Cinco meses pasaron volando, transformando por completo la rutina en la residencia de los Grayson. El tiempo se encargó de sanar cada pequeña secuela física de la emboscada, dejando a Liria en un estado de plenitud absoluta. Ahora, con nueve meses de embarazo, su vientre lucía hermoso, redondo y prominente. La teniente Park había dejado temporalmente los uniformes ajustados del comando para usar cómodos vestidos maternales en tonos morados y rosa pálido, los colores que Damon había decretado como los oficiales para la nueva etapa de sus vidas.
La transformación de los hombres de la casa era digna de admiración. El general Arthur y el bisabuelo Silas estaban completamente derretidos con la idea de la llegada de la bebé. El despacho de roble, que antes solo albergaba mapas tácticos, estrategias de combate y medallas militares, ahora estaba invadido por cajas de peluches enormes, ropa diminuta y los mejores biberones importados de los Estados Unidos. El abuelo Silas ya no usaba su bastón para imponer disciplina; ahora lo utilizaba para señalar con orgullo los juguetes que él mismo salía a comprar por los centros comerciales de Los Ángeles.
Damon, por su parte, había llevado su obsesión protectora a niveles verídicos. Seguía siendo ese militar alto, guapo, sexy y cubierto de tatuajes oscuros que hacía temblar a los reclutas en la base, pero en casa era un hombre completamente dominado por el amor a su esposa y a su futura hija. No permitía que Liria levantara un solo objeto pesado, controlaba sus horarios de descanso con precisión de relojero y pasaba las noches con la cabeza apoyada en la gran barriga de ella, hablándole en susurros a la bebé con su voz ronca y profunda.
—Está muy inquieta hoy, nena —murmuró Damon una tarde, mientras acariciaba el vientre de Liria con sus manos tatuadas, sintiendo las pataditas enérgicas de la pequeña—. Esta niña va a tener el mismo carácter fuerte de su padre. Ya lo verás.
Liria sonrió, entrelazando sus dedos con los de él. —Va a ser idéntica a ti, Damon. Solo espero que no herede también tu arrogancia.
—Si es tan hermosa como tú, puede ser todo lo arrogante que quiera. Yo mismo me encargaré de cumplirle cada capricho —respondió Damon con una sonrisa de suficiencia, besándole los labios con adoración posesiva.
En ese momento, la puerta de la sala se abrió y el bisabuelo Silas entró caminando con entusiasmo, sosteniendo un pequeño par de botas militares en miniatura, pero de un brillante color rosa pálido.
—Miren lo que encontré en la tienda de la base —anunció el viejo coronel con orgullo, mostrando el calzado—. Las primeras botas para mi bisnieta. Tiene que saber desde pequeña que pertenece a un linaje de honor.
Arthur entró justo detrás de su padre, cargando un enorme oso de peluche que casi lo cubría por completo. —Y este es de mi parte. La cuna ya está lista, Damon. Revisé los soportes de seguridad personalmente. Todo está en orden para cuando decida nacer.
Liria miró a los tres imponentes hombres Grayson reunidos a su alrededor, discutiendo con total seriedad militar sobre la suavidad del peluche y el tamaño de las botitas rosadas. El machismo y la rigidez del pasado habían quedado completamente sepultados bajo una ola de ternura incondicional. Aquella pequeña niña, sin haber nacido aún, ya había logrado la victoria más importante del comando: desarmar por completo al ejército de acero de los Grayson y unirlos en una verdadera familia basada en el amor puro.