Sangre de Cazador

Segundo Canto

El ruido de las botas contra el suelo de madera reverberaba por todo el pasillo a la par que me apresuraba hasta el salón. La academia militar del este, o al menos la cabaña que se usaba para ella en ese momento, no era lo suficientemente grande como para que me costase mucho alcanzar al resto de los reclutas en la segunda planta, pero quizás lo necesario como para que muchos notaran mi ausencia. Pasar por casa en busca de ropa limpia había tardado más de lo que esperaba, me volvía lenta cuando estaba nerviosa: y el temor de que alguien pudiese notar el desastre que llevaba encima no me hizo ser precisamente más ágil. Un baño rápido en las regaderas del clan antes de arrastrar mi trasero a toda velocidad hacia la lección de hoy. Arremetí contra el corredor mientras luchaba por recoger mi cabello en una cola baja y casi resbalé en la tarima de lo mojadas que estaban mis botas. Apenas un par de metros me separaban del murmullo de voces de mis compañeros cuando el grito del Sargento resonó en la estancia.

—Y entonces mueres—bramó propinando un sonoro golpe sobre alguna mesa. —¿Crees que puedes sobrevivir mucho con esa patética manera de pensar?

La imponente figura del Sargento Garret se elevaba desafiantemente sobre uno de los escritorios de la primera fila donde un tembloroso recluta luchaba por no morir en el intento de responder. El cuerpo musculoso del entrenador portando el uniforme de la milicia del enclave dejaba relucir los emblemas de mérito junto a su cuello, pequeños bordados que lo marcaban como sobreviviente de más batallas de las que podríamos contar y si seguías la mirada hasta su mandíbula entonces te aterrorizarías con la cicatriz. Un surco enorme de carne maltrecha que cruzaba su cara más allá del inexistente ojo izquierdo y de su cabeza sin pelo. La visión de su expresión enojada bajo aquel panorama podría hacer que el mas valiente de los soldados se encogiese de pavor.

—La muerte es lo único que te espera—rugió una vez más.

Dio la espalda, llevando aquel enorme cuerpo desprovisto de una pierna hacia la plazoleta de madera que se alzaba en la parte frontal del salón. Sus manos apuntando con violencia hacia el mapa que colgaba en la pared con el trazo de las batallas que el este había librado.

— Muchos de ustedes han vivido en enclaves toda su vida, ni siquiera han emigrado lejos de las fronteras de este Clan. prosiguióMás allá de este Refugio todo se esforzará por matarte. Algunos de ustedes sí son conscientes de eso...

Con sumo cuidado desplacé mi cuerpo al interior de la habitación, reptando entre las mesas lo más silenciosamente posible mientras el eco de sus rugidos removía el salón. Alguna que otra mirada me atrapó en mi hazaña, los ojos burlones de Max Cullehan llenos de diversión cuando al pasar por su lado casi tropiezo con su escritorio; pero mis reflejos se habían adaptado a mi ineptitud impidiéndome fracasar. Llegué a duras penas hasta mi escritorio, en la fila del centro, sentándome con rapidez antes de que el cuchillo saliese volando en mi dirección y se encajase justo frente a mi mano.

—Recluta Pierce.

La hoja había fallado por muy poco, casi demasiado poco. Me fallaba hasta la respiración al notar lo cerca que había estado de perder uno de mis dedos.

—¿Si, Señor? —casi susurré escuchando un par de risas a mi alrededor.

—La sangre no pesa más que el filo de una espada.

—No, señor—me apresuré a decir.

Su cojear vacilante lo llevó lentamente a mi dirección y observé petrificada como una de aquellas callosas manos agarraba la guarda del cuchillo para desencajarlo de la madera con suma facilidad.

—La próxima vez no fallaré. —amenazó por lo bajo a lo que solo asentí.

Guardó el arma en su antebrazo a la par que se volteaba para encarar al salón.

— Ahora, dejemos de pretender que traen sus traseros aquí cada mañana solo para recibir una amenaza de muerte de mi parte.

Con un violento golpe asestó su mano sobre el mapa, justo donde el clan se encontraba, en el centro de aquel enorme claro rodeado por el bosque. Estaba tan prolijamente formado que habría sido imposible que se formase naturalmente y no lo había sido.

— La unificación. — Pequeños murmullos de aprobación y excitación acompañaron a sus palabras. Su mirada recia apenas se suavizó ante ellos— El Clan está listo. Como todos los años el lider llevará a cabo la unificación de los 4 clanes, atrayendo a todos los reclutas dispuestos a convertirse en cazadores. No todos son aptos para ellos y personalmente yo creo que muchos de ustedes estarían mejor si no se presentasen a ello.

—No puede matarnos así las ansias, Sargento— Se escuchó la voz de Cullehan con un aire burlón. El sargento no respondió, solo esperó hasta que cada murmullo hubiese desaparecido ante su mirada.

— Todos son libres de presentarse a la prueba por su propia voluntad. Nuestro clan tiene preferencia en la preselección y como bien saben, ese es el motivo por el cual todos están aqui hoy.

Pude sentir el cosquilleo en la base de mi nuca llamando mi atención. Conocía bien esa sensación, era inconfundible, así que voltee brevemente para ver aquella persona en la entrada del salón. Algunos siguieron mi mirada, llenando de sorpresa aquellas torpes expresiones de admiración ante el cazador. Su enorme figura encorvandose al pasar el umbral, aquella melena negra trenzada casi hasta media espalda, sus rasgos toscos; no eran ni siquiera uno de los motivos de la exaltación. Era el estandarte rojo tallado en el cuello de su armadura azabache. Las alas carmesí rodeando el cráneo de un dragón.




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