Sangre Azul, Corazones Rotos.

Capítulo 52 Parte 1:“¿Qué demonios es eso?”.

Meses Antes.

Quintana Roo, Riviera Maya (México).

Residencia Alfaro'S.

Lunes.

3:26 A.M.

ALEJANDRÍA.

Me gustaría no haber vivido ciertas cosas.

O que derrepente mi memoria estuviera tan mal que no tuviera nada en ella.

Por Alejandro.

Por Akira.

Y por ella.

No quiero recordar todo lo que ella dijo.

No que la herí sin querer.

No que la lastime.

No su mirada de odio.

Su mirada de asco.

De arrepentimiento por haberme conocido.

Quisiera mucho poder recordar más su sonrisa.

Su alegría.

Su calma.

Su mejor versión.

No la que vi la última vez.

Porque esa versión la cause yo y me odio por eso.

El mar nunca duerme.

Lo descubrí hace semanas.

Mientras todos descansan, mientras la residencia queda en silencio y hasta las palmeras parecen inmóviles bajo la luz de la luna, el océano sigue ahí.

Respirando.

Entrando.

Saliendo.

Como si estuviera vivo.

Como si me recordara constantemente que yo también debería seguir haciéndolo aún cuándo no quiero.

La arena está fría bajo mis pies.

Tengo las manos enterradas en ella mientras observo las olas romper contra la orilla privada de la propiedad.

No pienso.

O al menos eso intento.

Porque si pienso...

Todo se derrumba.

Cierro los ojos apenas un segundo.

Error.

Siempre es un error.

Veo fuego.

Las llamas elevándose hacia el cielo.

Escucho gritos.

Dos voces.

Una de ellas me llama.

La otra también.

Alejandro.

Akira.

Los dos atrapados dentro de una casa consumida por las llamas.

Y yo corriendo.

Corriendo.

Corriendo.

Pero nunca llego.

Nunca.

Mis piernas no responden.

La puerta no se abre.

El fuego me quema la piel.

Y ellos siguen gritando.

Pidiéndome ayuda.

Pidiéndome que los saque.

Y yo fracaso.

Otra vez.

Siempre fracaso.

Abro los ojos de golpe.

El aire entra violentamente en mis pulmones.

Miro el mar.

Miro cualquier cosa menos los recuerdos.

Porque si los miro demasiado tiempo, termino creyendo que son reales.

Y ya tengo suficientes fantasmas caminando conmigo durante el día.

No necesito traerlos también a la madrugada.

Aprieto la mandíbula.

Soy el mayor.

Se supone que debía protegerlos.

A los dos.

Especialmente a los dos.

Y sin embargo...

Cuando Alejandro se estaba destruyendo...

No estuve.

Cuando Akira estaba cayéndose en pedazos...

Tampoco estuve.

Qué clase de hermano mayor deja que eso pase.

La pregunta me acompaña cada día.

No importa cuántas veces intente ignorarla.

No importa cuántas personas me digan que no podía saberlo.

No importa.

Porque yo sí debería haberlo sabido.

Los hermanos mayores notan esas cosas.

¿No?

Una lágrima amenaza con escapar.

La obligo a quedarse donde está.

No.

No tengo tiempo para eso.

Ni derecho.

Alejandro fue quien terminó roto.

Akira fue quien sufrió.

Yo no.

Yo sigo aquí.

De pie.

Entero.

O intento eso.

Escucho pasos detrás de mí.

No necesito girarme para saber quién es.

—Sabía que estabas por aquí.

La voz grave de mi padre se mezcla con el sonido de las olas.

No responde inmediatamente cuando me siento a su lado.

Simplemente toma asiento en la arena.

Como si hubiera hecho esto toda su vida.

Como si entendiera que algunas heridas no quieren preguntas.

Durante unos minutos ninguno habla.

Solo observamos el mar.

—Alejandro sonrió hoy.

Asiento.

—Lo vi.

Y era verdad.

Lo había visto.

No una sonrisa completa.

No una de esas que iluminaban una habitación entera.

Pero sí algo parecido.

Algo real.

Algo suyo.

Había pasado la tarde hablando con Astrid.

Incluso se había reído.

Una risa pequeña.

Torpe.

Oxidada.

Pero una risa al fin.

Hace unos meses habría parecido imposible.

Había días en los que ni siquiera salía de su habitación.

Días enteros mirando el techo.

Sin comer.

Sin hablar.

Sin vivir.

Y los peores...

Los peores fueron aquellos en los que intentó dejar de existir.

Solo recordarlo hace que me falte aire.

Mi padre observa el horizonte.

—Está regresando.

—Sí.

—Algo lento.

—Sí.

—Pero está regresando.

Esta vez no respondo.

Porque si hablo probablemente mi voz me traicione.

Y no puedo permitirme eso.

No ahora.

No cuando Alejandro por fin empieza a encontrar el camino de vuelta.

Mi padre gira ligeramente hacia mí.

—¿Y tú?

La pregunta cae entre nosotros.

Simple.

Directa.

Peligrosa.

Sonrío.

Automáticamente.

La sonrisa más falsa del planeta.

—Estoy bien.

Mi padre suelta una risa corta.

—No eres un buen mentiroso.

Maldición.

Bajo la mirada hacia la arena.

Mis dedos siguen dibujando formas sin sentido.

—Estoy cansado.

Silencio.

—Eso tampoco es verdad.

Aprieto la mandíbula.

Porque él me conoce.

Demasiado.

Desde pequeño.

Mucho antes de que aprendiera a esconder lo que siento.

—No pude ayudarlos.

Mi voz sale apenas como un susurro.

—A ninguno.

Las palabras se sienten pesadas.

Como piedras.

Como si llevaran meses atrapadas en mi garganta.

—Alejandro se estaba muriendo frente a nosotros.

—...

—Y Akira...

No termino la frase.

No hace falta.

Mi padre entiende.

Siempre entiende.

—Escúchame.

Levanto la vista.

—No eres responsable de cada batalla que pelean las personas que amas.




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