Liria Park era una teniente del ejército, una mujer hermosa, valiente y dedicada, pero que operaba en un rango menor dentro de las oficinas de logística y estrategia en Los Ángeles. Durante los tres años de su matrimonio, habían intentado concebir un bebé de todas las maneras posibles, pero el vientre de Liria seguía vacío. El orgullo de Damon, alimentado por el machismo implícito de una familia que se creía perfecta, jamás le había permitido cuestionar su propia biología.
En ese momento, Liria entró a la sala vistiendo su uniforme de faena, con el cabello castaño recogido en una trenza impecable. Al notar la mirada inquisitiva de su suegro y del abuelo Silas, sintió una opresión en el estómago. Sabía perfectamente de qué estaban hablando.
—Buenas tardes, señores —saludó Liria con voz firme, manteniendo la postura militar que tanto le habían exigido.
—Liria, justo hablábamos de la familia —dijo el abuelo Silas, poniéndose de pie con dificultad, pero manteniendo una postura altiva—. Mañana tienen la cita con el especialista médico de la base. Esperamos que regresen con respuestas claras. Un Grayson no vive de esperas, vive de resultados.
Cuando los dos hombres mayores se retiraron, Damon se acercó a Liria. La tomó por la cintura, atrayéndola hacia su cuerpo masivo. A pesar de la frustración que le causaba el tema, el deseo y el amor que sentía por ella eran innegables. Le dio un beso posesivo en los labios, sintiendo el aroma de su piel.
—Todo va a estar bien, nena —murmuró Damon con su voz ronca y profunda, acariciándole la espalda—. Mañana el médico nos dirá qué es lo que te está pasando y buscaremos el tratamiento adecuado. Los Grayson siempre conseguimos lo que queremos, y yo voy a tener a mi heredero.
Liria forzó una sonrisa, ocultando el temor que le causaba la inmensa seguridad de su esposo. Ella misma deseaba ser madre con todo su ser, pero la sombra de la perfección de los Grayson empezaba a sentirse como una sentencia.