Cuidad de México (México).
Lunes.
3:42 P. M.
Recuerdo a mi hermana antes de que todo se torciera.
La recuerdo riéndose sin miedo, caminando descalza por la casa, creyendo que el mundo era un lugar decente. Era feliz de una forma casi ofensiva, como si la tragedia no tuviera su dirección.
Y entonces apareció él.
No llegó como villano. Llegó como promesa. Como ese tipo de hombre que no pide permiso para ocupar espacio. Mi hermana lo miró una vez… y ya no volvió a mirar a nadie igual.
Después vino el caos. Las mentiras. Las decisiones que no se deshacen. Y cuando todo explotó, ella ya estaba sola.
Aprieto los puños.
Porque si yo hubiera hablado cuando un muerto decidió volver, si hubiera abierto la boca cuando supe que el pasado estaba respirando otra vez… nada de esto estaría pasando.
El golpe de unos tacones me saca del recuerdo.
No necesito girarme para saber quién es. El aire cambia. Se vuelve filoso.
Está ahí, de pie, mirándome como si yo fuera una ecuación mal resuelta. No grita. No necesita hacerlo. Su furia es quirúrgica, no histérica. Los ojos le brillan, pero no de lágrimas: de cálculo.
—Si muere —Dice, con una calma que me revuelve el estómago— te juro que no vas a vivir lo suficiente para arrepentirte.
Trago saliva.
No menciona su nombre. No hace falta.
El chico al que ese bastardo usó como saco de boxeo está entre la vida y algo peor. Golpes, sangre, castigo innecesario. Todo para enviar un mensaje que nunca debió escribirse.
—Todo esto es por tu culpa. —Continúa—Por tu silencio. Por tu rencor mal digerido. Por tus ganas de vengarte de alguien sin importarte a quien afectaras en el camino.
No me defiendo. No puedo.
—Si hubieras hablado cuando supiste que alguien que debía estar bajo tierra seguía respirando… —Da un paso más cerca— yo no estaría aquí amenazándote. Y él no estaría luchando por mantenerse completo.
Cada palabra es un disparo lento.
La miro. No tiembla. No exagera. No amenaza por emoción. Amenaza porque cumple.
—Arréglalo. —Sentencia — Porque si le pasa algo... me voy a encargar de hacerte la vida miserable sin importar lo que tenga que sacrificar.
Se da la vuelta sin esperar respuesta.
Me quedo solo, con el eco de mi cobardía rebotando en las paredes.
Con el recuerdo de mi hermana sonriendo, antes de él.
Antes de que yo decidiera callar.
Y por primera vez en años, entiendo algo con claridad brutal:
El pasado no volvió para vengarse.
Volvió porque yo le dejé la puerta abierta.
Todo por un amor que no alcanzó.
Todo porque él me lo arrebato.
Teníamos veinte años y el mundo todavía no sabía cómo rompernos.
Recuerdo sus manos primero. Siempre las recuerdo así. Seguras, elegantes, como si incluso al tocarte estuviera decidiendo algo importante. Me miraba como si el futuro ya estuviera firmado y sellado, como si no existiera la posibilidad de que algo saliera mal. Yo le creí. Cómo no hacerlo.
Éramos jóvenes y estúpidamente felices. De esa felicidad que no hace ruido, que no se presume, que simplemente existe. Caminábamos por la ciudad como si nos perteneciera. No necesitábamos escoltas, ni agendas, ni sonrisas medidas. Éramos dos personas jugando a ser eternas.
Estábamos comprometidos. Decirlo ahora suena ridículo, casi ingenuo, pero en ese entonces era lo más sólido que tenía. El anillo brillaba en su mano como una promesa decente. No exagerada. No política. Solo nuestra.
Me hablaba de lo que quería construir. No del poder, no del apellido, no del deber. Me hablaba de una casa luminosa, de cenas largas, de mañanas sin prisa. De una vida donde el ruido del mundo se quedaba afuera. Yo la escuchaba como si me estuviera dictando un evangelio privado.
Y yo la quería. No como se quiere a los veinte creyendo que todo es intensidad y drama. La quería con calma. Con planes. Con certeza. Pensé que eso bastaba.
A veces me apoyaba la cabeza en el hombro y suspiraba, como si por fin hubiera llegado a donde debía estar. Decía que conmigo no tenía que fingir dureza. Que podía bajar la guardia. Yo me sentía invencible escuchando eso. El tipo que había logrado ser refugio para alguien como ella.
No existía nadie más. No había nada fuera de su lugar. No había terceros. No había un pasado. El pasado estaba ordenado y el futuro parecía una línea recta.
Todavía él no existía en nuestras vidas.
Todavía nadie irrumpía en las habitaciones con presencia de terremoto. Nadie que alterara el eje de todo sin pedir permiso. Nadie que hiciera que las miradas duraran un segundo de más. Nadie que volviera insignificante lo que yo creía firme.
Recuerdo una noche en particular. Estábamos sentados en el suelo, con la espalda contra el sofá, compartiendo una botella que sabía a gloria en el momento. Se rió de algo que dije, una risa limpia, sin cálculo. Me besó después, lento, como si no tuviera prisa por llegar a ningún lado. Me dijo que estaba feliz. Así, sin adornos.
Feliz.
Esa palabra me persigue.
Porque no era mentira. Lo sé. No me engañaba. No me usaba. No estaba mintiendo. En ese momento, yo era suficiente. Yo era el plan.
Y eso es lo que más duele recordar. No haber sido una mentira. Haber sido real… y aun así perder.
Después todo cambió tan gradualmente que al principio no quise verlo. Una sombra nueva en sus pensamientos. Una atención dividida. Un silencio distinto. Yo pensaba que era estrés, responsabilidades, el mundo empujando. Nunca imaginé que el destino tuviera nombre, rostro y esa maldita forma de entrar en la vida de los demás como si siempre hubiera pertenecido ahí.
Si lo hubiera sabido.
Si hubiera entendido que algunas presencias no compiten, arrasan.
Pero en ese entonces, con veinte años y un anillo prometiendo futuro, yo todavía creía que el amor bastaba. Que el amor que nos teníamos era irrompible.