Sangre del Eclipse

Capitulo 6

El cuervo mensajero cruzó Solestecia en silencio hasta alcanzar los dominios de la gran Casa Galios. Al llegar a la mansión, descendió con precisión hasta el ventanal del estudio privado de Cyprian Galios, se deslizó en el interior y dejó la carta sobre el escritorio, junto a la chimenea de llamas bajas, donde el fuego crepitaba con una calma contenida.

La puerta se abrió poco después. El mayordomo entró primero, seguido de Cyprian. El ave lo observó en silencio, inclinó la cabeza en una breve reverencia y se marchó sin hacer ruido. El mayordomo fijó la vista en la rosa negra que sellaba la carta, luego miró a su señor, pero Cyprian no mostró interés.

—Revísala. Si no tiene valor, destrúyela.

El mayordomo rompió el sello y recorrió el contenido en silencio. Tras un instante, habló:

—Señor… se ha encontrado un infante en una noche de eclipse.

Cyprian giró apenas la cabeza y extendió la mano.

—Dámela.

Leyó la carta con calma, una vez, y luego otra. Sabía perfectamente lo que significaba un nacimiento bajo eclipse: esos niños no sobrevivían. El regente se encargaba de ello antes de que el rumor pudiera tomar forma. Además, hacía años que no se manifestaba un eclipse… y, aun así, Ryz había escrito. A él.

Una leve sonrisa cruzó su rostro, apenas perceptible, más cercana al interés que a la satisfacción. Con un gesto mínimo despidió al mayordomo, tomó asiento y dejó que las llamas de la chimenea se avivaran levemente a su espalda. Sin prisa, tomó la pluma y escribió.

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Jefe Ryz,

La información que me proporciona no es, en sí misma, relevante.

Lo que resulta… interesante es su decisión de enviármela.

Ambos conocemos el destino de los infantes nacidos bajo una noche de eclipse. Por lo tanto, asumiré que, en esta ocasión, existe una diferencia.

Si ese es el caso, le sugiero que la identifique antes de volver a escribirme.

Cuando disponga de información que posea verdadero valor, me la hará llegar. En ese momento, decidiré si merece mi atención.

No confunda iniciativa con importancia.

Y procure no dirigirse a mí sin una razón que justifique el tiempo que implica leerlo.

Cyprian Galios

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Dejó la pluma con precisión, selló la carta y se puso de pie. Acomodó los pliegues de su ropa antes de abandonar el estudio. El pasillo lo recibió en silencio, y sus pasos, firmes y medidos, no parecían perturbar el aire.

Entonces lo vio.

Alaric estaba sentado junto a la puerta de la habitación de su madre, con la espalda apoyada contra la pared y los ojos enrojecidos. Cyprian se detuvo y lo observó. El silencio pareció volverse más denso, y las luces de los candelabros vacilaron apenas antes de que él avanzara.

El cambio no fue brusco, pero sí inquietante. Su postura se suavizó lo justo, la tensión en su rostro se disipó y su voz, al hablar, adoptó una calidez cuidadosamente construida.

—Alaric.

El niño alzó la mirada.

—Tu madre no puede verte ahora. Sabes que está enferma. Necesita descansar.

Alaric no respondió. Sus manos se tensaron levemente.

—Ve a tu habitación. Es tarde.

El silencio se estiró entre ambos. Alaric lo miró fijo, no como un hijo que busca consuelo, sino como alguien que empieza a notar lo que no encaja. Había algo en esa voz, algo que no era lo que debía ser. No en las palabras… sino en la forma en que estaban dichas. Como si cada una hubiera sido colocada en su lugar sin pertenecer realmente allí.

Se puso de pie de golpe, limpiándose las lágrimas con brusquedad, y pasó junto a él sin decir una palabra. No lo miró otra vez. Sus pasos se alejaron por el pasillo, rompiendo el silencio que había quedado suspendido entre ellos.

Cyprian no lo siguió. Se limitó a acomodarse las mangas con calma, devolviendo cada pliegue a su lugar exacto.

Esperemos, Alaric, que cuando crezcas sirvas al propósito de esta casa… y al mío. Por tu bien. Para que no te ocurra lo mismo que a tu madre.

Reanudó la marcha. El silencio volvió a abrirse ante él.

No tardó en llegar al sector donde aguardaban sus hombres. Soldados entrenados, disciplinados, inmóviles incluso cuando no había nada visible que vigilar. Al verlo, se enderezaron al unísono.

Cyprian los recorrió con la mirada un instante.

—Escuadra, se desplazan a las Tierras Oscuras. Salida inmediata.

—Sí, señor.

—Operación encubierta. Sin insignias. Sin nombres. No representan a esta casa.

—Entendido, señor.

Avanzó un paso.

—Se harán pasar por viajeros. Comerciantes si es necesario. Se mezclan, escuchan y observan. Prioridad: información. No quiero rumores ni suposiciones. Quiero hechos verificables.

Uno de los soldados habló:

—¿Reglas de enfrentamiento, señor?

—Evitar combate. No comprometer la misión. Si se ven expuestos… desaparecen.

—Sí, señor.

Cyprian sostuvo la mirada un segundo más.

—Informe directo. Sin intermediarios. Quiero esa información antes que nadie.

—Sí, señor.

Los soldados se inclinaron y se dispersaron de inmediato, sin ruido ni vacilación. Cyprian permaneció inmóvil, observándolos desaparecer.

Quien obtiene la información primero… obtiene el poder. Y en Solestecia, el poder no se comparte.

Cyprian permaneció unos instantes fuera de la mansión, observando cómo sus soldados ya se habían disuelto en la distancia, como si nunca hubieran estado allí. El aire nocturno era frío, quieto.

Entonces recordó a Alaric, sentado frente a la puerta de su madre.

Su expresión no cambió, pero su mirada se volvió más distante. Alzó apenas los ojos hacia la ventana que daba a la recámara de su esposa y se quedó así, en silencio, como si midiera algo que no podía resolverse con palabras. Luego llevó una mano a su cabello, apartando hacia atrás los mechones rojizos, y dejó escapar un suspiro largo, contenido.




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