Sangre de Cazador: Las Bestias de La Noche

Prólogo.

La primera vez que dudé en matar a un monstruo fue cuando lo vi rezar.

Ni todos los años de entrenamiento te enseñan a dejar de tener compasión, sobre todo con aquellos que no eligieron ser lo que son. Te tratan de lavar el cerebro, haciéndote creer que lo que haces es lo correcto, que las causas son justas, que los inocentes son salvados y los malvados son derrotados, pero cuando ves la sangre en tu hoja, cuando los asesinas y la transformación se revierte puedes ver su rostro real, el miedo de lo que una vez fue un hombre, una mujer, un niño, de quien alguna vez fue el bebé de una madre o el padre de un hijo.

Él lo sentía. Estoy seguro de que él también lo sentía, pero lo ignoraba, por alguna estúpida razón hacía como que no le importaba, y sentía una envidia que me mataba con cada paso que dábamos. Van Helsing caminaba a mi lado con la mirada al frente, ni siquiera se inmutaba con las groserías o escupitajos que los presos nos lanzaban con ese odio que sólo ellos nos podían tener, o bueno, podían tenerle a Van Helsing. Algunos, los más nuevos o débiles, al verlo dejaban escapar un grito de terror y corrían a ocultarse tras lo primero que encontraban en su pequeña celda.

Las pisadas de nuestras botas resonaban como ecos de desesperanza en las paredes húmedas y llenas de grietas de la prisión Primer Bastión. El techo roto lloraba lágrimas de moho y agua dulce que se colaban entre las goteras junto con los últimos rayos de sol del día. Van Helsing apresuró el paso, y nosotros tuvimos que alcanzarlo.

—¿Ya se te ocurrió una idea para hacerlo hablar, genio? —le preguntó Crystal, adelantándose a mí y empujándome hacia la puerta de una celda. Fue Marcus quien me agarró de la gabardina para impedir que me estrellara de cara contra el metal.

—Si no habla, está muerto. —Van Helsing habló como si quisiera que todos los reos lo escucharan. Bajo el sombrero americano que consiguió en su visita a Estados Unidos, su mirada se ocultaba cautelosa y pareciendo indiferente. La gabardina negra que vestía casi rozaba el suelo, era detenida por las espuelas de sus botas de cuero color carbón que le llegaban casi a la rodilla por encima del pantalón.

—No, no-no, no creo que sea muy bu-bueno decir eso aquí, amigo —le dijo Marcus. Sus ojos azules revoloteaban de izquierda a derecha y de arriba abajo con un miedo que casi se podía palpar. Era normal. Los Cazadores Alquimistas pocas veces salían de las cuevas profundas del Vaticano, donde se dedicaban más de media vida a crear armas y pociones o escribir papiros y libros.

—¿Al menos sabe dónde está, señor? ¿No lo han movido de celda en todos estos años? —pregunté, nunca había pisado esa prisión con anterioridad.

Van Helsing dejó escapar una risita ahogada bajo el pañuelo que cubría su boca y nariz. Pasó su dedo índice sobre el barandal a nuestra derecha, tumbando el agua que se había quedado atascada en él y haciendo que un diminuto chorro se precipitara más de veinte pisos hacia abajo. Primer Bastión era la prisión más grande que el Vaticano había construido, de hecho, fue la primera, cuando los clérigos se dieron cuenta de que ya no tenían espacio suficiente en las celdas del Vaticano. Primer Bastión era tan antigua como el mismo Van Helsing, y eso lo sabía bien.

—Paciencia —me dijo, después levantó la mirada hacia una de las grietas del techo, para comprobar que seguía siendo de día, y continuó el camino.

Los hombres, mujeres y niños que estaban dentro de las celdas me daban, sobre todas las cosas, una pena que parecía un gran peso sobre mis hombros. Era igual que arrastrar una carga inmovible, cada zancada me costaba más que la anterior. Algunos llevaban décadas encerrados, siglos, tal vez un milenio o más, tal como la criatura a la que estábamos buscando. En la iglesia los altos mandos lo llamaban El Primero de Todos, otros simplemente le decían El Primero, era una leyenda viva, casi tan magnífica como Van Helsing, pero del lado equivocado de la jugada. El Primero era tan viejo como Primer Bastión, aunque no se le notara, era imposible que se le notara; las bestias de la noche no podían envejecer. Una vez eran transformados, su capacidad de regeneración se volvía tan rápida y eficiente que impedía que las células envejecieran, por desgracia para los más pequeños; mentes con cinco siglos de vida estaban encerradas en el cuerpo de un niño de seis años. Yo nunca había visto a El Primero, no tenía la dicha, pero por todo el Vaticano había cuadros, pinturas y esculturas que lo retrataban. Siempre en su forma de bestia, siempre siendo derrotado por Van Helsing, siempre reducido en el piso, por debajo de todos los demás elementos.

—Es una presa, y nosotros los cazadores, Gabriel. No nos debe importar nada más —fue lo que me dijo Van Helsing el día que le pregunté acerca de El Primero—, pero su nombre es Eusebio. Eusebio de Cesarea, de lo que alguna vez fue Cesarea. Es raro, ¿sabes? Eusebio ni siquiera sabe que Cesarea como él la conoció ya no existe.

El olor de la prisión era de lo más repugnante que había olido antes, a las criaturas las tenían como si fueran lo peor del mundo, y Primer Bastión era participe de ello. La cárcel olvidada por el tiempo y por todo mundo. Hacía más de mil años que no se preocupaban por las condiciones de los reos. ¿Por qué se iban a preocupar? Si no necesitaban nada: no podían morir de hambre, ni de sed, no necesitaban dormir y cada herida era regenerada al instante, a excepción de aquellas que se hacían con plata. La plata era lo único que podía asesinar a una criatura, y algún que otro artefacto bendecido por la iglesia.




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