Sangre Azul

17. SENTIMIENTOS Y OTROS LÍOS

Carden

Siete semanas han transcurrido desde el momento en el que vi por primera vez a Nyx Rubssen. Ocho desde que murió la única persona que me entendía o se esforzaba por hacerlo, ocho semanas desde que todo cambió dentro del palacio. Nueve semanas desde la última vez que pude tener una vida tranquila.
Son las diez de la mañana. Y es domingo.

Entiendo a la perfección la razón por la que Nyx parece un alma en pena llena de rencor cada vez que se cruza conmigo por algún pasillo del palacio. Entiendo aún más el silencio mortal que la acompañó esta mañana al entrar a mi habitación para prepararme la ducha. En este momento, ella debería estar fuera de aquí, visitando a su familia o a ese hombre…
Algo ha comenzado a cambiar respecto a lo que siento cada vez que estoy cerca de Nyx o cuando ella entra en mis pensamientos. En algún momento, dejé de pensar en ella solo en mi cama y comencé a imaginarla de formas aun más extrañas; la imaginé feliz, saltando, riendo, disfrutando de la vida.
Y eso me hace sentir mucho peor que solo desearla. Porque sé que en mis manos está poder tener al menos la certeza de que ella deja de ser infeliz, si la dejase salir de aquí. Pero, supongo que el egoísmo está en mí como compañero desde mi nacimiento. Creo que viene en mi sangre, esa que heredé del hombre más odiado del reino y en quien se espera que me convierta.
Creo que siempre estuve destinado al caos, que en el momento en el que fui concebido, una tormenta de arena comenzó a nacer también, formando con ella la profecía inevitable de que llegaría a Calize la destrucción de mi mano. Algún día tendría que explotar todo eso que viene persiguiendo mi camino vital. Esperaba en el fondo que no fuese tan pronto. Pero, sin duda, está sucediendo. No es que haya comenzado a aceptarlo, o que de pronto abriese los ojos para encontrarme con dicha realidad, es solo que ahora que se ha completado la mitad del plazo que le dieron a mi coronación, sé que no vendrán a rescatarme y que lo que ocurra de ahora en adelante definirá la vida de todo el reino. Sé que de mis próximas decisiones depende el éxito o fracaso de mi reinado. Ahora mismo algunas personas me controlan de la misma manera que una vez vi a un titiritero hacer con sus marionetas. Y, aun siendo tan consciente de que todo pende de un hilo cuyo nombre lleva el de mis decisiones, parezco predestinado a siempre hacer lo que no debería. Las opciones más difíciles, los lugares en donde no debería buscar nada, las chicas a las que no debería darles mi atención, los ojos en los que no debería dejar a mi corazón perderse… siempre me decanto por las peores elecciones. Y lo más angustiante es que son precisamente estas, las que me mantienen con vida, con fe.
Ayer tuve otra junta con los que he decido llamar “los oponentes”, sus rostros cansados me invaden de pena, sus peticiones, para nada injustas, siempre me hacen cuestionarme los métodos de mi padre. Pero, son sus formas de orillarme a escucharlos las que me hacen enfurecer. Detesto que no me dejen elección, que para ellos solo haya un camino, pero, al mismo tiempo, sé que es a esto mismo a lo que han pasado sometidos todas sus vidas. Caminos que estuvieron obligados a transitar porque no había elección. Es un ajuste de cuentas, supongo. Y en situaciones como estas siempre hay alguien a quien le toca perder.

Desconfío de ellos tanto como quisiera poder ayudarlos. Es muy agotador en realidad.
La primera vez que me reuní con ellos tuve miedo. Y cómo no, si estaba atado a una silla y amordazado, susurraron en mi oído que mi padre estaba muerto y escuchaba a lo lejos alaridos provenientes de la garganta de mi madre y sus dos hermanas que vienen a vivir por temporadas en el palacio. En cuanto encendieron las luces y me encontré con las paredes humedecidas de una celda del sótano y pude apreciar el terror en los ojos de cada uno, decidí que lo único que tenía que temer de ellos, era lo que harían cuando su plan fracasara.
Creo que fue una idea muy precipitada, puesto que hemos intentado todo para llevarlos en declive y nada ha funcionado hasta el momento.
Se me eriza la piel con la brisa que entra por mi puerta cuando ella llega a mi habitación.
Fuerzo a los nervios de mis mejillas a quedarse quietos, porque mi primer instinto es sonreírle. Pero no es algo que haga de forma habitual, así que me obligo a no hacerlo.
—Traigo el almuerzo, aunque la señora Kahn se preguntaba si no querría tomarlo en compañía de las doncellas o fuera de su habitación, para variar…
La observo. Pienso en los establos; el único lugar del palacio —además de mi habitación— en el que me gustaba estar cuando era pequeño. Casi puedo oler el heno, el olor del pelaje de mi caballo favorito. Imagino a Nyx acariciando la frente de Opal y dicha imagen me sacude a la realidad.
—Si, creo que me gustaría…
—Bueno… —parece un poco fastidiada teniendo que retroceder sus pasos con la bandeja en las manos.
Quiero ayudarle, decirle que me lo deje a mí. Y me sorprendo a mí mismo teniendo estos pensamientos para nada cuerdos.
—Que sea en el jardín, por favor.
—Claro —masculla en voz baja.
—Nyx… —su nombre sale de mi boca y ella se detiene en la puerta de mi habitación, no la que conduce a su alcoba, sino la principal.
Levanta las cejas ante mi silencio. Y no sé qué decirle, no sé que quería decir o si quería decir algo. Tengo que improvisar, así que digo lo primero que se me ocurre.
—Invita a alguna de las chicas a acompañarme.
Ella asiente y se va. Es mucho menos de lo que esperaba. No preguntó a cuál de ellas, ni tampoco rodó los ojos.
Trago saliva antes de ir a cerrar la puerta que ella dejó abierta.
En mi cómoda hay dos libros, sé que ayer había tres. Y también sé que Nyx ha tomado el que falta. Creo que consciente o inconscientemente ha comenzado a buscar cosas a las que aferrarse. Porque yo… le he quitado lo único que tenía.
Carraspeo, para mantenerme anclado al presente.
Espero cinco, diez, quince minutos y entonces me encamino al jardín.
Nunca deja de sorprenderme la soledad que llena los rincones del palacio. Crecí aquí, estaba muy acostumbrado a esconderme en mi habitación la mayor parte del tiempo, porque siempre había personas afuera y no me gustaban. Odiaba el bullicioso ruido de las fiestas y las reuniones, también detestaba las preguntas de las personas y sus miradas entrometidas siguiendo cada uno de mis movimientos, tratando de descifrar qué tan mala sería su suerte cuando yo ascendiera al trono. Me causa un poco de diversión pensar en cuan acertados estaban quienes auguraban la ruina con mi mandato. Nunca había echado en falta la muchedumbre que se solía encontrar dentro de mi hogar, hasta ahora. Ahora que el silencio es ensordecedor y que las enormes salas se sienten vacías por completo.




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