El despacho principal de la residencia Grayson en Los Ángeles parecía el escenario de una negociación de paz de alto nivel, o más bien, de un intento de rescate desesperado. Sentados en fila india detrás del gran escritorio de roble estaban el coronel Damon Grayson, el general Arthur y el bisabuelo Silas. Frente a ellos, con diecisiete años recién cumplidos y vistiendo una postura militar impecable, se encontraban los mellizos, Ethan y Kiara.
El motivo de la crisis era un par de solicitudes de ingreso a la Academia Militar que descansaban sobre la mesa.
—¡De ninguna manera! —rugió Damon, levantándose de la silla. Su imponente figura de más de un metro ochenta y cinco, ahora con varios tatuajes más y algunas canas sexis en las sienes, destilaba una sobreprotección absoluta—. ¡Tú no vas a ir a ninguna academia militar, Kiara! ¡A las misiones del comando no va a ir mi princesa!
—Tu padre tiene toda la razón, nieta —secundó el general Arthur, asintiendo con gravedad dramática—. El ejército es un lugar rústico, lleno de fango, marchas bajo la lluvia y comida de campaña enlatada. Tú eres la luz de esta casa, no tienes necesidad de pasar por eso.
—Exacto —añadió el bisabuelo Silas, golpeando su bastón contra el suelo—. Escucha, Kiara, si lo que quieres es acción, te firmo un cheque ahora mismo. Puedes irte de viaje por todo el mundo, conocer Europa, Asia, lo que quieras. O si prefieres los negocios, te financiamos tu propia línea de ropa de alta costura, una marca de maquillaje con tu nombre... ¡Lo que sea! Pero no te vas a meter a un cuartel a recibir órdenes de un sargento gritón.
Kiara Grayson los miró a los tres, arqueando una ceja con esa mirada verde, fría y altanera que le había heredado directamente a su padre. Cruzó los brazos sobre el pecho y soltó una pequeña risa desafiante.
—A ver si entiendo... ¿Los tres hombres más rudos de Los Ángeles, que han comandado ejércitos enteros, me están intentando sobornar con labiales y viajes a París para que no use uniforme? —preguntó Kiara con ironía—. Olvídenlo. Todos los Grayson en esta sala son militares. Mi madre es una teniente brillante, mi padre es coronel, y ustedes dos son altos mandos. Yo llevo la misma sangre fuerte y la misma disciplina. Quiero ser militar y voy a serlo, les guste o no.
Damon se llevó una mano a la cabeza, sintiendo que la presión se le subía, mientras Arthur y Silas se miraban entre sí, completamente desarmados por la testarudez de la muchacha.
En ese momento, Ethan, que había permanecido en silencio observando toda la escena con una sonrisa burlona en el rostro, dio un paso al frente. Con la misma espalda ancha de Damon y una actitud sumamente relajada, miró a sus mayores y soltó el golpe de gracia en tono de pura burla:
—Bueno... ya que Kiara se puso digna con el honor familiar... si quieren, yo sí les puedo aceptar todo lo que le propusieron a mi hermana —soltó Ethan, aguantándose la risa—. A mí no me molesta para nada irme de viaje por todo el mundo con los gastos pagos. Y lo de la línea de ropa y maquillaje... ¡por favor! Con el estilo que tengo, haré que la marca Grayson sea un éxito en las pasarelas de Milán. Yo lo hago todo por el equipo, no se preocupen.
Kiara soltó una carcajada limpia, dándole un codazo amistoso a su hermano mellizo.
Damon fulminó a su hijo con la mirada, aunque una chispa de diversión cruzó sus ojos verdes. —¡Tú te callas, Ethan! Tú vas directo a la academia a ser mi sucesor, así que no te hagas ilusiones con los labiales.
—Vale, vale, solo quería aliviar la tensión y ver sus caras —respondió Ethan, levantando las manos en son de paz—. Aunque hablando en serio, saben que yo sí quiero ser como tú, papá. Pero dejen que Kiara entre. Si algún recluta se atreve a gritarle, ella misma lo pondrá firmes en tres segundos. Es una Grayson, después de todo.
La puerta del despacho se abrió y Liria entró a la habitación, sosteniendo a los gemelos de siete años por las manos, quienes miraban la escena con curiosidad. Al ver los rostros de pánico de los tres hombres y las sonrisas de victoria de los mellizos de diecisiete, la teniente Park entendió perfectamente lo que pasaba. Caminó hacia Damon, rodeó su cintura con los brazos y le dio un beso tierno en la mejilla para calmarlo.
—Déjalos, coronel —dijo Liria con una sonrisa orgullosa, mirando a su hija—. Creamos una dinastía de guerreros, no puedes pretender que la princesa de la casa se quede encerrada en un castillo de cristal cuando tiene el coraje para conquistar el mundo.
Damon soltó un suspiro de derrota, abrazando a Liria por la cintura con posesión y mirando a Kiara, quien ya celebraba chocando los cinco con Ethan. Los hombres Grayson habían perdido barios batallas en sus carreras, pero ninguna tan verídica y cómica como la que acababan de perder contra el carácter indomable de la primera mujer militar de su linaje