Meses Antes.
Riviera Maya, Quintana Roo (México).
Miércoles.
7:15 A. M.
ALEJANDRO.
El mar sigue siendo obscenamente azul, las palmeras siguen crujendo como si estuvieran en un comercial de turismo, y el sol sale todos los días con una puntualidad que me ofende un poco. Yo, en cambio, llevo una semana y media tratando de aprender a existir otra vez.
Aquí dicen que estoy “en recuperación”.
Los mejores psicólogos del país. Literalmente. Gente con currículums tan largos que podrían usarlos de cobija. Me observan, me escuchan, me hacen preguntas con voz suave, como si fuera un animal herido que podría morderlos si levantan demasiado el tono. A veces funcionan. A veces no.
Ya no estoy completamente mudo.
Ya no tengo tantos pensamientos suicidas ni autodestruictivos.
Eso es progreso, supongo.
Al principio solo asentía o negaba con la cabeza. Ahora hablo. Frases cortas, pero reales. Ya no parezco un cadáver sentado frente al mar. Un fantasma funcional, quizá, pero vivo. Técnicamente vivo. Aunque hay momentos… momentos en los que la idea de no estarlo suena peligrosamente cómoda.
Alejandría está estudiando en línea. Lo escucho en su cuarto, tecleando, respondiendo, avanzando. Él sigue. Siempre ha sabido seguir. Yo no puedo ni abrir una clase sin que algo dentro de mí se rompa en mil pedazos microscópicos. Me siento inútil, atrasado, defectuoso. Como si el mundo estuviera avanzando y yo me hubiera quedado tirado en la arena, esperando que la marea hiciera el trabajo sucio.
Intenté estudiar una vez.
Una.
Terminé con náuseas y ese pensamiento horrible que se cuela sin permiso: si no sirvo para esto, ¿para qué sirvo?
Autodestrucción, le llaman. Yo le digo cansancio.
Astrid es la excepción a casi todo.
No entra como psicóloga cuando está conmigo. Entra como Astrid. Con comida que a veces no toco, con silencios que no incomodan y con esa habilidad peligrosa de hacerme hablar sin que me dé cuenta. Se sienta a mi lado, mira el mar conmigo, y no me exige nada. No me pide que mejore. No me dice “todo va a estar bien”. Gracias a Dios, porque si alguien me dice eso otra vez, exploto.
—Hoy hablaste más —Me dijo ayer, como quien comenta el clima.
No sonaba orgullosa. Sonaba sincera. Y eso pegó distinto.
Hay noches en las que el mar se vuelve oscuro y pienso en lo fácil que sería desaparecer ahí. No porque quiera morir exactamente, sino porque quiero dejar de sentir este peso constante en el pecho. Los psicólogos dicen que esos pensamientos no me definen. Astrid dice que no estoy roto, solo herido. Yo digo que estoy aprendiendo a no hacerle caso a la voz que me odia.
No siempre gano.
Pero ya no pierdo todo el tiempo.
Hoy caminé descalzo por la orilla. Sentí la arena húmeda, el agua fría subiéndome por los tobillos. Me quedé ahí un rato largo, respirando. No pensando en saltar. Solo… estando. Eso también es nuevo.
Sigo mal.
Pero ya no estoy vacío.
Y aunque hay días en los que quiero estar muerto, ahora también hay momentos —pequeños, discretos, casi tímidos— en los que quiero ver qué pasa mañana.
Volví a casa después de un largo rato tratando de convencerme de no hacerle caso a mis pensamientos de quererme ahogar en el mar.
El olor me llego antes que el sol.
No el mar. No el café. Huevos. Pan tostado. Mantequilla. Cosas… normales. Sospechosamente normales.
Voy la cocina arrastrando los pies, con esa energía de “estoy vivo pero no me pidan pruebas”, y ahí estaba mi papá. Delantal puesto. Sí, delantal. Como si esto fuera una línea alterna del multiverso donde él cocina y el mundo no se acaba.
Alejandría ya estaba sentado en la barra, mirándolo como si acabara de ver a un dragón preparar hot cakes.
—¿Tú… cocinaste? —Le preguntó, genuinamente traumado.
Papá ni volteó. Estaba concentrado removiendo algo en el sartén.
—Sé cocinar —Dijo tranquilo— Otra cosa es que nunca lo haga.
Alejandría me miró. Yo levanté los hombros. No tenía respuestas. Solo aceptación.
Nos sentamos los tres. Astrid todavía no bajaba. La casa estaba en silencio, uno raro, pero no incómodo. De esos que no te empujan a huir. Papá sirvió los platos sin ceremonia, como si esto fuera lo más normal del mundo. Huevos revueltos, pan tostado, fruta cortada. Nada gourmet. Nada espectacular. Justo por eso era inquietante.
—No están envenenados —Dijo, como leyendo nuestras caras— Tranquis.
—Eso diría alguien que sí los envenenó —Murmuré.
Alejandría soltó una risa corta. Papá también. Punto para el desayuno.
Comimos.
Y no fue raro.
Eso fue lo raro.
Papá se sentó con nosotros. No con el celular. No con la mente en otro país. Con nosotros. Nos preguntó cosas simples. Si dormimos. Si el mar estaba tranquilo anoche. Si Alejandría ya había avanzado con sus clases. Él respondió que sí. Yo no dije nada. Papá no insistió.
—No tienen que estar bien —Dijo de pronto, como quien comenta que va a llover— Solo tienen que estar aquí conmigo.
No fue un discurso. No fue motivacional. Fue una frase lanzada al centro de la mesa y ya. Me quedé mirándola mentalmente, como si fuera un objeto que no sabía dónde guardar.
Alejandría asintió. Yo seguí comiendo. Pero algo en el pecho se aflojó un poco. Apenas. Lo suficiente.
—Nunca cocinas —Dijo Alejandría otra vez, todavía procesándolo.
Papá se encogió de hombros.
—Siempre hay alguien que cree que no sabe hacer algo —Dijo —A veces es uno mismo.
No miró a nadie cuando lo dijo. Pero lo sentí directo en la frente.
Terminamos de desayunar. Papá recogió los platos. No dejó que nadie lo ayudara. Yo me quedé sentado un segundo más, mirando la mesa vacía, escuchando el mar colarse por la ventana.
No estoy bien.
Pero esta mañana no quise desaparecer.
No sé por qué lo pregunté.
Tal vez fue el desayuno. Tal vez el delantal. Tal vez ese silencio cómodo que se nos coló entre bocado y bocado como si llevara años esperando turno.