Meses Antes.
Ciudad de México (México).
Residencia Azul.
Miércoles.
3:35 P. M.
ALEKSANDER.
Sabía que esto iba a salir mal.
No el tema.
La forma.
Con Akira, nunca es el “qué”, siempre es el “cómo”.
—¿A dónde quieres llegar con eso, Aleksander?
Directa. Como siempre.
No está preguntando. Está evaluando.
—Es que es algo muy fuerte de ellos —Digo.
La observo mientras hablo.
Se cruza de brazos. Cierra postura.
Defensa.
—Es mejor que te vayas.
No me muevo.
Si me voy ahora, esto se queda a medias. Y lo va a manejar sola. Mal.
—No quiero hacer más problemas si te digo que descubrimos.
Me mira.
Está buscando algo.
Una contradicción, una duda… lo que sea para invalidar lo que digo.
No lo va a encontrar.
—Tengo problemas desde que decidiste abrir la boca con mi abuelo.
Claro.
Ahí está.
No le importa el problema.
Le importa que decidí por ella.
Mis hombros se tensan un poco.
—Я не имел выбора.
—Мог солгать.
La respuesta le sale automática.
Mentir.
Como si fuera una opción viable.
—Нет.
Doy un paso, sin invadir demasiado.
—Si no decía nada, tu abuelo llamaba a mi padre. Y eso es lo último que necesito.
Su expresión cambia apenas cuando menciono a mi padre.
Lo registra.
Siempre registra.
—Mi abuelo no le iba a decir nada.
No le respondo de inmediato.
—Ambos sabemos que sí.
Silencio.
No insiste.
Porque sabe que es cierto.
—Él es capaz de eso y más.
Cambio al español.
—No iba a dejar que esto se volviera un problema mayor, un problema diplomático.
—¿Diplomático? No soy un tratado internacional.
—Eres más delicada que eso.
Error.
Lo sé en cuanto lo digo.
Se irrita.
—No soy delicada.
—Tu abuelo piensa en poder. Si ocultaba algo, lo convertía en debilidad. Y lo iba a usar.
La estoy empujando, pero necesito que entienda el contexto.
—No era tu decisión.
—Sí lo era.
—No.
—Me involucraste.
Se detiene un segundo.
—No te compartí nada.
—Me informaste.
La corrijo.
—¿Y eso por qué fue?
No responde de inmediato.
Me acerco un poco.
—Te vi ese día.
Se queda quieta.
—No era solo un problema. Era supervivencia.
Su respiración cambia.
Ligero.
—Estás exagerando.
—No.
Bajo la voz.
—No estabas pensando en ganar. Estabas pensando en no caer.
La recuerdo perfectamente.
Eso no se me va a olvidar.
—No sabes nada de mí.
Menos firme.
—Sé que después de eso te encerraste.
Silencio.
—Sé que tu abuelo estaba preocupado.
—¿Y por eso fuiste a contarle?
Ahí sí hay molestia.
—Fui porque él ya sabía que yo sabía.
—Pues mentías.
—¿Y luego?
La miro fijo.
—¿Qué pasaba cuando lo descubriera?
No responde.
—La mentira se nota. Tú lo sabes.
Aprieta un poco más los brazos.
—No tenías que decidir eso.
—Alguien tenía que hacerlo.
Eso la irrita más.
—Nadie decide por mí.
—Tu madre sí.
Silencio inmediato.
Mal.
—No metas a mi madre.
—Ella no te obligaría si no estuvieras peor de lo que dices.
Su respiración se acelera.
Pero no pierde el control.
Todavía.
—No estoy peor.
—Entonces mírame y dime que todo está bajo control.
Me mira.
Sostiene.
No dice nada.
Suficiente.
—Mi padre no necesita excusas para intervenir en mi vida —digo—. Si tu abuelo le insinuaba algo… estaría aquí mañana.
—¿Y qué con eso?
—No quiero que venga.
No es orgullo.
Es simple.
—¿Le temes?
—No.
Pausa.
—Pero no necesito otra guerra.
Se queda en silencio.
Procesa esa palabra.
—Entonces me usaste.
—No.
—Evité que esto creciera.
—Traicionándome.
—Protegiéndote.
—No necesito que me protejan.
—Claro que sí.
Se tensa.
—No soy débil.
—Nunca dije eso.
—Lo insinuas.
—Digo que estás sobrecargada.
Silencio.
No le gusta esa palabra.
—Podías haber mentido.
Más bajo.
—Я не лгу, когда это касается тебя.
No debería haber dicho eso.
Pero ya salió.
—No dramatices.
—No dramatizo.
La observo.
—Te molesta que alguien haya visto algo que querías ocultar.
—Me molesta que decidieras por mí.
—Alguien tenía que hacerlo.
Exhala más fuerte.
Está perdiendo paciencia.
—Estoy bien sola.
—No lo estás.
Miro sus manos.
—Llevas apretando los dedos desde hace rato.
Silencio.
Mira sus manos.
Se dio cuenta.
—¿Por qué tanto esfuerzo en evitar a tu padre?
Directo.
No esquiva nada.
Trago saliva.
Aprieto la mandíbula, lo sé.
No puedo evitarlo.
—No es tu asunto.
—Lo hiciste mi asunto.
Tiene razón.
—No empieces.
—Empieza tú.
Silencio.
—Porque no es razonable.
—Eso no dice nada.
Exhalo.
—Mi padre es… complicado.
No voy a entrar en detalles.
No ahora.
Camino un poco. No me quedo quieto.
—Me controla todo.
Pausa.
—Me obligó a acercarme a ti.
Error.
La veo detenerse.
—¿Qué?
No hay forma de arreglarlo.
—No fue casualidad que compitiera contigo.
—¿Por qué?
Me mira como si ya supiera la respuesta.
—Mi padre y tu madre están negociando una alianza.
Silencio.
Le pega.
—¿Una alianza?
—Política.
Pausa.
—Implica matrimonio.
Ahí cambia todo.
La veo.
De verdad la veo.
No es enojo.
Es otra cosa.
Su respiración se rompe.
Su mirada pierde enfoque por momentos.