Al alba, cuando el sol comenzó a asomarse por el horizonte, sus primeros rayos atravesaron la ventana y cayeron directamente sobre el rostro del sacerdote. La luz iluminó sus ojos y lo despertó con suavidad.
Apenas abrió los ojos, miró de inmediato hacia la bebé que descansaba en sus brazos, como si necesitara confirmar que todo lo sucedido la noche anterior no había sido un sueño.
Layra seguía dormida.
Una pequeña risa escapaba de sus labios mientras soñaba, como si en su mente ocurrieran cosas felices que solo ella podía ver.
El anciano no quería despertarla. De hecho, le convenía que siguiera durmiendo pacíficamente, pues debía ir hasta la aldea para buscar una nodriza que pudiera amamantar a la pequeña.
Con cuidado, se levantó lentamente del sofá sin hacer ruido. Sostenía a la bebé con una delicadeza casi reverente, como si temiera romper algo sagrado.
La llevó hasta su propia habitación.
Allí la depositó sobre la cama y acomodó varios almohadones a su alrededor para protegerla, por si llegaba a moverse mientras dormía.
Se quedó observándola durante unos momentos.
Su respiración era tranquila. Su pequeño pecho subía y bajaba con calma.
El anciano la miró en silencio, con una mezcla de ternura y asombro, y luego se retiró de la habitación con pasos lentos.
Tomó su gran abrigo antes de salir de la casa y emprendió el camino hacia la aldea.
El sendero que conducía hasta allí estaba bellamente adornado por árboles de hojas color bordo, que se mecían suavemente con la brisa de la mañana. Las hojas caídas crujían bajo sus botas mientras caminaba.
Cuando comenzó a divisar la entrada del pueblo, notó que alguien lo esperaba.
Apoyado contra el marco de madera que marcaba el acceso a la aldea, estaba el jefe del lugar.
Ryz.
El hombre lo miraba con calma, como si llevara un rato observándolo acercarse.
—Buenos días, Harold.
El sacerdote dudó por un instante si devolverle el saludo.
El jefe del pueblo era alguien curioso. No era un hombre abiertamente malvado, pero tampoco particularmente bueno. Era, por decirlo de alguna manera, socialmente correcto.
Sin embargo, algo en el corazón del sacerdote le decía que detrás de esa apariencia había algo más oscuro. Como si una sombra se escondiera bajo su amabilidad.
Algo que esperaba el momento perfecto para salir a la luz.
Aun así, para no levantar sospechas ni crear problemas innecesarios, decidió responder con cortesía.
—Buenos días, Ryz.
El jefe del pueblo lo observó con atención, recorriéndolo de arriba abajo con la mirada. Algo en el anciano había cambiado.
No era algo evidente, pero estaba allí.
Una chispa diferente en su rostro.
—Percibo una actitud distinta en ti, anciano —dijo con una leve sonrisa—. ¿Acaso el Dios del Sol finalmente respondió a tus plegarias… o encontraste un cofre lleno de tesoros?
El sacerdote sintió un leve nudo en el estómago.
No le parecía buena idea hablarle sobre Layra. Pero, al mismo tiempo, ocultarlo podría despertar aún más curiosidad después.
Finalmente respondió con calma.
—Nada de eso, Ryz. Solo… encontré una bebé y decidí darle un hogar. Ya que…
Ryz levantó una ceja, anticipando lo que vendría.
—Ya que tu casa es demasiado grande para una sola persona —completó con una sonrisa ladeada—. Sí, sí… eso ya lo sabemos.
Luego suspiró exageradamente.
—Aunque, quién sabe… quizás si hubieras dejado de lado tu fe hace años, la casa no se habría sentido tan… vacía.
Y ahí estaba.
Ese tipo de comentarios.
No eran lo suficientemente directos como para provocar una discusión abierta, pero sí lo bastante desagradables como para incomodar.
El sacerdote decidió no seguirle el juego.
—Que tengas un buen día, Ryz.
Sin decir nada más, el anciano continuó su camino hacia la aldea.
Ryz permaneció allí, observándolo marcharse.
Su curiosidad se había encendido.
El anciano no adoptaría una bebé a su edad.
No después de lo que le había sucedido en el pasado.
Entonces algo hizo clic en su mente.
—Oh… espera un momento… —murmuró para sí mismo.
Una sonrisa escalofriante se dibujó lentamente en su rostro.
"Anoche, cuando salí por un momento… vi que estaba ocurriendo un eclipse."
Sus dedos se posaron sobre su mentón mientras pensaba.
"Hacía mucho tiempo que no se manifestaba un evento de ese calibre…"
Sus ojos se entrecerraron.
"Un bebé… un eclipse…"
Entonces abrió los ojos de golpe.
—No me digas que…
La información que tenía entre manos podría valer muchísimo.
Demasiado.
Y sabía perfectamente a quién podría interesarle.
Mientras tanto, Harold llegó hasta la casa de una vieja amiga.
Desde lejos alcanzó a ver cómo Ryz se marchaba apresuradamente hacia su propia casa.
Aquello lo inquietó un poco, pero decidió no darle más importancia de la necesaria.
Se detuvo frente a la puerta y llamó con suavidad.
Desde el interior de la casa se escuchó una voz algo lejana.
—¡Estoy horneando! ¡Si eres Harold, pasa!
El anciano no pudo evitar reír.
Esa forma despreocupada de hablar solo podía pertenecer a una persona.
Entró a la casa y el aroma a pan dulce recién horneado llenó sus pulmones de inmediato.
El olor era tan delicioso que abrió su apetito.
Siguió el aroma hasta la cocina.
Allí encontró a Sara, sacando del horno varios bollos de pan rellenos de chocolate.
—Qué descuidada eres, mujer —dijo Harold con una sonrisa—. Si no hubiera sido yo quien tocaba tu puerta, ¿qué habría pasado?
Sara lo miró y sonrió mientras dejaba la bandeja sobre la mesa de madera.
—Sabía que eras tú por la forma tan educada y tímida con la que golpeas la puerta.
Luego tomó un paño para acomodar la bandeja caliente.
—Además, en el peor de los casos… si hubiera sido alguien peligroso, solo le habría arrojado la bandeja ardiendo a la cara.
Ambos soltaron una carcajada.
Harold tomó asiento.
Como de costumbre, Sara le acercó una taza de té.
El anciano miró la taza… luego a ella.
—¿Té de jazmín… con miel?
Sara sonrió con orgullo.
—Sí. Qué buen olfato tienes, amigo mío.
Harold suspiró.
—Esa manía tuya de preparar todo con flores…
Sara se cruzó de brazos.
—No te quejes. Ahora dime, ¿qué sucede? Nunca vienes a visitarme si no es por algo específico.
Luego añadió con una sonrisa burlona:
—Viejo ermitaño.
Harold frunció un poco el ceño ante el apodo.
Aunque, si era honesto consigo mismo… tampoco podía negarlo.
Después de lo que había ocurrido con su familia, casi no salía de su casa.
Solo iba al antiguo templo en ruinas del Dios Sol, al pueblo para buscar provisiones, o realizaba algún que otro trabajo con cuero.
Respiró profundo.
—Anoche encontré una bebé… y la adopté.
Sara escupió el té de inmediato.
Sus ojos se abrieron como platos.
—¡¿Que tú qué?!
—¡Sara, por el amor de los dioses! —protestó Harold—. ¡Podrías intentar no escupirme el té en la cara!
Ella lo miraba completamente atónita.
—Sí… la encontré bajo un árbol, mientras volvía del… antiguo templo.
Sara lo señaló con el dedo.
—Otra vez. Ya sabes que es peligroso ir allí. Podría haber soldados de Solestecia rondando por la zona.
Luego agregó:
—Y después me llamas a mí descuidada.
Harold bajó la mirada, evitando sus ojos.
Sara permaneció en silencio unos segundos.
Entonces algo cruzó su mente como un relámpago.
—Espera un momento…
Sus ojos se agrandaron.
— ¿Acaso anoche no hubo un eclipse?
—Sí —respondió Harold con calma—. Fue hermoso. Sentí como si los dioses estuvieran presentes.
Sara lo miró fijamente.
—Harold… encontraste una bebé… en una noche de eclipse.
Se inclinó un poco hacia él.
—¿Sabes lo que eso significa?
El anciano pensó unos segundos.
—Ahora que lo dices… sí.
Luego dudó.
—Pero… ¿realmente crees que ella sea…?
Sara no respondió.
En lugar de eso, comenzó a meter los bollos de chocolate en una canasta.
Tomó su abrigo.
—Muéstrame a la bebé.
Harold dudó.
—Pero debemos ir sin llamar la atención.
Sara asintió.
En el fondo, el miedo a los soldados la había obligado a abandonar su rol como sacerdotisa de la Luna.
Pero algo en su interior… algo que parecía venir de más arriba… le decía que debía conocer a esa niña.
Cuando llegaron a la casa del anciano, Sara entró casi sin pedir permiso.
Buscó a la bebé con evidente desesperación.
Hasta que finalmente la encontró.
Se quedó inmóvil en la puerta de la habitación.
—Harold…
Su voz era apenas un susurro.
—A esa niña le brilla la piel.
Se acercó lentamente.
—Parece como si polvo de estrellas estuviera delicadamente distribuido sobre su piel.
Se aproximó con cautela, como si estuviera frente a una criatura sagrada.
—No puede ser posible…
Sus ojos temblaban.
—Parece como si… la Diosa de la Luna hubiese besado a esta criatura.
Sara tomó a Layra en sus brazos con extrema delicadeza.
La bebé comenzó a despertarse lentamente.
Y cuando abrió los ojos…
La antigua sacerdotisa empezó a temblar.
—Tiene los ojos violetas…
Su voz se quebró un poco.
—Es la bebé más hermosa que he visto… pero…
Cerró los ojos y acercó su frente a la de Layra, intentando percibir su esencia.
La gargantilla que descansaba sobre el cuello de la bebé comenzó a vibrar suavemente.
Una vibración casi imperceptible.
Solo ellos podían sentirla.
Sara comenzó a recitar una lengua antigua.
Pero no parecía estar hablando por voluntad propia.
Era como si estuviera viendo algo.
Como si una visión cruzara su mente.
—S i an tè a bhios a’ coiseachd eadar solas agus dorchadas.
Harold también podía entender esa lengua.
Solo los sacerdotes y sacerdotisas tenían ese conocimiento.
[MC1]
Pero las palabras no lo sorprendieron.
La noche anterior ya había leído algo similar en la carta que encontró junto a la bebé.
Sara pareció salir del trance lentamente.
Las sacerdotisas de la Luna, al igual que los sacerdotes del Sol, no poseían magia elemental. Su profunda conexión con sus dioses les otorgaba algo diferente: una sensibilidad espiritual. Podían percibir la energía divina… interpretarla… escuchar sus ecos.
A lo largo de la historia se habían registrado casos extraordinarios.
Momentos en los que los mismos dioses tomaban el cuerpo de un sacerdote o sacerdotisa para caminar por el mundo y comunicar algo importante.
Sin embargo, esa práctica estaba estrictamente prohibida.
Porque la presencia de una deidad era demasiado poderosa.
Cuando el dios abandonaba el cuerpo humano que lo había contenido…
Ese cuerpo simplemente se desintegraba.[MC2]
Mientras el sol alcanzaba su punto más alto en el cielo y la luz del mediodía caía con fuerza sobre los tejados del pueblo, Ryz permanecía sentado frente a su escritorio.
La habitación estaba en silencio.
Solo se escuchaba el raspar de la pluma contra el papel.
Pero antes de escribir, el hombre se había quedado largo rato pensando.
Sus dedos tamborileaban lentamente sobre la madera.
—Un bebé… —murmuró—. Encontrado justo la noche de un eclipse.
Una sonrisa fina apareció en su rostro.
No era la sonrisa de alguien sorprendido.
Era la sonrisa de alguien que acaba de encontrar una moneda muy rara.
—Y en manos del viejo Harold… —continuó para sí mismo—. Qué desperdicio.
Se reclinó en la silla.
En su mente ya se formaban posibilidades.
Un noble supersticioso pagaría bien por una niña así.
Un sacerdote fanático podría verla como una señal divina.
Y si los rumores sobre los nacidos bajo eclipses eran ciertos…
Su valor sería aún mayor.
Ryz tomó finalmente la pluma.
—Si esta niña es lo que creo… —susurró— podría comprarme una vida mucho más cómoda.
La punta de la pluma tocó el papel y comenzó a escribir con una caligrafía cuidadosa.
A la atención de Cyprian Galios,
Jefe de la Casa Galios.
Le escribo porque creo haber encontrado algo que podría resultar de gran interés para usted.
Anoche, durante el eclipse que oscureció el cielo de estas tierras, ocurrió un hecho peculiar en este humilde pueblo.
Una bebe fue hallada.
No sería digno de su tiempo si no fuera por las circunstancias de su aparición.
No afirmo nada todavía.
Pero los rumores y antiguas historias sobre los nacidos bajo eclipses son bien conocidos.
He pensado que un hombre de su sabiduría sabría reconocer el valor potencial de esta información.
Si este asunto despierta su curiosidad, estaré dispuesto a hablar más al respecto.
Estoy seguro de que podríamos llegar a un acuerdo beneficioso para ambas partes.
Esperaré su respuesta.
—Ryz
---
El hombre leyó la carta lentamente, saboreando cada línea.
No había mentido. Pero tampoco había dicho toda la verdad. Exactamente como debía ser.
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Editado: 29.03.2026