El silencio en el apartamento que alguna vez compartieron se había vuelto insoportable. Sobre la mesa de centro de la sala, descansaban los documentos oficiales que daban fin a tres años de matrimonio. Liria permanecía de pie frente a la ventana, observando las luces de Los Ángeles, tragándose el nudo de dolor que le oprimía la garganta. Su decisión estaba tomada; no iba a seguir mendigando el amor de un hombre que había preferido el orgullo de su linaje por encima de ella.
Damon entró a la sala vistiendo un pantalón militar y una camiseta negra ajustada que dejaba al descubierto los imponentes tatuajes de sus brazos. Su imponente y sexy figura llenaba el espacio, pero su rostro reflejaba una fría indiferencia. Caminó hacia la mesa, tomó un bolígrafo y miró a Liria con arrogancia.
—Aquí están los papeles, Liria. Mi padre ya revisó los términos. Es lo mejor para los dos. Tú podrás seguir con tu carrera en el comando y yo podré buscar la continuidad de mi apellido —dijo Damon con su voz ronca y profunda, desprovista de cualquier remordimiento.
Liria se giró lentamente. Sus ojos reflejaban un cansancio profundo, pero también una dignidad inquebrantable. Caminó hacia la mesa, tomó el documento y, con el pulso firme, estampó su firma en cada una de las páginas, entregándole la libertad que tanto ansiaba. Damon soltó un leve suspiro, aliviado de que el proceso no fuera una batalla legal, pero antes de que pudiera tomar los papeles, Liria colocó su mano sobre ellos.
—Ya tienes lo que querías, Damon. Te he firmado el divorcio con todo el dolor de mi alma —habló Liria, manteniendo la voz firme a pesar de que el corazón se le estaba rompiendo en mil pedazos—. No te voy a pedir dinero, ni la casa, ni absolutamente nada de tu prestigioso apellido Grayson. Pero a cambio de ponértela tan fácil... solo te voy a pedir una última condición.
Damon arqueó una ceja, mirándola con curiosidad y fijeza. —¿Qué quieres, Liria?
—Quiero una última noche contigo —soltó ella, mirándolo directo a esos ojos verdes que alguna vez la adoraron—. Una última noche donde seas mi esposo por última vez, sin reproches, sin el maldito linaje interponiéndose entre nosotros, y sin el fantasma de tus exigencias familiares. Solo tú y yo. Después de eso, mañana mismo desapareceré de tu vida.
El pulso de Damon se aceleró. A pesar de su comportamiento hostil y de su machismo cegador, la atracción física y el deseo que sentía por Liria seguían siendo devastadores. Verla allí, tan fuerte y hermosa en su vulnerabilidad, encendió un fuego inmediato en su cuerpo. Sin decir una sola palabra, Damon dio un paso al frente, la tomó por la cintura con posesión y la pegó a su pecho masivo, sellando el trato con un beso hambriento, salvaje y cargado de una pasión desesperada.
Esa noche fue un torbellino de emociones. Damon la poseyó con la fuerza y la intensidad de un hombre que se sabe dueño de cada rincón de su cuerpo, recorriendo con sus manos tatuadas la piel de Liria, mientras ella se entregaba por completo, grabando en su memoria cada caricia, cada gemido y el calor de su cuerpo por última vez. Fue una despedida silenciosa y dolorosa, donde el amor que se tenían chocó de frente con el orgullo.
Al amanecer, mientras Damon aún dormía profundamente entre las sábanas, Liria se levantó en silencio. Se vistió con su uniforme de faena, recogió sus pocas pertenencias en una mochila militar y, sin mirar atrás, abandonó el lugar para mudarse de regreso a las habitaciones del comando militar. Liria se marchaba destruida por dentro, pero con el secreto intacto, dejando al arrogante mayor Grayson libre para seguir una farsa de perfección que el destino se encargaría de cobrarle muy caro.