Sangre de Sirenas - Libro I (en revisión)

- 18 - EL MISTERIO DE LOS MCALLISTER

Lucile continuó con su relato, me tenía bastante intrigado, asustado de todo lo que decía y estaba por decir, los demás seres marinos se fueron lentamente hasta dejarnos solo a Elena, Lucile y a mi, ya que esa fue su orden. Los vi adentrarse al oscuro mar perdiendo sus piernas las cuales se transformaron en diversas colas de pescado que se fusionaban con su torso humano, nadaron hasta perderse de mi vista, suspiré aliviado de no ser el alimento de esa noche.

Quería tomar la mano de Elena y apretarla con fuerza para sentir su apoyo, pero recordé que nuestra historia de amor había terminado, así que seguí escuchando en silencio con los brazos cruzados.

***

Los cabellos negros de Marie se mecían con el suave viento que entraba por la ventana, era primavera y el aire cálido la confortaba mientras alimentaba con su pecho desnudo al pequeño Adrien. Todo ese amor que puede sentir una madre por su bebé al alimentarlo es todo lo que necesitaban para sentirse conectados, el pequeño succionaba toda la vida de su madre quien le brindaba tiernas caricias y una sonrisa como el sol.

—¿Marie?, perdoname, no quiero interrumpirte.

—No pasa nada, dime qué sucede Lucy.

—La verdad solo quería verte y al pequeño Adrien, ¿puedo quedarme cerca?

—Por supuesto que sí.

Lucile tenía ya un mes viviendo con los McAllister, cuidando de los pequeños, muy a pesar de Clara, quien parecía odiar a Lucile por cada cosa que hacía. Clara no la dejaba entrar en la cocina, no la dejaba asear nada, aunque tampoco es que Lucile quisiera hacer limpieza, sabía que ahí no era la princesa como lo era en su mansión junto a George Cross, a quien comenzaba a extrañar, aquí solo era una chica sin pasado, familia o amigos, y los McAllister eran muy buenos con ella, ya que ella los hizo confiar.

A Marie se le hacía extraño que no se le notara ni una huella de estar embarazada, así que poco tiempo después comenzaría a sospechar de ella y decidió contárselo a Darío, cuando él volviera del trabajo.

—Querido, tenemos que hablar en privado.

—¿Qué ocurre Marie? —Le dijo sonriente mientras acurrucaba a su pequeño hijo en sus brazos.

Marie miró en todas direcciones para asegurarse que no los escucharan ni interrumpieran, cerró la puerta, aunque antes se aseguró que Clara estuviera cerca de Mark y Lucile, quienes jugaban en la sala.

—Darío, esa niña no está embarazada.

—Pero que dices, si el doctor Hubber lo confirmó —le sonrió seguro de sí.

—No lo sé, ya se debería notar o tener síntomas.

—Amor, no seas tonta, es que es muy delgada y tiene cintura pequeña —volvió a sonreírle, pero esta vez besó su frente.

—Darío, ¿Te parece atractiva? —Él abrió mucho los ojos pero no caería en la trampa de su mujer.

—¡Claro!, es bellísima, parece de fantasía, es como una muñeca de porcelana tallada por los ángeles.

Marie entrecerró los ojos y con una expresión seria, se cruzó de brazos, él la intentó abrazar pero ella se apartó.

—Te odio, y ¿eso no te parece extraño? —él se enterneció y sintió unas ganas de besarla fuertemente.

—La verdad es que, creo que es uno de ellos, no solo lo creo, estoy seguro.

Su mujer abrió mucho los ojos sintiendo una punzada en el estómago.

—¿Estás completamente seguro?, Sí lo sabías, ¿Porque dejaste entrar a nuestra casa un monstruo así?

Ahora su enojo era en serio.

—Marie, llevo en este negocio muchos años, sé con certeza que es uno de ellos, una Nereida, hija de Selene. Además de que en el hospital intentó usar su poder, la dejé creer que lo logró y por eso te convencí de dejarla estar aquí.

—Es imposible, hay que llamar al consejo.

—Todo a su tiempo.

—No quiero que esté tanto tiempo con los niños, sabes de qué son capaces esas horribles criaturas.

—No te preocupes, está todo bajo control, y tienes razón, no está embarazada, engañó al doctor.

—Maldita tramposa, le abrí mi corazón y las puertas de mi hogar, ¡La quiero fuera Darío!

—Tranquila, tengo un plan y tú tienes que actuar como siempre...

—¡No! Sería imposible para mi, tu sabes cuáles son nuestras órdenes, llamaré al consejo.

—¡Espera Marie por favor!

Ella salió corriendo hecha una furia directo al teléfono que se encontraba en la cocina. Comenzó a marcar un número extraño, conteniendo las ganas de tomar a la chica y ahorcarla. En el momento que estaban a punto de contestarle al otro lado de la línea, llegó Darío y colgó la llamada.

—Por favor, cálmate.

—Iré por mi arma.

—¡Ya basta!

—¿Todo bien? —Preguntó Lucile preocupada entrando a la cocina con ellos.

Marie casi se le echa encima respirando entrecortado.

—Todo bien, discusión marital —le dijo sonriente Darío.

—Lo siento, es que Mark tiene hambre y los escuché gritar y nos preocupamos —Lucile nunca los había visto pelear de esa forma.

—Bien, en un momento le preparo algo, mientras quédate con él, por favor, Clara ya se tiene que ir.

Lucile asintió, con una extraña sensación en el pecho, esta familia de verdad le gustaba, la habían tratado muy bien, hace mucho que no se sentía dentro de un hogar cálido y acogedor. Mientras tanto Darío detenía a Marie por los hombros, quien mantenía la cabeza agachada y sombría. La bella pelirroja salió de ahí y se dirigió a Mark para seguir jugando, sentía que era tiempo de volver a casa y abrazar a su esposo y le pediría tener un bebé ya que le había tomado mucho cariño a los niños McAllister.

Un portazo abrió la puerta donde jugaban Lucile y Mark, se escuchó al pequeño Adrien llorar, y apareció Marie con un revolver algo diferente a los que Lucile conocía. Marie arrugó el ceño en una expresión macabra, apuntó con su arma casi poseída por la ira, apuntó directo a la cabeza de Lucile quien se levantó del piso y respirando agitadamente, sus ojos comenzaron a brillar de un verde esmeralda intenso.

—¡Marie, no te entiendo que sucede!, pero no voy a perdonar que me apuntes frente a tu hijo.




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