Sangre, Armas y Linaje (liria y Damon)

Capítulo 6: El peso de la culpa

El sonido de la alarma de emergencia resonó con fuerza en el cuartel general de Los Ángeles. Damon se encontraba en su oficina cuando el reporte del frente llegó a las pantallas: el escuadrón de logística había sido emboscado y la teniente Liria Park había resultado herida en combate. En ese mismo instante, el mundo del imponente mayor Grayson se detuvo. Un miedo visceral, profundo y desconocido le atenazó el pecho, haciéndole perder el aliento. Sin importarle el rango, el protocolo ni la presencia de su padre, Damon salió corriendo hacia su vehículo, conduciendo a toda velocidad hacia el Hospital Militar Central.

Al cruzar las puertas dobles de la sala de urgencias, Damon era la viva imagen de la desesperación. Su enorme silueta, tensa por la furia y el pánico, infundía terror, pero por dentro se sentía completamente quebrado.

—¡¿Dónde está la teniente Park?! —rugió Damon, golpeando el mostrador de recepción con su puño tatuado.

—Cálmese, mayor Grayson —una voz firme y autoritaria lo cortó desde el pasillo.

Era el doctor Evans, el mismo especialista en fertilidad que los había atendido cuatro meses atrás, quien ahora vestía su bata médica impecable y lo miraba con una mezcla de desprecio absoluto y severidad. Damon se abalanzó sobre él, tomándolo por la solapa de la bata con desesperación.

—Evans, dime cómo está. Dime que está viva, te lo exijo —suplicó Damon, con la voz ronca rota por un temor genuino.

El doctor Evans se soltó del agarre de Damon con brusquedad, acomodándose la ropa sin mostrar un ápice de temor ante el imponente militar. Lo miró directo a los ojos con un asco que heló la sangre de Damon.

—La teniente Park está en quirófano, luchando por su vida, mayor —soltó el médico, arrastrando las palabras con desprecio—. Y déjeme decirle que usted es un completo imbécil. Un cobarde que no se merece ni un gramo del amor que esa mujer le tuvo.

Damon retrocedió un paso, desconcertado y enfurecido. —¿De qué maldita cosa estás hablando, Evans? Respeta mi rango. Ella no pudo darme el hijo que mi linaje exigía, yo tenía que...

—¡Ella lo estaba protegiendo a usted, pedazo de idiota! —lo interrumpió el doctor Evans, levantando la voz en medio del pasillo del hospital—. Su linaje puro es una maldita farsa. El informe médico original que yo firmé decía la verdad: Liria es una mujer completamente sana y fértil. El que tiene la baja eficiencia celular y los espermatozoides lentos por culpa de aquella vieja misión es usted. ¡Usted es el que no podía tener hijos!

Damon sintió como si una granada hubiera estallado en su propio pecho. Se quedó completamente paralizado, con los ojos verdes abiertos de par en par, mientras el color desaparecía por completo de su rostro. Las palabras del médico rebotaban en su mente, destruyendo su ego, su orgullo machista y la arrogancia de su apellido en un solo segundo.

—No... eso no puede ser... —balbuceó Damon, llevándose las manos temblorosas a la cabeza—. Ella me dijo... el informe decía...

—Ella me suplicó que cambiara el informe para proteger su estúpido orgullo militar y que su padre no lo viera como un fracaso —sentenció el médico, dándole un golpe bajo a la conciencia de Damon—. Ella cargó con la humillación, con el desprecio de su familia y con sus malos tratos, solo por amor. Y usted, en lugar de protegerla, se deshizo de ella como si fuera basura para correr a los brazos de la mujer que su padre le impuso.

Damon cayó de rodillas en medio del pasillo del hospital militar, completamente destruido. Las lágrimas de culpa y arrepentimiento comenzaron a correr por sus mejillas, borrando cualquier rastro del hombre arrogante que solía ser. Había humillado, maltratado y abandonado a la única mujer que lo había amado hasta el punto de sacrificar su propia dignidad por él.

En ese momento, las puertas del quirófano se abrieron y el cirujano jefe salió al pasillo, quitándose el tapabocas con expresión exhausta. Damon se puso de pie de un salto, temblando por completo.

—Doctor... dígame que está bien, por favor —rogó Damon con un hilo de voz.

El cirujano miró a Damon con severidad y soltó un suspiro. —Afortunadamente, logramos estabilizarla a ella y detener la hemorragia interna. Y milagrosamente, también logramos salvar al bebé que viene en camino. Su hijo está a salvo, mayor.

Damon se quedó en shock, parpadeando sin entender. —¿Bebé?... ¿Qué bebé?

—La teniente Park tiene cuatro meses de embarazo, mayor. Y déjeme decirle que voy a pasar un reporte oficial inmediato al alto mando, porque ¿cómo se les ocurre enviar a una mujer en ese estado a una misión de combate? Es un riesgo verídico y una negligencia absoluta para cualquier embarazada.

Damon sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Cuatro meses. La última noche. El milagro había ocurrido en la misma noche en que firmaron el divorcio y él, ciego de orgullo, la había dejado ir cargando con su propio hijo en el vientre.




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