Sangre de Cazador

QUINTA SONATA

Salimos del clan mezclados entre los fantasmas, Max a mi lado tan cerca que el eco de sus pasos se sentía como un latir dentro de mi cabeza. Nadie parecía notar nuestra presencia. Trotaban a un ritmo marcado siendo descompasado solo por el de los nuevos reclutas; quienes se esforzaban más de la cuenta por mantener la formación mientras la sensación de seguridad quedaba detrás junto con la sombra del clan. Poco a poco la frontera fue acercándose, la línea de los árboles imponiéndose como una densa muralla bloqueando la vista. Los troncos altos, torcidos, apiñados como si conspirasen entre ellos presagiando nuestro final. La simple imagen hacía que el aire pesase en tus pulmones, volviendo más difícil cada paso.

— Pierce.

El susurro de mi nombre apenas oyéndose por encima de las pisadas me hizo voltear en su dirección. Sus cristalinos ojos abiertos de par en par observando el bosque como si pudiera devorarlo en cualquier momento.

Ninguna otra palabra abandonó sus labios. No le quedaba más opción que seguir adelante o arriesgarse a que lo descubrieran, su decisión debía de estar tomada pues cuando los líderes se adentraron en la espesura no hubo queja alguna por su parte.

Solo entonces, cuando la luz del sol dejó de filtrarse entre las hojas de los árboles, fue que el bosque nos recibió con una macabra acogida.Las sombras parecían moverse aunque nada las empujase. El silencio como una espera tensa, el miedo colándose en tus huesos como el presagio del desastre que podría venir sobre ti

Igual que flechas los fantasmas se dispararon a la carrera como si el terreno les perteneciera. Sus pasos precipitándose entre las raíces cual sombras que parecían atravesarlas. Una soltura magistral dominada solo con la práctica. Max soltó una exclamación ahogada a mi lado antes de escucharle tropezar. Contuve la risa. El señor perfecto no era tan bueno en todo lo que se proponía.
Por mi parte avancé sin cuidado. El cuerpo recordaba aquello que la mente finge olvidar: como apoyar la punta al caer, como inclinar el peso, como dejar que el bosque me tragase sin hacer sonido alguno. No tenía que observar a mi compañero para sentir la confusión ante su evidente torpeza con algo que todos ejecutaban a la perfección.

No hacía ruido a propósito, solo que su manera de moverse era...rígida. Su cuerpo estaba hecho para destacar, para imponerse, para ser visto. Todo en él gritaba "aquí estoy" , así que nunca se había preocupado por desaparecer, hasta el momento en que parecía necesitarlo.

Esperé, ralentizando mi paso, pretendiendo que me rezagaba para acompañarle, forzando un poco la respiración como si el esfuerzo fuese notorio.

— ¿Estás bien?

— Eres un maldito lastre — le hice callar, de repente frunciendo su entrecejo.

— Mandona.

Conté mentalmente los segundos, ignorándolo. Mi vista enfocada en aquellos frente a nosotros que cada vez se iban alejando mas...y mas...

—¿No deberíamos...?

Solo entonces sujeté su brazo con fuerza y nos lancé detrás de uno de los troncos. Su cuerpo chocó con un eco sordo contra la corteza, mi mano cubriendo su boca para que nada más pudiese salir de ella. Lo mantuve allí, clavando la vista en los fantasmas, esperando que nadie hubiese escuchado; hasta que sus tenues siluetas desaparecieron de mi vista.

— Listo. Creo que fueron todos.

Retiré mi mano de su boca y me tomó un par de segundos darme cuenta de que no se movía. Max solo me miraba muy silenciosamente. Desde esa distancia podía observar hasta sus pecas, tenía unas muy curiosas bajo sus ojos y un lunar junto a su boca. Un fuerte olor a madera recién cortada emanaba de el. Nunca había estado tan cerca, a menos que estuviese a punto de patearle su pelirrojo trasero.

Me alejé sacudiéndome la incomodidad de encima.

— Auch —se quejó moviendo sus músculos ante el supuesto dolor de empujarlo, pero desvió su rostro más allá de mi.

Me alejé dos pasos limpiando mi mano en el pantalón despreocupadamente.

— Podrías haberme avisado de que me ibas a aventar contra un árbol.

— No seas nenaza — susurré antes de encaminar mis pasos hacia el sur.

— No soy nenaza, pero ya que estoy arriesgando mi vida y mi puesto aquí afuera, me gustaría que al menos me incluyas en tus planes.

—Baja la voz— le regañé, tanteando las sombras con cautela. — Nunca grites en el bosque.

Miró a los inexistentes caminos como si pudiese vislumbrar los peligros acechandonos, inconscientemente cerrando la distancia que nos separaba.

— ¿No vamos a ir tras ellos?

— No.

—¿No?— preguntó incrédulo —¿Eso es todo lo que vas a decir? ¿Para qué diablos estamos aquí afuera?

— Nadie te obligó a venir.

— No tenía muchas opciones después de que me endeudaras con tus trucos del bajo mundo.

— Intenté que te largases más de una vez, pero tu odioso trasero no entiende indirectas.

— Tu...eres... Increíblemente Odiosa.

—Eres libre de largarte, — le espeté apuntando al bosque— pero aun te voy a cobrar esos cristales.

Contrajo cada ápice de su cara en una mueca intentando controlar lo que fuese a decir y juraría que vi la tierra a su alrededor sacudirse un poco.

No tenía tiempo para esto.

Resoplé al dar media vuelta tratando de averiguar cuál debía ser mi próximo movimiento. El plan de Gemma había sido muy vago. Salir del clan era parte fácil, sobrevivir en el bosque hasta dar con el grupo asesino era un poco más complicado.

— ¿Y entonces?...¿Cuál es el plan?

— ¡Oh, por todos los cielos!— lancé mis manos al aire — No lo sé, ok. No tengo ni idea. Tenía que seguir a los cazadores pero ahora no tengo ni puta idea de ¿Qué hacer? o ¿A dónde ir?. Y lo único que haces es distraerme.

—Es bueno saber que estoy arriesgando mi vida por nada— se quejó.

Estuve a punto de pegarle, pero le vi haciendo algo que jamás imaginé que haría, pensar.

— Dijiste que querías comprobar que las protecciones estaban fallando, ¿no?




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