El silencio se apoderó de la habitación mientras el cirujano esparcía el gel conductor sobre el vientre de Liria. Damon no se había separado de su lado ni un solo segundo; mantenía su mano grande, fuerte y tatuada entrelazada con los dedos temblorosos de su exesposa. Su imponente presencia de más de un metro ochenta y cinco se sentía extrañamente sumisa, dominada por una mezcla de arrepentimiento devorador y una expectativa que le cortaba el aliento.
El médico encendió el monitor del ultrasonido y comenzó a mover el transductor con delicadeza. Al principio, en la pantalla táctil solo se veían sombras grises y estática, pero tras unos segundos de ajuste, la imagen se identificó, revelando la silueta perfecta de una pequeña criatura que descansaba protegida en el vientre de Liria. Un latido rápido, rítmico y fuerte —como el galope de un pequeño caballo salvaje— inundó los altavoces de la sala. ¡Pum-pum, pum-pum, pum-pum!
Damon sintió que el pecho le estallaba. Los ojos verdes se le volvieron a empañar al escuchar el sonido verídico de la vida de su hijo.
—Bien, veamos... —murmuró el cirujano, midiendo los contornos en la pantalla—. El saco amniótico está intacto y la placenta no sufrió desprendimiento con el impacto de la esquirla. Todo está bien, teniente Park. De hecho, el feto tiene un peso normal para las dieciséis semanas, está un poco grande y se nota sumamente fuerte. Es un verdadero guerrero.
Liria soltó un suspiro largo, dejando caer las lágrimas de alivio sobre la almohada. —Gracias a Dios... —susurró, mirando la pantalla con un amor infinito que borró por un momento todo el sufrimiento de los últimos meses.
El médico sonrió con simpatía, observando la posición de la criatura en el monitor. —El bebé se está moviendo bastante y está en una posición muy clara. Díganme, ¿quieren saber el sexo del bebé de una vez?
Damon, a pesar de la inmensa culpa que cargaba y de haber estado de rodillas llorando hace unos minutos, no pudo evitar que el arraigado orgullo de su crianza militar floreciera por un instante. Se enderezó cuan largo era, infló el pecho y miró al médico con una pizca de su habitual arrogancia y prepotencia.
—No es necesario que lo revise demasiado, doctor. Yo ya sé perfectamente qué es —declaró Damon con su voz ronca y profunda, esbozando una sonrisa de suficiencia—. En la familia Grayson venimos de una dinastía pura. Mi abuelo, mi padre, yo... todos somos hombres que damos hombres. Siempre hay varones imponentes en nuestro linaje para continuar el apellido. Es un niño.
El cirujano miró a Damon de reojo, arqueando una ceja con una mezcla de diversión e ironía. Luego, regresó la vista a la pantalla, señaló un punto específico con el cursor digital del ultrasonido y soltó una pequeña risa.
—Bueno, mayor Grayson... lamento dañar su perfecta racha estadística, pero creo que esta vez no —sentenció el médico con total firmeza profesional—. Mire la pantalla. No hay duda alguna. Es una niña. Viene una hermosa niña en camino.
Damon se quedó completamente congelado, con la boca sutilmente abierta y las palabras atragantadas en la garganta. La soberbia se le borró del rostro en un microsegundo. ¿Una niña? ¿En la implacable e inflexible familia Grayson de puros hombres de acero? El concepto mismo desafiaba todo lo que su padre y su abuelo le habían metido en la cabeza desde que era un niño.
Miró a Liria, esperando ver decepción, pero lo que encontró lo desarmó por completo. Liria tenía una sonrisa radiante, hermosa y llena de una luz que no le veía desde hacía varios años. Ella miraba la pantalla con una devoción tan pura que el corazón de Damon dio un vuelco salvaje. En ese preciso segundo, el machismo y la obsesión por el heredero varón se derrumbaron como un castillo de naipes en el alma del mayor. Una ternura desconocida, un instinto de protección feroz y un amor indomable hacia esa pequeña niña que crecía en el vientre de Liria lo invadieron por completo, dejándolo sumiso ante el milagro más hermoso de su vida.