Sangre del Eclipse

Capitulo 1

—No puedo hacerlo —sollozó la diosa de la luna, apretando a la recién nacida contra su pecho mientras las estrellas observaban en silencio absoluto. Sus lágrimas caían como chispas plateadas que se apagaban al tocar la piel de la pequeña.

El dios del sol cerró los ojos, su luz eterna temblando por primera vez.

—Debemos —dijo con voz quebrada—. Si se queda… la matarán.

—¡No! —La luna sacudió la cabeza, abrazando a la niña con desesperación—. Podemos esconderla. Podemos ocultarla entre las constelaciones, entre las sombras del cielo. El Rey del Universo no tiene por qué saberlo.

El dios del sol levantó lentamente la mirada hacia el firmamento infinito.

—Él siempre lo sabe.

El silencio que siguió fue pesado, insoportable.

—Si la encuentran aquí… —continuó él, con una voz que parecía rasgarle el pecho— la arrojará al vacío.

La luna dejó escapar un sollozo.

—Es solo una bebé…

—Es nuestra hija.

Las palabras flotaron entre ellos como una verdad demasiado grande para el cielo.

La diosa de la luna acarició la mejilla de la niña con dedos temblorosos.

—Ni siquiera ha abierto los ojos para ver el mundo… —susurró—. Ni siquiera sabe quiénes somos.

El sol apoyó su frente contra la de la pequeña.

—Pero lo sabrá —dijo en voz baja—. De alguna manera… lo sabrá.

Las estrellas comenzaron a reunirse a su alrededor, silenciosas, compasivas. Miles de luces pequeñas descendiendo lentamente, como si también lloraran.

La luna abrazó a la niña con más fuerza.

—Quiero verla crecer —dijo entre lágrimas—. Quiero escuchar su risa. Quiero enseñarle las mareas, los secretos de la noche, las canciones que cantan los cielos cuando los humanos duermen…

Su voz se quebró.

—Quiero que venga a mi llamándome madre.

El dios del sol apretó los dientes.

Sus brazos, capaces de encender los días del mundo, temblaban.

—Si se queda… —dijo con dificultad— morirá frente a nuestros ojos.

La luna lo miró, con los ojos llenos de dolor.

—Debemos enviarla a la tierra donde caminan los humanos.

El sol guardó silencio.

Finalmente, él levantó la mano y la apoyó suavemente sobre el pequeño pecho de la niña.

Una luz cálida comenzó a arder bajo su piel.

La luna lo miró con alarma.

—¿Qué estás haciendo?

El sol respiró hondo.

—Dándole una parte de mí.

Una chispa dorada brotó de su propio corazón. La luz salió de él lentamente, como si de un enlace se tratara.

Cuando tocó a la niña, se fundió con su pecho.

El dios del sol cerró los ojos con un gesto de dolor.

—Te entrego la mitad de mi corazón —susurró—. Para que siempre encuentres la verdad. Para que el camino jamás se oculte ante ti. Para que, cuando el mundo sea frío y cruel… recuerdes el calor de tu padre.

La diosa de la luna comenzó a llorar aún más.

—Entonces yo también le daré algo —dijo.

Se quitó el manto que cubría sus hombros. Era una tela oscura como el cielo profundo, salpicada de un brillo suave que recordaba a la luz sobre el mar nocturno.

Con infinita delicadeza envolvió a la niña.

—Mi manto te protegerá —murmuró mientras besaba su frente—. Ningún mal podrá lastimarte. Ninguna oscuridad podrá devorarte mientras mi amor te cubra.

La bebé se movió ligeramente en sueños.

Una pequeña risa escapó de sus labios.

Los dos dioses se quedaron inmóviles.

—Escuché eso… —susurró la luna con una sonrisa rota—. ¿Lo oíste?

El sol asintió, con los ojos llenos de lágrimas que jamás caerían.

—Sí.

La luna volvió a abrazarla.

—Por favor… —dijo al sol—. Solo un momento más.

Él no dijo nada. Solo rodeó a ambas con sus brazos.

Pasó un instante.

Finalmente, ella sacó una delicada gargantilla de encaje negro.

En su centro colgaba un corazón extraño: negro como el vacío, con bordes dorados que parecían guardar una luz antigua en su interior.

Lo colocó en el cuello de la niña.

—Esto la encontrará cuando esté perdida —murmuró.

Las estrellas descendieron un poco más.

Era el momento.

La luna negó con la cabeza una vez más.

—No… por favor…

Pero el sol tomó su mano.

—Si la amamos… debemos dejarla vivir.

Ambos se inclinaron sobre la niña.

Sus labios tocaron su frente al mismo tiempo.

—Escucha nuestras voces, pequeña —susurraron juntos—.

Eres aquella que camina entre la luz y la oscuridad.
Naciste de nuestro infinito amor.
Y algún día descubrirás que solo tú puedes traer el equilibrio al mundo.

Las estrellas tomaron a la niña.

La luna se aferró a ella por un instante más.

—Espera —dijo desesperada—.

Besó la pequeña mano de su hija.

—Mi canto siempre te encontrará —susurró—. Siempre.

Entonces la soltó.

Las estrellas comenzaron a descender hacia la Tierra.

La luna cayó de rodillas y el dios del sol la abrazó con fuerza.

—Mi princesa, mi niña hermosa, le hemos perdido… —sollozó ella.

El sol apretó los ojos.

—No.

Miró hacia el mundo de los humanos.

—La hemos salvado. Ella se convertirá en un rayo de esperanza para ellos

Sus cuerpos se abrazaron con tal intensidad que sus luces se fundieron. El cielo se oscureció y un eclipse nació en el firmamento.

Muy abajo, a los pies de un viejo árbol de ramas caídas, las estrellas dejaron a la pequeña.

El mundo de los hombres dormía.

El viento recorría las Tierras Oscuras levantando polvo entre ruinas antiguas y templos olvidados. Donde antes habían ardido antorchas sagradas, ahora solo quedaban columnas quebradas y piedras cubiertas de sombra.

Un anciano caminaba entre ellas.

Su túnica estaba gastada por los años y el viaje, y en su cuello colgaba el símbolo del culto a los Astros Luminarios. Había pasado el rezando entre muros derruidos donde ya casi nadie recordaba a los dioses.




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