La madrugada cobijó a Los Ángeles con una brisa tranquila, pero dentro de la residencia Grayson, el ambiente estalló en un caos absoluto en cuestión de segundos. A las tres de la mañana, Liria se despertó con una contracción tan intensa que le cortó la respiración. Al incorporarse en la cama, sintió cómo una calidez mojaba las sábanas. Había roto fuente.
—¡Damon! —exclamó Liria, apretando el hombro de su esposo con fuerza militar.
Damon, el imponente y sexy mayor del ejército, se despertó de un salto. Al ver la situación, el rudo soldado de más de un metro ochenta y cinco, cubierto de tatuajes oscuros, entró en un pánico verídico. Olvidó por completo toda su preparación en el frente de batalla.
—¡Dios mío, nena! ¡Está naciendo! ¡Está naciendo la princesa! —gritó Damon con su voz ronca completamente alterada.
Tropezó con la alfombra, se puso los pantalones al revés y comenzó a dar vueltas por la habitación buscando la maleta rosa que ya tenían lista. El escándalo despertó al general Arthur y al bisabuelo Silas, quienes salieron a los pasillos con la misma urgencia de un toque de queda. En menos de diez minutos, Damon conducía a toda velocidad por las calles de Los Ángeles rumbo al hospital de la base, mientras Liria respiraba hondo en el asiento del copiloto, soportando los dolores con una valentía admirable.
Al llegar al centro médico, el doctor Evans y el equipo de obstetricia ya los esperaban. Liria fue trasladada de inmediato a la sala de partos. Damon, vistiendo una bata quirúrgica que apenas lograba cubrir sus anchos y tatuados hombros, se colocó al lado de la cabecera de la cama, sosteniendo la mano de Liria con una fuerza temblorosa.
—¡Puja, Liria! ¡Tú puedes, mi amor! —la alentaba Damon, limpiándose el sudor de la frente, más nervioso que en cualquiera de sus misiones más peligrosas.
Tras varios minutos de intenso esfuerzo, el llanto agudo y fuerte de un bebé llenó la sala de partos. El doctor Evans sonrió, sosteniendo a la pequeña criatura.
—Aquí está. Una hermosa, fuerte y saludable niña —anunció el médico, entregándosela a la enfermera para que la limpiara.
Damon sintió que las lágrimas le rodaban por las mejillas. Miró a Liria con una adoración infinita, besándole la frente. Su preciosa niña ya estaba aquí; el linaje de puros hombres se había roto de la manera más hermosa. Pero justo cuando Damon se disponía a relajarse y celebrar, el rostro del doctor Evans cambió por completo al mirar el monitor y palpar el vientre de Liria.
—Esperen un segundo... —soltó el médico, abriendo los ojos de par en par—. ¡Enfermera, traiga otro equipo de recepción de inmediato! ¡Hay otro latido! ¡Vienen contracciones de nuevo, teniente Park!
Liria soltó un quejido, aferrándose otra vez a la mano de Damon. El imponente militar se quedó completamente pálido, helado, mirando al médico en shock absoluto.
—¿De qué estás hablando, Evans? ¡Hicimos docenas de ecografías! ¡Solo era una niña! —exclamó Damon con la voz rota por la sorpresa.
—El otro bebé estaba completamente escondido detrás de su hermana y de la placenta, mayor. ¡Su tamaño y posición bloquearon el ultrasonido durante todo el embarazo! ¡Es una sorpresa verídica! ¡Liria, puja una vez más! —ordenó el doctor Evans con entusiasmo.
Liria reunió las últimas fuerzas que le quedaban en su cuerpo de guerrera y dio un último empuje. Segundos después, un segundo llanto, aún más fuerte y rotundo que el primero, resonó con fuerza en las paredes de la sala quirúrgica.
El doctor Evans levantó al segundo bebé, soltando una carcajada de absoluta incredulidad al revisar el sexo del recién nacido. Miró a Damon con una sonrisa gigante llena de ironía y asombro.
—Bueno, mayor Grayson... creo que el destino decidió regalarles el paquete completo. ¡Son mellizos! Y este segundo milagro que nadie vio venir... es un varón. ¡Tienen un niño y una niña!
Damon se quedó con la boca abierta, el mundo dándole vueltas mientras procesaba la magnitud de la sorpresa. No solo tenía a la princesa rosa que ya adoraba con el alma; el destino, en un acto de pura magia y bendición, también le había otorgado el heredero varón que su familia tanto había exigido en el pasado, demostrando que su última noche de amor había sido doblemente poderosa.
Miró a Liria, quien lloraba de pura felicidad en la cama, y luego vio a las enfermeras acercarse con los dos pequeños envueltos en mantas: una niña idéntica a su padre y un niño imponente desde su primer respiro. Los Grayson acababan de recibir la sorpresa más grande y hermosa de toda su historia militar