En cuanto Sara salió del trance, sus dones espirituales volvieron a activarse después de mucho tiempo. El miedo a que los soldados de Solestecia la mataran de las formas más crueles la había obligado a bloquear esa parte esencial de su identidad. Incluso todos los días se tapaba el símbolo que solo las sacerdotisas y los sacerdotes de Aerténum llevaban en el cuello.
Abrió los ojos y sintió, en lo más profundo de su corazón, el aura espiritual de Layra. Era tan pura que incluso se manifestaba ante sus ojos.
—Harold, esta niña no debe ser encontrada nunca por los soldados de la corona.
El anciano estaba sorprendido por el mensaje que la Luna había enviado a través de los labios de Sara. Hacía mucho que no escuchaba aquella lengua antigua y sagrada. Pero tampoco entendía del todo lo que ella quería decirle. Sí había notado cosas extrañas: la piel de Layra brillaba de forma inusual y, a veces, parecía jugar con sus pequeñas manos con algo suspendido en el aire.
—Sara, no te entiendo. Sé lo que significa haberla encontrado justo en una noche de eclipse, pero es una niña. No es un varón. Está a salvo…
Sara se estremeció y lo miró con intensidad, intentando que el anciano comprendiera lo que tenían entre manos.
—Harold, por el amor de los dioses. Ayer por la noche, cuando venías del templo, ¿tus dones no estaban activados?
—No. Ya estaban adormecidos después de la sesión en el templo. Además, yo ya estaba cansado.
Sara resopló.
—Harold, por favor. Despierta tu sensibilidad y entenderás lo que te digo.
El anciano suspiró, cerró los ojos y apoyó una mano sobre el símbolo de su cuello. No necesitó pronunciar palabras en voz alta; solo dejó caer la barrera que, de manera natural, mantenía levantada.
Fue como si un velo se deslizara de sus párpados y de su corazón. El aura de Layra surgió de golpe, no como fuego, sino como un amanecer silencioso: pétalos de luz dorada y plateada, de un brillo divino, palpitaban con la misma cadencia que el pulso de la niña, envolviéndola sin tocarla, revoloteando a su alrededor. Harold contuvo el aliento.
—Sara… —dijo con voz ronca—. El Sol y la Luna están con ella.
El anciano entendió entonces con qué jugaba Layra en el aire: con aquellos mismos pétalos. Pero nunca había visto ambas naturalezas reunidas en una sola persona.
—Espera. Me pondré los anillos para ver si capto algún mensaje, como hiciste tú. Creo… que nos están observando.
El sacerdote llevó las manos a sus dedos, apartando las mangas con cuidado. Allí estaban los anillos de Aerténum, reliquias antiguas que había ocultado durante años: tres piezas de oro solar y plata lunar, apiladas en capas sutiles, con runas incrustadas que solo un sacerdote ungido podía despertar.
Uno a uno los colocó en su dedo anular derecho, sintiendo cómo el metal frío se calentaba al contacto con su piel, como si recordara su propósito. El sello central —el disco radiante del Dios Sol con manos extendidas— encajó al final, y un pulso suave recorrió sus venas, un calor que comenzaba a despertar.
Cerró los ojos. Su respiración se volvió lenta, profunda, casi imperceptible. El cuerpo se enderezó, inmóvil, como una estatua en adoración. Las runas de los anillos comenzaron a brillar tenuemente desde dentro, proyectando sombras doradas que danzaban en el aire alrededor de sus manos.
Extendió la mano derecha hacia la cabecita de Layra, rozando apenas sus cabellos con las yemas temblorosas. En el instante en que sus dedos tocaron la frente de la niña, algo cambió.
De pronto, su pecho y su cabeza se elevaron con un movimiento brusco y simultáneo, como si una fuerza invisible lo hubiese tirado desde el cielo. La espalda se arqueó en una curva elegante y reverente, el rostro alzado hacia lo alto, los hombros abiertos en ofrenda. Sus ojos se abrieron de golpe: las pupilas se dilataron durante un segundo antes de inundarse de un brillo dorado e intenso, como oro fundido que no cegaba, sino que irradiaba calidez y certeza.
Las runas de los anillos despertaron con mayor fuerza, proyectando sombras doradas desde su mano, que se extendieron hacia Layra, tejiendo un hilo luminoso que conectó sus frentes.
Entonces descendió el trance: su espíritu se elevó en una comunión silenciosa, y la intención del Dios Sol fluyó a través de las reliquias y del contacto con la pequeña, clara y absoluta.
Su voz surgió serena, resonante, teñida de aquella misma luz dorada, en la lengua santa:
Toradh ar gràidh shìorraidh thoirmisgte...
Bheir i òrdugh, ceartas, agus maitheas...
Thèid a’ chrùn a tha air a phuinnseanachadh le fuil a thoirt...
Agus air a ceann a-mhàin a thèid a ghlanadh...
Fada beò banrigh an dubhar-grèine...
Las palabras se repitieron una vez más, eternas y precisas, como un decreto del cielo.
Cuando el mensaje terminó, el brillo dorado se desvaneció lentamente de sus ojos. Su cuerpo, que había estado sostenido por aquella fuerza invisible, se relajó de golpe. Las rodillas le flaquearon, los hombros cayeron hacia adelante y se desplomó hacia un lado, apoyándose con ambas manos en el suelo para no caer del todo. No se desmayó: seguía consciente, respirando agitadamente, el pecho subiendo y bajando con fuerza. El sudor perlaba su frente y su rostro, ahora pálido, mostraba una mezcla de agotamiento profundo y asombro reverente.
Sara, que había observado todo en silencio, se acercó de inmediato y lo sostuvo por los hombros. Sus ojos estaban muy abiertos y el corazón le latía con fuerza: nunca había visto una conexión tan directa, tan abrumadora en un sacerdote, ni siquiera en los rituales antiguos que le habían enseñado. Harold levantó la vista hacia ella, todavía temblando, y murmuró con voz ronca y quebrada:
—Nunca… nunca había sido así… tan fuerte… El Sol mismo… tocó a través de mí…
#1991 en Fantasía
#399 en Magia
oscuridad y luz, reinos fantasia, reflexión en la vida y pérdidas
Editado: 29.03.2026