Mientras el sacerdote dejaba a la pequeña Layra cerca de la chimenea, una sonrisa tenue apareció en su rostro cansado. Hacía mucho tiempo que aquella casa no recibía a nadie más que a él y al silencio. El fuego crepitaba suavemente. Durante un instante permaneció observando a la niña, que movía lentamente sus pequeñas manos en el aire, como si intentara atrapar las chispas que subían desde la leña encendida.
—Tranquila, pequeña —murmuró con suavidad—. Ya vuelvo. Voy a prepararte un lugar donde dormir.
Se incorporó con cuidado y caminó por el pasillo de la casa. Sus pasos eran lentos, acompañados por el leve crujido de las tablas del suelo. Cuando levantó la vista, su mirada se detuvo en una puerta de madera gastada, decorada con pequeños dibujos de estrellas talladas en la superficie. Durante años no había vuelto a tocarla.
La habitación de sus hijas.
Sus dedos se posaron sobre la madera, temblorosos. Por un momento pensó en no abrirla. Tal vez sería mejor dejar ese lugar como estaba, atrapado en el pasado, donde los recuerdos podían seguir existiendo sin ser perturbados.
Pero entonces escuchó el pequeño balbuceo de Layra desde la sala.
Un sonido tierno y vivo.
El anciano cerró los ojos un instante y dejó escapar un suspiro largo.
—Supongo que los dioses han decidido que esta habitación vuelva a tener vida.
Abrió la puerta.
El cuarto estaba cubierto por una fina capa de polvo. La cama grande de las niñas aún permanecía junto a la pared, y una vieja muñeca de trapo descansaba en una esquina, olvidada por el tiempo. Aquella casa había sido un hogar alguna vez, antes de que los soldados de la corona descubrieran quién era él en realidad: un sacerdote de Aerténum.
El regente de Solestecia había prohibido aquella religión años atrás. Los templos habían sido derribados, los símbolos destruidos y los fieles perseguidos. Aerténum era la fe que veneraba a los Astros Luminarios. Durante generaciones, los sacerdotes habían enseñado que el mundo existía gracias al equilibrio entre ambos.
Pero el regente había declarado aquella creencia como una amenaza.
El anciano nunca abandonó su fe. Los astros habían sido sus guías toda su vida. Renunciar a ellos habría sido como renunciar a respirar.
Por eso lo castigaron.
No con su muerte.
Sino con algo peor.
Quince años atrás, volvían del Festival de las Rosas él y su familia. El cielo estaba cubierto de pinceladas naranjas y rosadas. El atardecer parecía bendecir el final del día.
Sus hijas caminaban unos pasos delante, riendo entre ellas, con los brazos llenos de flores. Algunas se les caían por el camino y corrían a recogerlas, compitiendo por quién llevaba el ramo más grande.
El anciano caminaba en silencio, sosteniendo la mano de su esposa. Sentía la tibieza de sus dedos entre los suyos y pensó, por un instante, que la vida había sido bondadosa con él.
Cuando llegaron a la casa, la puerta estaba entreabierta.
El detalle le pareció extraño, pero apenas tuvo tiempo de pensarlo. Al cruzar el umbral, la puerta se cerró de golpe detrás de ellos. El sonido seco resonó en la casa como un martillazo.
Un soldado estaba apoyado contra la madera.
—¿Pensaste que podrías ocultarte del Regente?
Otros comenzaron a salir de las habitaciones, uno por uno, como si la casa misma los hubiera estado escondiendo entre sus paredes.
El anciano comprendió de inmediato. Dio un paso al frente y colocó su cuerpo delante de su esposa y sus hijas.
—Soy yo a quien buscan —dijo con calma—. Acepto mi castigo.
Pensó que su muerte sería suficiente.
Uno de los soldados lo miró de arriba abajo y soltó una risa breve.
—Es demasiado viejo —dijo—. No es suficiente castigo matarlo. Ya ha vivido su vida.
En ese instante el anciano comprendió y sintió cómo algo se rompía dentro de su pecho.
El soldado junto a la puerta miró a los demás e hizo un pequeño gesto de aprobación.
Entonces todo ocurrió con una rapidez brutal. Dos soldados sujetaron a su esposa mientras otros agarraban a las niñas. Ellas comenzaron a llorar y a llamar a su padre, sus voces llenando la casa con un terror que nunca había escuchado antes.
El anciano tomó una pala de hierro apoyada contra la pared y se lanzó contra ellos con una furia desesperada. Golpeó a uno de los soldados, pero los otros reaccionaron de inmediato. Eran jóvenes, fuertes y muchos más que él. Lo derribaron al suelo, le retorcieron los brazos detrás de la espalda y lo amarraron con fuerza.
Uno de ellos le agarró del cabello y levantó su cabeza.
—Mira bien —le dijo.
El anciano se retorcía con una fuerza casi animal, intentando soltarse mientras las cuerdas cortaban su piel. Sus hijas gritaban su nombre.
—¡Papa! ¡Papa!
Los soldados sujetaron a su esposa frente a él y la degollaron como a un animal.
Las niñas comenzaron a llorar aún más fuerte. Las flores del festival cayeron de sus manos y se dispersaron por el suelo de la casa. Una rosa roja rodó lentamente hasta detenerse junto a la mejilla del anciano.
—Papá… —dijo con la voz quebrada—. Tengo miedo.
El anciano gritó hasta que su garganta se desgarró. Intentó romper las cuerdas, arrastrarse, hacer cualquier cosa para alcanzarlas.
Entonces los soldados levantaron sus manos.
El aire dentro de la casa se volvió repentinamente frío, como si el invierno hubiera irrumpido entre las paredes. Fragmentos de hielo comenzaron a formarse en el aire, alargándose hasta convertirse en estacas brillantes.
Durante un instante eterno, el anciano solo pudo mirar.
Las niñas volvieron a llamarlo.
—Papi… ayúdanos…
Las estacas atravesaron sus pequeños corazones.
En ese momento su corazón dejó de latir por un segundo.
Sus ojos se abrieron como nunca antes.
Y su alma se quebró para siempre.
Después vino el silencio.
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Editado: 29.03.2026