Sangre Azul, Corazones Rotos.

Capítulo 49:“¿Qué parte de no te quiero aquí no entendiste?”.

Meses Antes.

Ciudad de México (México).

Residencia Alfaro'S.

Miércoles.

11:11 A. M.

AKIRA.

No soporto el sonido de las zapatos sobre el mármol.

Tac.

Tac.

Tac.

Demasiado fuerte.

Demasiado hueco.

Demasiado todo.

Mi abuelo habla. Su voz es grave, controlada, perfectamente modulada. Las paredes hacen rebotar la voz dentro del despacho y queda el eco aquí. Sonando. Repitiendo. Molestando.
Pero se superpone con el zumbido del aire acondicionado.

Con el roce de la tela de mi leotardo contra mi piel.

Con el latido en mis oídos.

— Tienes que estar con las enfermeras.

Enfermeras.

Plural.

Ruido. Movimiento. Perfume barato. Zapatos. Susurros. Respiraciones. Miradas. Latidos.

— No quiero — Digo.

No grito. No tiemblo. No suplico.

Solo no.

— La gente es ruidosa.

Él me mira. No como si estuviera loca. No como si estuviera exagerando.
Me mira como si estuviera traduciendo.

Cede.

Me deja ir sola al estudio.

Sola.

Sola.

Sola.

Sola.

Por fin sola.

Bajo las escaleras y cada escalón es un golpe seco en mi cabeza.

Escalón.

Drogaron a Alejandro.

Escalón.

No hiciste nada.

Escalón.

No lo viste venir.

Escalón.

Eres inútil.

Escalón.

Tenías que tener todo bajo control.

La voz no se calla.

Nunca se calla.

El estudio huele a madera pulida y desinfectante. La luz blanca es demasiado blanca. El espejo es demasiado honesto.

Me quito los zapatos.

La tela de las mallas raspa un poco. La siento como si fuera lija. El aire frío me corta la piel.

Demasiado.

Demasiado.

Demasiado.

Mi cabeza no tiene un botón de volumen.

Empiezo a estirar.

Uno, dos, tres, cuatro.

Uno, dos, tres, cuatro.

Uno, dos, tres, cuatro.

La voz vuelve.

No pudiste protegerlo.

Eres fuerte solo cuando no importa.

Eres reina en competencias...
Pero cuando alguien cae, tú no sabes qué hacer.

Cierro los ojos.

Me pongo las zapatillas. Las aprieto.

Me incómoda, pero es necesario para concentrarme.

Relevé.

Arabesque.

Giro.

El espejo multiplica mi figura. Hay demasiadas yo. Todas me miran.

Giro más rápido.

Quiero golpear algo.

Quiero romper algo.

Quiero romper algo.

Pero no lo hago.

Ballet.

Porque el ballet es violencia elegante.

Es disciplina convertida en castigo voluntario.

Salto.

El impacto contra el suelo sube por mis piernas como electricidad. Me gusta. Me centra. Me ancla.

La voz grita ahora.

Fallaste.

Fallaste.

Fallaste.

— Cállate —Susurro.

Pero no se calla.

Veo la cara de Alejandro esa noche. La confusión. El vacío en sus ojos.

Y yo, tan inteligente. Tan preparada. Tan perfecta.

No vi nada.

No resolví nada.

No pude con esto.

No puedo con nada.

No le ayude.

Mis movimientos se vuelven más bruscos. El control empieza a fracturarse. Un giro mal aterrizado. El tobillo se queja.

No paro.

No paro porque si paro, escucho más fuerte.

Siento cada sonido del edificio.

Un plato en la cocina.

Un paso en el pasillo.

Una puerta cerrándose arriba.

Todo entra al mismo tiempo.

Todo pesa.

Todo raspa.

Ouh.

No es ruido.

Es idea.

Soy un problema.

Mi abuelo me vigila.

Enfermeras.

Servidumbre caminando en puntas de pie.

Conversaciones en susurros.

Soy un protocolo médico con apellido importante.

No soy fuerte.

Soy frágil envuelta en seda.

La voz sonríe.

Lo sabías.

Respiro más rápido.

Demasiado aire.

Demasiado ruido.

Demasiado pensamiento.

Intento un fouetté.

Uno.

Dos.

Tres.

El cuarto se desarma. No el estudio. Yo.

Pierdo el equilibrio.

Caigo.

El golpe contra el piso es seco. Real. Honesto.

Y ahí, en el suelo frío, mirando el techo blanco que parece una pantalla demasiado brillante, lo pienso.

Si yo no puedo controlar mi propia mente…
¿cómo voy a proteger a alguien más?

Silencio.

No el silencio real. El interno.

Por primera vez la voz no habla.

Porque la respuesta es obvia.

No puedo.

La puerta se abre.

No escuché pasos.

No escuché tela rozando.

No escuché nada.

Solo su perfume.

Preciso. Caro. Limpio. Como si incluso el aroma tuviera educación diplomática.

No levanto la cabeza.

Si la veo, voy a tener que sostener su mirada.

Y hoy no puedo sostener ni mi propio equilibrio.

Tacones.

Medidos. Sin prisa. Sin drama.

— Te dejé sola diez minutos.

Su voz no es suave.

Es estable. Como una sala de juntas.

Me quedo en el suelo.

— Estoy bien.

Mentira automática. Sale perfecta. Como siempre.

Silencio.

Siento cómo me observa. No con lástima. Con análisis.

— No estás bien.

No es pregunta. Es un diagnóstico.

Diagnóstico.

Diagnóstico.

Como si estuviera enferma.

Una carga.

Aprieto la mandíbula.

— No necesito enfermeras.

— No contraté enfermeras porque seas incapaz.

Ahí está. La palabra que no dijo. La que mi cabeza gritó.

Incapaz.

Me incorporo despacio. El piso todavía está frío en mis manos.

— Entonces ¿por qué?

Ella no se acerca de inmediato. Camina alrededor del estudio. Mira las barras. Los espejos. El suelo.

Evalúa el escenario como si fuera una negociación.

— Porque cuando algo se rompe en esta familia, lo protegemos. No lo escondemos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.