Sangre Carmín

CAPÍTULO DIECISIETE.

ACTUALIDAD.

Sabía justo hacia donde nos dirigíamos, jamás había estado en la ciudad central, pero bastaba con ver la dirección por la que caminábamos para deducir que la mansión frente a nosotros era la de Nerón.

Estaba rodeada de enormes árboles y conforme nos acercábamos pude notar la estructura elegante de lugar, sus enormes paredes pintadas de amarillo pastel e inmensos ventanales que dejaban ver una parte del interior. Los jardines eran enormes, repletos de arbustos, fuentes, flores de todo tipo y un sinfín de hombres dorados. La gente nos observaba con curiosidad, al parecer era la primera vez que infiltrados eran invitados a la residencia del presidente. Nadie, ni siquiera nosotros sabíamos lo qué sucedería.

Lex y sus hombres nos guiaron hacia el salón, estar adentro fue mucho más asombroso de lo que esperaba, pues un montón de habitaciones se extendían a lo largo del lugar y me daba la sensación de que sería mucho más fácil perdernos en aquel sitio que en el exterior. Frente a nosotros había un par de escaleras, con suficientes peldaños como para adivinar que en los siguientes pisos había aún más secciones. Alce un momento la vista, el techo de la parte donde nos ubicábamos era en forma circular y tenía tragaluces que proporcionaban una gran iluminación al lugar.

Intentaba hablar con Winston, pero no parecía estar consciente de lo que sucedía a su alrededor, su mirada seguía vacía, su andar era automático, estaba desorientado. Verlo así me hacía pensar en un fantasma.

Seguimos avanzando, al inicio creí que nos mantendrían a todos en el mismo sitio, pero de pronto un par de theriones empujaron en distintas habitaciones a Deo, Egan y mis compañeros, sin que ninguno de ellos tuviera tiempo de reaccionar, eso me hizo pensar que a Marina y a mí nos meterían en los cuartos siguientes, pero Lex me tomó del brazo, le lancé una última mirada de temor a la pelinegra y pronto desapareció. 

Me encontraba en el segundo piso, todo lucía muy similar y el silencio se hacía presente. Los largos pasillos estaban alfombrados con diferentes matices y tonos de rojo. De vez en cuando, algunas de las chicas que Nerón usaba como sus empleadas personales, pasaban junto a nosotros; todas llevaban el mismo uniforme gris, que consistía en pantalones largos y una playera del mismo color, acompañada de un moño, lo raro en su aspecto era el antifaz plateado que cubría la mayor parte del lado izquierdo de su rostro, dejando al descubierto solo su ojo derecho, del que colgaban dos pequeñas cadenas. En cuanto nos veían, aceleraban el paso o caminaban en la dirección contraria.

―¿A dónde me llevas?― pregunté con toda la seguridad que me fue posible.

Lex en realidad lucía atemorizante y al parecer yo era la causa de su posible muerte, lo que hacía su presencia más peligrosa

―Cierra la boca y entra― dijo malhumorado, mientras abría una de las puertas.

Antes de poder protestar, me empujó y cerró de un portazo. Observé la habitación unos momentos; una cama enorme se veía al fondo y frente a ella estaba un tocador con un espejo en forma octagonal. Al lado del pequeño cajón, se encontraba otra puerta que daba al interior de un baño. En realidad no había muchos objetos a excepción de unos cuantos muebles. Con duda y nervios me senté en la silla que estaba junto a la cama. Todo lucía cómodo, en otra situación estaría encantada por lo bien que se veía el lugar, pero ahora ese tipo de cosas era lo que menos me importaba. Estaba preocupada por lo que les pudiera pasar a mis amigos, Alba ya no estaba y Winston era quien peor debía estarla pasando. Solo de imaginarlo sin ninguna compañía o apoyo, en estos momentos mi corazón comenzaba a doler, y la culpa crecía y crecía. Aunque no era el único sentimiento en constante aumento, el odio hacia mis verdaderos padres estaba acabando conmigo.

Sentía que mi corazón se dividía en cientos de pedazos, eran tantos los problemas y pensamientos en mi interior que no sabía cuál era la respuesta o la mejor solución. Muchos de esos líos ni siquiera tenían arreglo y eso me hacía sentir una enorme desesperación, quería rendirme, irme lejos o solo desaparecer, pero aún había gente que me importaba y debía luchar por ellos. Una vez que estuvieran a salvo no importaría lo que pasara conmigo, en realidad no pretendía esperar tanto tiempo y averiguar si me convertiría en alguien como Nerón.      

El sonido de la puerta abriéndose me hizo reaccionar, intenté buscar algo con que defenderme, pero otra vez estaba desarmada. Para mi suerte se trataba de Nara, tampoco era alguien a quien quisiera ver o con quien quisiera hablar en ese momento, pero al menos no era Nerón o sus hombres. La mujer se paró frente a mí, lucía algo nerviosa, yo también lo estaba, pero intentaba mostrarme segura. Iba con la misma ropa de la ceremonia, su largo cabello aún caía por sus hombros y su collar sobresalía de su cuello; era exactamente igual al mío, con un pequeño círculo de plata y dos piedras incrustadas en el centro, una roja y una dorada.

―¿Cómo estás?― preguntó de repente, mirando la herida en mi cabeza e intentando acercarse.

Rápidamente, me paré de la silla y retrocedí unos pasos. Me molestó su pregunta. Era evidente que no podía estar bien. No después de todo lo que había pasado, no después de que ella fuera la causante de muchos de mis tormentos.

―Vete de aquí― dije únicamente y desvíe la mirada

―Sé que no quieres saber de mí ahora, pero debes comprender que todo lo que hice fue para protegerte...

―¿Todo lo que hiciste?—pregunté interrumpiéndola —¿Te refieres a los monstruos que creaste o a todas las muertes que has provocado? O podría ser el hecho de abandonar a mi padre y a Verá― mi voz adquirió un tono diferente, nunca había estado tan molesta con alguien y ahora mis emociones se presentaban de forma intensa.

―Si me escucharás sabrías que todo tuvo un motivo― intentaba sonar serena, pero sabía que en el fondo no era así cómo se sentía. No quería seguir escuchándola, incluso su voz me recordaba a la de Vera, era exactamente como ella, al menos en apariencia.




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