La tensión en la planta baja de la residencia se disipó lentamente, dejando un silencio denso y reflexivo. El general Arthur y el abuelo Silas se quedaron sentados en el despacho, asimilando el peso de las palabras de Damon. La farsa de la perfección se había roto, pero en su lugar, la idea de una pequeña niña con su sangre comenzaba a ablandar los corazones de aquellos viejos soldados que solo habían conocido la rigidez de la disciplina.
Damon subió las escaleras con paso firme y entró a la habitación principal. Liria descansaba recostada en la gran cama, mirando hacia el jardín a través del ventanal. Al verlo entrar, notó que la expresión de furia de su exesposo se transformaba de inmediato en una de absoluta ternura.
—¿Cómo te sientes, nena? ¿Te duele algo? —preguntó Damon con su voz ronca y profunda, acercándose para besarle la frente con delicadeza.
—Estoy bien, Damon. Solo un poco cansada —respondió Liria con una sonrisa suave.
Antes de que Damon pudiera decir algo más, dos sutiles golpes sonaron en la puerta. Arthur y Silas Grayson entraron a la habitación. Ya no lucían como los imponentes e inflexibles comandantes que controlaban la base; sus posturas eran tensas, pero sus miradas reflejaban una profunda vergüenza. El abuelo Silas se adelantó un paso, apoyándose firmemente en su bastón.
—Liria... —habló el viejo coronel, con la voz carrasposa por la emoción—. Mi nieto nos ha contado todo. Nos ha mostrado la verdad sobre su salud y el inmenso sacrificio que hiciste por él y por esta familia. Vinimos a pedirte perdón. Nos dejamos cegar por un orgullo absurdo y te tratamos con una crueldad que no te merecías. Demostraste tener más honor, lealtad y valentía que cualquiera de nosotros.
El general Arthur dio un paso al frente, asintiendo con la cabeza, con los ojos fijos en la joven militar. —Es verdad, Liria. Te fallamos como familia. Te pedimos una oportunidad para enmendar nuestros errores y para ganarnos el derecho de cuidar de ti y de nuestra futura nieta. Este apellido no sería nada sin ti.
Liria sintió que un peso enorme se le quitaba de encima. Miró a los dos hombres mayores y luego a Damon, cuyos ojos verdes brillaban con orgullo y agradecimiento hacia ella. Con la nobleza que siempre la había caracterizado, Liria asintió lentamente.
—El pasado quedó atrás, señores —dijo Liria con voz clara—. Lo único que importa ahora es que esta bebé crezca en un hogar lleno de amor, no de exigencias.
Una vez que el padre y el abuelo se retiraron, prometiendo que mandarían a preparar los mejores caldos de la cocina para su recuperación, Damon se dejó caer en el borde de la cama. Una sonrisa enorme, sexy y un tanto arrogante apareció en su rostro, haciendo que los tatuajes de sus brazos se tensaran mientras acariciaba con extrema delicadeza el vientre de Liria.
—¿Escuchaste eso, nena? Todo el comando Grayson está a tus pies —murmuró Damon, inclinándose para darle un beso posesivo en los labios—. Y ahora que todo está en orden, tenemos que planear varios detalles decorativos.
Liria arqueó una ceja, divertida. —¿Detalles decorativos? Damon, apenas tengo cuatro meses.
—No me importa —sentenció el imponente mayor, sacando su teléfono táctil de última generación para mostrarle barios catálogos de diseño de interiores—. Nuestra princesa merece lo mejor de Los Ángeles. Ya ordené pintar la habitación contigua. Quiero que todo sea rosa, morado y rosa pálido. Nada de tonos oscuros ni uniformes militares para ella. Va a tener una cuna digna de la realeza y juguetes por toda la casa. Yo mismo me encargaré de que no le falte nada.
Liria soltó una carcajada limpia y feliz, viendo cómo el rudo y sexy militar de acero se transformaba por completo ante la hermosa perspectiva de convertirse en el padre de una niña. El camino de la reconciliación apenas comenzaba, pero la felicidad verídica finalmente había regresado a su hogar.