Ciudad de México (México).
Residencia Mons.
Lunes.
9:10 A. M.
NOAH.
—Estamos en la mierda.
—Noah.
—No, Odessa, estamos en la reverenda mierda. ¿Qué hago yo desayunando una barra de proteína? ¿En qué momento mi vida se volvió esto?
—Te dije que podía hacerte huevito y no quisiste.
La miro como si me hubiera propuesto comer piedras.
—¿Quién en su sano juicio no tiene huevos orgánicos?
—Perdóname por ser una persona normal y no una delicada criatura de cristal.
—No entenderías lo que es tener un culo delicado—Gruño.
—Hoy sí estás particularmente insoportable —Dice, dejando de comer.
—Pasé una semana de mierda. Mínimo un puto huevo orgánico.
—Ay, ya cállate, Noah —Kaida se mete desde el suelo, tirada como si no existiera la gravedad—De verdad, hoy amaneciste poseído.
—¿Y tú qué?
—Estás sumamente delicado. ¿Comiste diablo o qué?
—A veces está bien mandarse a la chingada… pero tú vete directo a la verga.
—¡Noah! —Odessa me regaña— Deja de ser grosero.
—Entonces que no se meta en lo que no le importa.
—Pinche delicadito —Kaida me saca el dedo.
—Meh.
—Si quieres te pido huevos orgánicos o lo que sea —Dice Odessa, ya con el celular en la mano.
—No. Llámale a Diego. Dile que es urgente. Dile que estoy muriendo. Que voy a empezar a convulsionar y luego me dará un infarto.
Me tiro sobre la mesa como cadáver funcional.
—Exagerado —Susurra Kaida.
—Perdóname, mujer —Levanto la cabeza, respiro— Uno: dos de mis amigos están desaparecidos. Dos: un maldito ruso come mierda nos estuvo jodiendo. Tres: un duende de mierda apareció en casa de cosa uno y cosa dos. Cuatro: parece que estamos metidos en una pinche investigación militar o algo igual de ilegal.
Tomo aire otra vez.
—Cinco: no he comido desde ayer porque la pizza nos salió del carajo y hoy me salen con barras de proteína que saben a mierda literal. No es exactamente el plan de vida por el que uno despierta feliz, ¿sí captan?
—Solo capté que amas maldecir.
—Vete a la playa.
Vuelvo a estrellar la cara contra la mesa.
—Ya, ya —Interviene Odessa—Aún tenemos que resolver la desaparición de Akira y Vittorio.
—Ah, chinga, “Tenemos” suena a manada y yo no tengo nada —Digo, sin levantarme— Ya me metí en suficientes problemas con mis abuelos como para sumar otro desastre.
—En eso Noah tiene un punto —Kaida se levanta— Si mis papás se enteran, vuelven de Grecia solo para castigarme. Y si me castigan, me muero. Literal.
—¿Ves? —Murmuro— Eres la única pendeja que quiere ir de metiche.
—O sea, wey, son nuestros amigos.
—Obvi, bro, —Dice Kaida, sorprendentemente cuerda— pero ya es un tema más grande que nosotros. Esto no lo podemos arreglar.
—Exacto, bonita. Nosotros contra la familia de Akira… no. No podemos.
—Pero…
—Odessa, no. No hay que meternos.
Me incorporo un poco.
—¿Ya le marcaste a Diego? Me quiero largar. Necesito bañarme y una gorra… y tal vez desaparecer un rato. O morirme, lo que suceda primero.
—Ya le marco —Dice, caminando hacia la cocina.
El coche avanza y yo siento que algo está mal. No es el tráfico. No es el día.
Es mi cabeza. Literal.
—Diego, me siento desnudo —Digo, tocándome el cráneo.
—Joven Borbón… trae camisa —Responde, con toda la seriedad del mundo.
—¿Eso qué?
Me miro en el reflejo de la ventana. Rapado. Brillante. Vulnerable.
Un crimen de odio.
—Perdí mi gorra —Añado, como quien anuncia una muerte.
—Lo siento mucho, joven —Dice Diego, genuinamente apenado.
—No me digas joven, me haces sentir como si mañana ya me muriera.
Diego sonríe, mínimo, respetuoso. Yo no.
—No puedo existir así. —Me quejo— Yo no soy una persona sin sombrero. Nunca lo he sido. Desde niño entendí que el mundo es horrible y que cubrirte la cabeza ayuda.
—Podemos comprarle otra —Propone.
—No otra. La gorra. Esa tenía carácter. Historia. Nos entendíamos.
Silencio. El coche frena.
—Y para rematar, —Sigo — sigo con hambre. Una barra de proteína no es desayuno. Es un castigo. Eso ni alimento merece que le digan. Escoria.
—Podríamos pasar por algo de comer.
—Algo digno, Diego. No quiero una ensalada triste ni un café que sabe a arrepentimiento. Quiero comida que me haga sentir vivo. Huevos. Pan. Grasa. Amor.
—Entiendo.
—No, Diego, no —Lo corrijo— Estoy teniendo un colapso capilar y nutricional al mismo tiempo.
Diego carraspea.
—¿A dónde desea ir primero?
—A mi tienda de sombreros.
—¿Antes de desayunar?
—Con hambre puedo sobrevivir. —Digo — Sin sombrero, no.
Diego asiente, como si le acabara de revelar una verdad ancestral.
—Después, desayuno. Uno de verdad. Algo que no venga envuelto en plástico ni tenga valores nutrimentales impresos como amenaza y que sepa bien.
—Muy bien, joven Borbón.
—Diego.
—¿Sí?
—Si mañana amanezco muerto, demanda a todas las empresas que hayan creado esas malditas barras de proteína y déjalos en quiebra, sin un quinto.
—Lo tendré en cuenta —Dice, serio.
Miro por la ventana. La ciudad pasa. Yo sigo enojado. Despeinado del alma.
—Diego, Dios, las barras de proteína son una mentira.
—¿Una mentira, joven Borbón?
—Una estafa. Un fraude. Un atentado contra la dignidad humana. Eso no es comida, es comida para gente que se odia. Qué siente que es un idiota y por ende debe comer cosas de la misma índole.
Diego guarda silencio. Sabio.
—¿Sabes a qué sabe? A cartón húmedo con mierda. A yeso con sabor artificial a mierda. A “te ves bien, pero come mierda”.
—Bueno… se supone que son saludables —Dice con cuidado.
—¿Saludable en qué aspecto? —Respondo.
Me recargo en el asiento, furioso.
—Además, ¿por qué siempre saben a chocolate falso? Nunca saben a chocolate de verdad. Saben a recuerdo lejano de cacao, como contado por alguien que lo vio una vez.