Hay un solo sentimiento más grande que la derrota en mi interior. Es el odio. El odio hacia Cardenian Blue, futuro rey de Calize. En su hábitat los días siempre transcurren lentos, decepcionantes. Ya no tengo nada por lo que esperar, más que el siguiente lunes, cuando podré ver a Tobey para entregarle la nota que reescribo cada noche, en la que le explico a mi tía —con cada vez menos palabras— que ya no la veré nunca.
En las primeras versiones de dicha carta, le contaba toda la verdad. Pero, en las más recientes, he comenzado a contar que la decisión fue solo mía, como para salvar el último resquicio de libre albedrio que me mantiene respetable.
Le digo que no se preocupe por mí, que esta será la manera en la que mi deuda se acorte. En la versión de hace dos noches le conté que tal decisión me daría dos años menos de estadía en el palacio, solo para mejorarles el panorama, para que no sufran por mí. Luego pensé en las excusas que tendré que inventar en ocho años, cuando yo deba seguir aquí, así que borré esa parte en la versión de anoche.
Hoy me he convencido a mí misma de no volver a escribir otra carta igual. Porque hoy escribiré la que llevo días evitando. Una carta para Frederick Lisben.
El plumero en mi mano se siente pesado, el hombre que reordenaba la habitación del príncipe hoy en la mañana se despide de mí, lo escucho a medias y le ofrezco una mueca como intento de sonrisa. Él sale de los aposentos reales. Lanish ordenó un cambio radical en la guarida del príncipe, ya que este último —para nada sorpresivamente— decidió con caprichosa e inquietante vehemencia, que no dejaría su habitación para mudarse a la de sus padres. A pesar de que Lanish insistió en sobremanera en que debía ocupar los aposentos más grandes del palacio, como un rey lo haría, Cardenian se negó de forma rotunda.
Así que el cambio solo incluyó telas más finas en las cortinas, una cama más grande y muebles enjoyados con enredaderas de oro. Puse los ojos en blanco al detenerme frente al último objeto que trajo el hombre cuyo nombre olvidé preguntar; un espejo. La señora Kahn dijo que él trabaja en los sótanos del palacio, que hay unos cuantos trabajadores más trabajando ahí. Cuando le pregunté si creía que era mejor trabajar ahí abajo, ella negó con la cabeza abriendo mucho los ojos. Pero comienzo a fantasear con pasarme los siguientes diez años encerrada en los sótanos, en la reconfortante y fría oscuridad. Y, sobre todo, lejos de la persona a la que va dirigido todo el odio que produce mi cuerpo.
Dejo de pensar en los sótanos cuando un ruido me saca de mi ensoñación. Es así como me doy cuenta de que me he quedado inmóvil frente al nuevo y enorme espejo del príncipe. Y que él está detrás de mí, carraspeando para llamar mi atención.
Arrugo las cejas y el movimiento de mi reflejo me hace mirarme. Fijamente. Hacía años que no me veía por tanto tiempo en un espejo. Hay una sombra de cansancio debajo de mis ojos y una mueca apesadumbrada que no me permite parecer feliz, ni levantar las comisuras de mis labios, ni elevar las cejas, ningún movimiento que indique emoción de la buena.
Me pregunto si algunos días atrás yo lucía distinta, menos… muerta.
Decido que me he cansado de verme y muevo los ojos hacia un costado, donde el reflejo de Carden tiene los ojos fijos en su espejo.
—Estaba sacudiendo el polvo —digo, monótona.
Él asiente y sin decir nada se sienta en su nuevo sofá de dos plazas. No parece sorprendido ni emocionado por los cambios en sus aposentos. Lleva un libro en sus manos.
Según mi percepción, ese hombre no debería tener tiempo libre para encerrarse a leer en su habitación. Y, sin embargo, ahí está. Al menos no me está hablando, o haciéndome perder los estribos, aunque a estas alturas, creo que ya no tengo mucho de lo que me hacía desafiarlo.
Como el príncipe parece absorto en su lectura, me dedico a sacudir con movimientos circulares el marco de su mejor ventana; esa en la cual se vislumbra el camino que se debe seguir para llegar a la escuela del profesor Lisben. La única escuela que conocí, la única escuela de la zona pobre de Calize.
No sé cuanto tiempo me quedo ahí, mirando el horizonte, imaginando que soy libre para recorrer el camino que me lleva al que un día fue mi lugar preferido.
—Puedes irte a descansar si te sientes enferma —su voz llega a mis espaldas, no me perturba ni me sorprende, solo me da igual.
Quisiera decirle que quien me pone enferma es él.
—Si…
— ¿Estás bien?
—Lo estoy.
Escucho sus pasos detrás de mí y me doy la vuelta para mirarlo, me pongo alerta, porque no me gusta tenerlo cerca. Él se detiene en seco cuando mira mi reacción, se recompone las solapas del saco de terciopelo morado que lleva puesto, como si nada estuviese mal. Me observa, dócil.
—Organiza una cena para hoy, con todas las chicas.
Asiento.
—En el patio, cerca del invernadero, para que salgan a tomar el aire…
Arrugo las cejas ante su tono amable y la forma en la que me mira cuando menciona salir. Quiero decirle que no me está haciendo un favor, que el que hoy se haya despertado compasivo y amable no quiere decir que sea una buena persona.
Ante mi silencio, cambia de expresión. Como si de un disfraz se tratase veo nacer su sonrisa torcida y autosuficiente. Se cruza de brazos.
—Oye Nyx, ya que estás aquí, al parecer sin mucho qué hacer, quisiera pedirte un consejo.
Caigo en cuenta de que mi silencio no es de su agrado, así que decido darle gusto, solo para poder quedarme un momento más mirando por mi ventana favorita dentro de su habitación.
—Bueno, si así lo quiere…
Le doy la espalda. Vuelvo a desempolvar el marco de la ventana, que, en realidad no está para nada sucio. Una de las hermanas Bahen hizo limpieza general antes de que comenzaran a meter el nuevo mobiliario.
—Dime, Nyx, ¿tú a quien elegirías si estuvieras en mi lugar?
— ¿A quién?
—Si, de las chicas.
—Mmm —me llegan sus palabras borrosas, no entiendo, no puedo concentrarme.
—De las seis, ¿a quién elegirías?
Frunzo el ceño. Me giro a mirarlo. Ha decidido cambiarse la corbata y mira una y otra vez entre sus opciones, tendidas sobre su nueva cama. Pienso que le es tan difícil elegir esposa como corbata y no son elecciones ni un poco comparables, pero él lo hace parecer similar, carente de importancia. Camina hasta estar frente al espejo, con la corbata elegida en sus manos. Simplemente ridículo…
—Para comenzar, yo no haría algo tan frívolo como pedirme una corte de damas para elegir entre ellas cual platillo en buffet.
Una risa atascada se escapa de su boca y doy un respiro cansado cuando lo veo deshacer la corbata por tercera vez. Me acerco hasta él y deja de verse en el espejo. Sus manos caen de inmediato a sus costados, dejándome el trabajo sin rechistar.
—Si, Nyx, ya has dicho que soy un demonio en todas las formas posibles, pero, ¿crees que alguna de esas chicas es mejor? Conoces a tres de ellas…
Mis manos comienzan a armar la corbata como mi padre me enseñó. Él solo tenía una, este futuro rey que me mira como si fuera una hiena malvada tiene una cuarta parte de su enorme armario repleta de corbatas. Termino de atar su corbata y sin mirarlo, dejo salir mi respuesta.
—No conozco a fondo a todas. Solo a una de ellas. — Respiro hondo, antes de soltar una más de las cosas sobre mí que ya a nadie le importarán, mientras paso años pudriéndome en este castillo —. Milena. Ella es mi mejor amiga. Crecimos juntas. Solíamos jugar de niñas, holgazanear a los doce y más tarde, comenzamos a ir a la escuela. Ella, al igual que yo, planeaba pedirle al profesor que la formara para ser maestra. Así que, sabiendo que mi opinión no cambiará su decisión de ninguna manera, debo confesar que elegiría a ella. Yo elegiría a Milena.
El príncipe Carden me mira con profundidad.
— ¿Querías ser maestra?
La idea se vuelve a colar en mi corazón, haciéndolo latir de nuevo, pero sin emoción, solo con añoranza.
—Si, de niños pequeños.
Ignoro las razones por las que Carden se interesó en la única parte de mi respuesta en la que mencioné algo sobre mí y no en lo demás. Y tampoco me lo cuestiono. Agradezco un poco que alguien quiera conocerme, preguntarme algo sobre mí pasado, que para variar me gusta mucho más que mi presente, aunque sea precisamente este hombre; el objeto de mi desprecio.
—Lamento que no pudieras…
—También yo.
Me alejo de él, para tomar el plumero de donde lo dejé y dirigirme a la siguiente ventana.
Él, parece notar lo extraño que fue su brote de amabilidad, se gira hacia el enorme espejo ornamentado con oro puro y analiza el nudo que hice en su corbata por algunos segundos antes de asentir distraídamente en mi dirección y salir de sus aposentos.
—No fue nada, ridículo y espantoso futuro rey —murmuro cuando ha abandonado la habitación.
Cuando me parece suficiente el tiempo que he pasado observando el exterior a través de la ventana del príncipe, me obligo a salir de verdad, para comenzar a ordenar los platillos necesarios, pedirle a un desorientado guardia que me ayude a trasladar una mesa y sillas, preparar las copas y vino, avisar a las doncellas que pueden volverse locas de emoción pues habrá planes para ellas por la tarde. Y, finalmente, escabullirme en su sala para ayudarlas con sus peinados, con las cintas de sus corsés y para charlar con ellas, con Milena en especial.
Aprovecho un momento en el que estamos algo apartadas para contarle lo que el príncipe me preguntó. Ella me mira con ojos soñadores y me entra una pena enorme. Creo que no me gustaría del todo que mi mejor amiga atase su vida a la de alguien tan desalmado, aun si eso me concediese una mínima oportunidad de ser libre.
— ¿Crees que eso me favorezca de alguna manera?
Niego con la cabeza, despacio, cuidadosa.
—No creo que mi opinión le importe en absoluto, pero, quizá de tanto escuchar tu nombre comiences a quedarte en su cabeza.
Ella sonríe y yo la imito. Doy un último tirón de las cintas de su corsé amarillo como el resto de su vestido.
—Más apretado —me dice, con la respiración entrecortada.
Hago lo que me pide.
— ¿Así?
Asiente. Una vez que su vestido está lo suficientemente ajustado se gira a mirarme. Sonríe.
— ¿Luzco bonita, Nyx?
—Mucho…
Me abraza con cariño. Y cuando vuelve a mirarme parece notar algo que había pasado por alto.
— ¿Te sientes mal?
Niego con la cabeza.
—Vamos, Nyx, no es tan malo estar aquí. Debes de comer mucho mejor que en tu casa. Además, ya es jueves, en un par de días vas a casa y podrás saludar a tu tía y a Lexi…
No tengo la fuerza para desmentirla, así que le ofrezco una sonrisa tranquilizadora.
— ¿Saldrás del palacio? ¿Podrías decirle a mi madre que estoy bien? Y que me envíe un poco de estambre dorado… —dice Sandy, las palabras salen a trompicones de ella, se me acerca con una mirada esperanzada.
—La señorita Nyx no puede hacer ese tipo de mensajes —resuena una voz masculina en la sala —. Desde un principio se les dijo que la comunicación con sus familias estaría prohibida hasta el día en el que salgan de aquí, o en su defecto, el día en el que se convierta alguna en la reina.
Todas se quedan en silencio. Miramos a Lanish, con su habitual presencia anodina muy cerca de donde estamos Milena, Sandy y yo.
Sandy baja la mirada hasta la punta de sus zapatillas oscuras, que se asoma entre los pliegues esponjosos de su vestido. Quisiera darle un apretón reconfortante, decirle que no se deje intimidar por un simple recordatorio, que no ha hecho nada malo y que Lanish siempre usa ese tono exagerado.
—Su alteza las espera, si están listas, me encantaría escoltarlas, señoritas —concluye Lanish, como si no hubiese incomodado a la sala entera con su llegada.
Le doy un apretón a la mano de mi amiga antes de escabullirme fuera de la sala, para llegar primero que ellas. Porque lo más seguro es que la señora Kahn haya estado muy apurada mientras yo me la pasaba en grande chismorreando con las doncellas. Ya que las hermanas Bahen se encargan de la limpieza no suelen ofrecerse a ayudar en la cocina. Así que, por el momento, soy la única ayuda de la señora Kahn.
Llego al jardín medio corriendo, quitándome el cabello del rostro y con la respiración acelerada. Me detengo porque la mirada del príncipe está sobre mí. Lo veo, de pie, en la silla de la cabecera de la mesa, usa la corbata que yo le até. Su mano se sujeta con fuerza al respaldo de su silla, como si hubiese sentido vértigo de pronto. Sus cejas se arrugan antes de apartar la vista de mí. Y antes de que vuelva a levantarla entro a la cocina, donde la señora Kahn ya me espera con una mirada de desesperación.
#3896 en Novela romántica
#92 en Ciencia ficción
enemies to lovers, rey malvado, amor prohibido secretos y guerra
Editado: 31.05.2026