Sangre Azul, Corazones Rotos.

Capítulo 44:“¿Quién decidió eso?”.

Meses Antes.

Ciudad de México (México).

Residencia Baronello.

Sábado.

4:15 A. M.

VITTORIO.

—Brr.
—Brrr.
—Brrrr.

Yisus.

—Chi parla… —Contesto con la lengua pastosa, medio muerto.

—Bro…

Ya. Nada bueno empieza con “bro” a esta hora.

—¿Qué pasó, Dría? —Me incorporo.

—Todo se fue a la mierda, Vittorio —Aspira fuerte, como si el aire no le alcanzara—Todo.

Se me enfría el cuerpo.

—Aspetta. Respira —Me froto la cara—¿De qué estás hablando?

—El abuelo… lo sabe todo —Traga saliva— La fiesta. Los tipos. El blog. Todo, todo.

Me despierto por completo.

—Aspetta. —Bajo la voz— ¿Qué hizo?

—Castigó a Akira y a mí. Pero con ella… —Se le rompe— Con ella fue peor. Se enteró lo de Alejandro y la destrozó, Vittorio. Nunca la había regañado así. Nunca. Ni siquiera la había regañado.

Silencio. Uno feo.

—¿Y Akira? —Pregunto despacio.

—Perdió el control —Dice rápido, atropellándose— Se quebró. No como cuando se enoja, no… colapsó. Se le fue la compostura, la cabeza, todo. Yo… —Respira mal— Yo no podía hacer nada.

Me pongo de pie. El reloj marca 4:19.

—Explícame —Digo lo más firme que puedo.

—La imagen no se me va —Su voz tiembla—.Ella ahí, sin poder respirar bien, temblando… y sigo pensando en Alejandro, en lo jodido que estaba él, y entonces me cayó todo encima. Soy un desastre, Vittorio. No supe protegerlos. No supe hacer nada bien.

Empieza a hipar. Mierda.

—Dría —Digo más suave—¿Estás en tu casa?

—Sí… —Apenas audible.

—Escúchame bien —Me pongo los zapatos—Dame diez minutos. No te muevas. Respira conmigo.

—Vittorio… —Se le quiebra el nombre— Por favor.

—Ya voy —Agarro las llaves— No estás solo.

Cuelgo.

Y esta vez, el sueño no vuelve. Bajo lo más rápido que puedo, con mi pijama puesta, no es momento de cambiarse. Salgo al garaje y entro a mi auto.

El coche se come la calle vacía. Semáforos en rojo para nadie. La ciudad a esta hora parece un animal dormido que no sabe lo que acaba de pasar en una casa bonita.

Freno frente a la casa de los mellizos.

No toco el timbre.

No está adentro.

Está afuera.

Sentado en la banqueta, espalda contra la reja, los brazos rodeándose las rodillas como si eso sirviera de algo.

El cabello revuelto. La cara destruida. No llora fuerte. Eso es lo peor.

—Dría… —Digo bajito, cerrando la puerta.

Levanta la vista.

Y se levanta de golpe.

No dice nada.

No explica nada.

Solo camina rápido y me abraza.

Pero no es un abrazo normal. No es de amigo. No es de “todo va a estar bien”. Es un agarre desesperado, torpe, como si se estuviera cayendo de un edificio y yo fuera el último borde.

Se me clava en el pecho.

Ahí lo entiendo.

Algo muy grave pasó.

Le sostengo la cabeza con una mano. No pregunto. No todavía.

—Tranquilo —Murmuro— Estarás bien.

Niega con la cabeza, apretando más fuerte.

—No… no lo estoy —Su voz sale rota—No lo estoy, Vittorio.

Lo siento temblar. No de frío. De shock. De culpa. De miedo puro.

Miro la casa por encima de su hombro. Las luces encendidas. Todo perfecto por fuera. Todo podrido por dentro.

—Respira —Le digo despacio— Uno. Dos. Conmigo.

Lo intenta. Falla. Lo vuelve a intentar.

—Pensé que podía con todo —Susurra —Pensé que si yo aguantaba, ellos también. Y mírala ahora… —Se calla—Se rompió delante de mí.

Aprieta los dientes. No llora. Eso es peor.

Le sostengo los hombros. Fuerte. Presente.

—Escúchame bien —Le digo—Esto no es algo con lo que tú solo debas cargar. Siempre estaré para ti, sin importar qué.

Me mira. Los ojos enrojecidos. Perdidos.

—Yo debía cuidarla —Dice —A los dos.

Ahí está.

La frase que no se dice a la ligera.

Trago saliva.

—Vamos a entrar —Le digo— Y después me vas a contar todo. Pero ahora mismo no te quedas acá afuera fingiendo que sigues en pie.

No se mueve.

—Vittorio… —Dice, casi niño— Tengo miedo de verla.

Esto ya no es solo un colapso.

Esto es una grieta que acaba de abrirse y no piensa cerrarse sola.

Entramos sin decir nada. La casa huele a desinfectante y a noche larga. Demasiado limpia para lo que pasó.

Subimos las escaleras y cada escalón cruje como si supiera cosas.

La habitación de Alejandría está a oscuras. Entra, prende una lámpara pequeña. Luz tibia. Se sienta en la orilla de la cama, las manos temblándole apenas. Yo me quedo de pie. No invado.

Todavía no.

—Cuando todo explotó… —Empieza, mirando al piso— Akira quiso arreglarlo.

Levanta la vista un segundo. Tiene los ojos secos. Eso me inquieta.

—Pensó que Aleksander había dicho algo. Así que le habló. Directo. Sin rodeos.
Traga saliva.

—Y él… —Se le tensa la mandíbula— él lo dijo todo. No porque quisiera. El abuelo lo presionó. Lo exprimió. Y Aleksander habló.

Silencio.

—Ahí Akira entendió algo —Continúa— Que ya no tenía el control. Que esta vez no podía maniobrar nada.

Aprieta los dedos contra la cama.

—Y colapsó.

No dice “se quebró”. No dice “lloró”. Dice colapsó. Y lo dice como si fuera un edificio cayéndose por dentro.

—Yo pensé que era un ataque de pánico —Me mira, desesperado— Ansiedad, ya sabes. He visto eso antes. Traté de ayudarla. Respiración. Calma. Contacto. Todo lo hice mal.

Niega con la cabeza. Ríe una vez, seco, roto.

—No podía tocarla. No podía hablarle.

Se le quiebra la voz por primera vez.

—Empezó a gritar, Vittorio. Pero no de enojo. De terror. Se tapaba las orejas, se jalaba el cabello, gritaba que se callaran… que se callaran todos.

Se le humedecen los ojos.

—Decía que había voces. Que había demasiado ruido. Demasiada luz. Demasiado olor. Todo le dolía. Todo.

Yo ya no estoy de pie. Me siento frente a él.




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