Cada mañana me levantaba antes del alba mientras el resto del Clan aún dormía. Una huida silenciosa en un plan más osado de lo que me gustaría admitir en realidad, al menos para mi propio bien. Daba un vistazo rápido a la plaza, meramente iluminada por el débil fulgor de la pira que poco a poco amenazaba con apagarse; mas no lo haría, siempre aguantaría hasta que el sol estuviese visible antes de emitir su última brasa.
Esperando no ser vista por ningún soldado dirigía mis pasos hacia el portón Este donde el pelotón de exploración se reunía cada mañana a las afueras de la gran torre, era una de sus tres salidas del día, pero era la única donde nadie notaría mi presencia. Las calles desoladas hacían aún más temeraria mi escapada mientras el eco de mis pasos resonaba entre las apretujadas cabañas y tiendas a mi alrededor.
Oficialmente yo era una recluta, mejor que una civil, aunque no tan buena como un soldado, y por las leyes del Clan tenía prohibido salir fuera de sus fronteras sin la compañía adecuada. Los exploradores no eran ni de cerca una de esas y me había costado horrores sobornar al teniente del pelotón para que me aceptase. Daniel Ruiz fue muy receloso al respecto, su posición podría peligrar si alguien descubre que había dejado salir de manera ilegal a alguien sin placa y durante los primeros intentos se mantuvo bastante intransigente sobre ello. Al menos hasta que le había ofrecido cristales de adamantia.
—Llegas tarde.
Sus ojos relucían con un brillo peligroso cada vez que los veía. Como un vicio del cual no podía renegar. Con una mano apretando mi hombro se acercó despacio, su pequeño cuerpo apenas proyectándose sobre el mio mientras yo fingía que aquella pequeña bolsa no se resbalaba de mi mano hacia su bolsillo.
— Creo que justo a tiempo.
— No tientes tu maldita suerte— bramó por lo bajo.
Nuestro acuerdo era peligroso, muchos dirían que injusto para la misera cantidad de cristales que recibía el teniente. Pero un adicto no cuestiona de dónde sale su mercancía, ni tampoco la rechazaba. Llevábamos dos meses con este trato y aunque sus condiciones habían sido simples, me preguntaba ¿cuánto tiempo tardaría en estallar?
—Escuchen bien. —Bramó el teniente tomando el frente de la formación— Nos han ordenado un sondeo cerca del lago. Los cazadores detectaron ciertas irregularidades en el área y se nos encomienda perimetrar la zona que colinda con el río. Tenemos dos horas. Pasen a recoger sus asignaciones.
El grupo, poco más de 50 personas, se formaba prolijamente a las afueras del torreón de los exploradores. Portando los característicos uniformes marrones con listas blancas en las costuras que clasificaban a su sección. Su rama militar difería del resto, sobre todo en su apariencia. Ropas ligeras, sin armaduras pesadas o escamadas, colores verdes y marrones, sus rostros cubiertos por capuchas enterizas. Pequeños fantasmas capaces de desaparecer en la espesura sin dejar rastro. Por suerte para mí, algunos de los más nuevos eran cadetes sin uniforme que vestían meramente con la ropa de entrenamiento igual que yo, esperando a que su servicio se cumpliese para poder recibir finalmente el uniforme con su rango reglamentario. Por lo tanto, al formarme en el fondo junto con los novatos no destacaba tanto como se esperaría. Algunos incluso me hacían señas de familiaridad, tratando de crear un vínculo con la persona que ellos creían que se escondía bajo el pasamontañas.
Avancé lentamente junto al resto llegando de a poco a la parte frontal donde el teniente y sus oficiales nos esperaban.
—Escuadrón verde, recolección.
La voz de una oficial me llamó entregándome una cinta larga del color mencionado. La misma de un tono más oscuro se colocaba en la manga de mi chaqueta como distintivo para todos los que me observasen. Unos curiosos grabados bordados en su tela sobresalían en el borde inferior. Lo había visto en otras ocasiones y aunque no entendía nada de protecciones sabía que era una runa de rastreo. Si me alejaba demasiado del perímetro de la oficial se incendiaría mandando una alerta. No era precisamente para protegerme, más bien para avisar al resto de que deberían huir.
—El objetivo es reabastecernos de adessias. —escuché como le informaban a uno de los líderes de escuadrón. Su rostro se contrajo con desdén al tomar su equipaje haciendo que su compañero se encogiese de hombros.—Son órdenes de arriba, así que será mejor que guardes tu actitud para las bestias.
—Escuadrón rojo, recojan su indumentaria. —gruñó otro oficial más alejado en el campo.
Observé a los rojos alejarse hacia la enorme torre que se alzaba junto a nosotros. La construcción más grande del clan, alzándose incluso por encima de las murallas. Los exploradores parecían pequeñas siluetas contra las enormes piedras que componían su estructura. Como pequeños insectos se agrupaban junto al oficial que diligentemente les entregaba sus suministros. El trabajo de los rojos era probablemente el más peligroso de todos y a diferencia del resto que apenas teníamos una bolsa con algunos recipientes, guantillas y utensilios de recolección, ellos iban armados hasta los dientes, cargando aquellos cinturones con viales repletos de sangre.
—En formación, fantasmas—bramó el teniente—es hora de partir.
—Que nervios—murmuró un recluta a mi lado dando pequeños saltitos para liberar la tensión de sus músculos.
Muchos se movían involuntariamente logrando verse ante los ojos de los veteranos como una plegaria silenciosa por sobrevivir.
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Editado: 01.05.2026