Meses Antes.
Ciudad de México (México).
Residencia Mons.
Sábado.
12:30 P. M.
VESPER.
La casa de Odessa suena como antes.
Risas de verdad. De esas que no piden permiso ni explicaciones. No las sonrisas de “todo bien” que nadie cree, ni siquiera quien las usa.
Noah está desparramado en el sillón, siendo Noah sin pedir disculpas por existir.
—Vittorio, bro… ¿quién usa pijama de aviones? —Le lanza, sin piedad.
—¿Qué? Me gustan y con eso basta.
—¿Eso te dijo Akira que contestaras? —Se burla Odessa.
—Dale, dale, dale, dejen al pibito en paz —Vito sale al rescate—. Los aviones son lo máximo, ¿viste?
—Sí, claro —Noah sonríe con malicia—. Especialmente para los que vivieron la Segunda Guerra Mundial.
—Ay… —Vittorio baja la mirada a su pijama.
—Yaaa, déjenlo —Interviene Kaida—. Sí, se ve medio nerdo, pero a él le gusta.
Todo está… normal.
Demasiado normal.
Y yo no.
Asiento cuando tengo que asentir. Sonrío cuando toca. Me río un segundo tarde, como si mi cuerpo estuviera siguiendo instrucciones con mala señal.
Estoy aquí, pero mi cabeza está en otra habitación.
O en otro día.
O en ese momento exacto donde todo se rompió… y yo no estuve.
Porque mientras ellos se ríen de anécdotas inútiles, mi mente solo sabe repetir un nombre, una y otra vez, como un disco rayado.
Alejandro.
El hombre que puse en un pedestal tan alto que, cuando cayó, me llevé medio edificio conmigo.
El hombre que nunca me gritó.
Nunca me minimizó.
Nunca me hizo sentir reemplazable.
El que me miraba como si yo fuera suficiente incluso en mis peores días.
El que se acordaba de detalles que ni yo recordaba.
El que me hacía sentir bonita sin tocarme.
El que estaba siempre.
Y yo no estuve.
Decirlo duele.
Admitirlo quema.
Aceptarlo avergüenza.
Porque cuando pensé en su apellido, cuando me dejé llevar por la reputación de su familia, simplemente compré la historia más fácil.
Sin preguntar.
Sin escuchar.
Sin dudar.
Es un Alfaro’S, pensé.
Como Akira, capaz de herir sin pestañear.
Como Alejandría, encantador y peligroso.
Como todos los estereotipos cómodos que mi miedo necesitaba para justificarse.
Y no.
Alejandro no era eso.
Alejandro es la oveja blanca.
El error genético.
El que salió amable en una familia afilada.
El que no sabe ser cruel ni aunque lo intentará.
Y aun así, cuando más me necesitó, cuando lo drogaron, cuando estaba perdido, confundido, vulnerable… yo no estuve.
¿Y si esa noche yo fui parte de lo que casi lo mata?
Creí lo peor del hombre que me enseñó a creer en lo mejor.
Noah dice algo. Todos se ríen.
Yo también.
Pero por dentro me estoy deshaciendo.
Porque ahora sé la verdad.
Y la verdad no duele bonito. No es poética. No es justa.
Duele como darte cuenta de que fuiste injusta con alguien que jamás lo fue contigo.
Me siento pequeña.
Me siento tonta.
Me siento como la peor persona del mundo.
No por haber sido engañada.
Sino por haber dudado del único que nunca fingió.
La casa sigue llena de voces, de ruido, de vida.
Pero en mi cabeza solo hay una pregunta, clavada, insistente, que no me deja respirar.
¿Cómo se le pide perdón a alguien que siempre estuvo…
cuando tú fuiste la que falló?
Sigo sentada.
Sigo sonriendo.
Pero por dentro, ya estoy rota.
Y esta vez no tengo a quién culpar.
O tal vez, por primera vez, ya no quiero culpar a nadie.
Mucho menos a él.
Él estuvo cuando yo me rompía.
Yo no estuve cuando lo rompieron a él.
Noah se estira como gato sin responsabilidades.
—Bueno, ¿qué vamos a merendar?
—Acabamos de desayunar, Noah— Odessa lo mira mal.
—Eso fue como a las 10 y ya son las 12, es hora de la merienda —Se defiende.
—Es cierto, es hora de comer algo —Vito lo apoya.
—¿Y qué vamos a comer? —Pregunta Vittorio.
—Pizza —Dice Odessa al instante, como si fuera una religión.
—Pizza —Repite Kaida, ya levantándose.
—Pizza —Confirma Vito—. Yo corto, que soy un artista con el cuchillo.
—¿Tú? —Noah se ríe—. La última vez casi incendiaste la cocina.
—Callate, nene, callate.
Todos se levantan al mismo tiempo. Sillones que crujen, risas que se empujan unas a otras. El grupo se mueve en bloque hacia la cocina, hablando encima del otro, discutiendo ingredientes como si el mundo dependiera de eso.
Yo me quedo sentada.
No porque no quiera ir.
Sino porque mi cuerpo no responde tan rápido como debería.
Mis manos están apoyadas en mis piernas. No tiemblan, pero están rígidas. Los dedos apretados de más, como si soltara algo invisible si los aflojo.
Trago saliva.
No baja bien.
Cuando respiro, el aire se me queda atorado a medio camino, como si mis pulmones dudaran.
—¿Vesp? —Pregunta Kaida desde el pasillo—. ¿Vienes?
Asiento. Tarde.
—Sí… ahora voy.
Mi voz suena normal. Eso es lo más aterrador. Nadie podría adivinar que por dentro estoy contando las grietas para no desmoronarme.
Me pongo de pie y el mundo hace un pequeño movimiento extraño. Nada grave. Solo lo suficiente para recordarme que sigo en un cuerpo.
Doy un paso. Luego otro.
Apoyo la mano en el respaldo del sillón más tiempo del necesario. No porque esté cansada. Porque necesito sentir algo firme.
Ahí es cuando lo noto.
Vittorio no se movió con los demás.
Está de pie, a medio camino, mirándome sin disimular. No con curiosidad. No con lástima.
Con esa atención silenciosa que solo aparece cuando algo no cuadra.
—¿Estás bien? —Me pregunta.
Dos palabras. Tranquilas. Sin acusar.
Mi primera reacción es sonreír.
Automática. Practicada. Perfecta.