Valeria Drăculea había aprendido, desde muy pequeña, que llamar la atención podía ser peligroso.
Por eso, cuando el avión aterrizó y las luces de la ciudad aparecieron tras la ventanilla, se obligó a permanecer tranquila.
Como si no estuviera entrando en territorio desconocido.
Como si aquella ciudad no perteneciera, en gran parte, a la familia Vitale.
Valeria tomó su bolso y descendió del avión privado con una expresión serena. El viento nocturno movió su cabello oscuro mientras observaba el horizonte.
Rascacielos.
Luces.
Autos.
Humanos que caminaban sin tener idea de que, entre ellos, existía un mundo completamente diferente.
Un mundo de vampiros.
Y ella era una de las personas más importantes de ese mundo.
—Bienvenida —dijo el hombre que la esperaba junto al automóvil—. Espero que el viaje haya sido agradable, señorita Drăculea.
Valeria lo miró.
—No necesito que me llamen señorita.
El hombre bajó ligeramente la cabeza.
—Como usted prefiera.
Ella suspiró.
Eso era exactamente lo que odiaba.
Desde que tenía memoria, todos la habían tratado de forma diferente. No porque fuera más importante. No porque fuera mejor.
Sino porque un día heredaría el poder de su familia.
La futura reina de los vampiros.
Un título que jamás había pedido.
Valeria entró en el automóvil y observó la ciudad a través de la ventana.
Había llegado allí por órdenes de su familia.
Una visita.
Eso le habían dicho.
Una visita para establecer ciertos acuerdos y vigilar algunos movimientos extraños que estaban ocurriendo en la ciudad.
Pero Valeria sabía que había algo más.
Su padre nunca enviaba a la heredera de su familia a otro país simplemente para hacer una visita.
—¿A dónde vamos? —preguntó.
—A la residencia.
—¿Y después?
El hombre dudó.
Valeria sonrió levemente.
—Eso pensé.
El automóvil continuó avanzando entre las calles iluminadas.
Por primera vez en mucho tiempo, Valeria estaba lejos de casa.
Lejos de las reglas.
Lejos de las miradas constantes de su familia.
Y aunque sabía que aquella ciudad podía ser peligrosa, una pequeña parte de ella estaba emocionada.
Tal vez, por una noche, podía dejar de ser Valeria Drăculea.
La heredera.
Y simplemente ser Valeria.
Al otro lado de la ciudad, Liam Vitale estaba sentado en silencio frente al enorme escritorio de su padre.
No parecía preocupado.
Nunca lo hacía.
Liam tenía veintidós años y, aunque muchos lo consideraban demasiado joven, todos dentro de la organización Vitale sabían una cosa:
algún día, él estaría al mando.
Su padre levantó la mirada de unos documentos.
—¿Vas a quedarte ahí toda la noche?
Liam sonrió apenas.
—Depende de cuánto tiempo planees seguir hablando.
El hombre frente a él no sonrió.
Eso no sorprendió a Liam.
Su padre no era precisamente conocido por su sentido del humor.
—Hay problemas en la ciudad.
—Siempre hay problemas.
—Esta vez no son humanos.
Liam dejó de sonreír.
El silencio llenó la oficina.
—¿Vampiros? —preguntó finalmente.
Su padre se reclinó en su silla.
—Eso parece.
Liam apoyó los brazos sobre sus piernas.
Desde niño había conocido historias sobre ellos.
Su padre nunca le había ocultado la existencia de los vampiros. La familia Vitale tenía negocios, secretos y enemigos relacionados con aquel mundo desde hacía generaciones.
Pero Liam nunca había conocido personalmente a uno.
O, al menos, eso creía.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó.
—Por ahora, nada.
Liam arqueó una ceja.
—¿Nada?
—Disfruta de tu noche, Liam.
Aquello era extraño.
Su padre jamás le decía que disfrutara de nada.
Liam se puso de pie.
—Ahora sí estoy preocupado.
Por primera vez, una ligera expresión apareció en el rostro de su padre.
—Vete.
Liam sonrió.
—Eso haré.
Salió de la oficina y caminó por los pasillos de la enorme residencia Vitale.
A pesar de haber nacido en Estados Unidos, Liam siempre había crecido rodeado de las tradiciones italianas de su familia. Su apellido tenía peso. Su familia tenía poder.
Y su padre esperaba que algún día él heredara todo.
Pero aquella noche Liam no quería pensar en negocios.
Ni en enemigos.
Ni en el futuro que todos habían decidido para él.
Solo quería salir.
Dos horas después, Valeria se encontraba frente al espejo de su habitación.
—Esto es una mala idea —murmuró.
La chica que la acompañaba levantó una ceja.
—¿Entonces por qué estás sonriendo?
Valeria dejó escapar una pequeña risa.
Porque, por primera vez en mucho tiempo, iba a hacer algo sin pedir permiso.
—No voy a tardar.
—Eso dicen todos antes de meterse en problemas.
—Yo nunca me meto en problemas.
La otra chica la miró en silencio.
Valeria sonrió.
—Está bien. A veces.
Minutos después, salió de la residencia.
No llevaba nada que indicara quién era.
Ningún símbolo de su familia.
Ningún guardaespaldas.
Aquella noche, nadie debía saber que la futura heredera de los vampiros caminaba sola por las calles de la ciudad.
El club estaba lleno.
Música.
Luces.
Risas.
Valeria avanzó entre la multitud, observando todo con curiosidad.
Era diferente a los eventos a los que estaba acostumbrada. Nadie inclinaba la cabeza cuando ella pasaba. Nadie esperaba que dijera algo importante.
Era agradable.
Por primera vez esa noche, se permitió relajarse.
Hasta que sintió una mirada.
Valeria giró lentamente la cabeza.
Y lo vio.
Un chico alto se encontraba al otro lado del lugar, acompañado por varios hombres. Vestía de negro y parecía completamente tranquilo, como si el ruido del club no tuviera ningún efecto sobre él.