Cinco años habían pasado desde la noche del eclipse.
Layra ya tenía cinco años, y la vieja casa de Harold ya no olía solo a madera vieja y cuero. Ahora olía también a risas, a pies descalzos corriendo sobre el suelo de tierra y a las galletas de miel que Sara adoraba hornear para la niña, insistiendo siempre en: "pero mira cómo ríe cuando come".
La niña era un torbellino de cabello negro ondulado y ojos violetas demasiado singulares para ser del todo humanos. Llamaba "papá" a Harold con una naturalidad que aún le arrancaba lágrimas silenciosas al anciano, y "tía Sara" a la mujer que, a regañadientes, había decidido quedarse cerca para enseñarle "cosas útiles" cuando llegara el momento.
Aquella mañana de primavera, mientras Harold cortaba leña en el patio trasero y Sara preparaba el desayuno dentro de la casa, Layra se acercó al viejo rosal que llevaba años seco y ennegrecido junto a la cerca.
Nadie sabía por qué la niña se había encariñado con esa planta muerta. Simplemente se sentaba frente a ella y le hablaba en susurros, como si fuera una amiga.
Esa vez, puso sus pequeñas manos sobre el tallo oscuro.
Y pasó.
No fue un estallido de luz. Fue algo más sutil y, por eso mismo, más inquietante.
Las ramas negras temblaron levemente. Pequeños brotes verdes aparecieron de golpe y, en cuestión de segundos, rosas blancas con pétalos carnosos se abrieron como si nunca hubieran estado muertas. El aire se llenó de un aroma dulce, denso, casi irreal.
Layra soltó una risita encantada.
—Miren... ¡se despertaron!
Harold dejó caer el hacha con un golpe seco. Sara apareció en la puerta de la cocina con la cuchara aún en la mano, el rostro completamente pálido. Por un instante, ninguno de los dos fue capaz de decir una palabra.
La niña los miró con esa expresión curiosa y tranquila que, a veces, parecía demasiado antigua para su edad.
—¿Por qué se ponen tristes? Estaban solas... solo necesitaban a alguien.
Sara fue la primera en reaccionar. Se acercó rápidamente y se arrodilló frente a Layra, tomando sus manitas con cuidado, como si temiera que algo invisible pudiera quebrarlas.
—Mi cielo... eso que hiciste es muy bonito, pero tienes que prometerme algo importante.
Layra inclinó la cabeza.
—¿Qué?
—No lo hagas cuando haya otras personas cerca. Ni en el pueblo. ¿Sí?
Harold se acercó más despacio, con el corazón latiéndole con fuerza. Observó las rosas blancas que brillaban suavemente bajo el sol de la mañana y sintió una mezcla de orgullo... y un terror profundo.
Cinco años habían logrado ocultarla.
Pero ya no sería tan fácil.
Intentando aliviar la tensión, Harold soltó una risa fuerte y segura. Acarició la cabeza de Layra y la levantó en el aire. La sostuvo con firmeza, y la niña no tuvo miedo; sabía que él jamás la dejaría caer.
—¡Eres increíble, mi pequeño rayito de sol! —la bajó a la altura de su pecho y la sostuvo cerca, tan cerca que pudo escuchar su corazón ya más tranquilo—. Pero Sara tiene razón. Cuando sientas que algo está por salir de ti... algo como magia... no lo dejes salir. Mucho menos si hay personas cerca.
Layra frunció el ceño, visiblemente ofendida. Para ella, lo que había hecho era algo hermoso. Sus pequeñas amigas, que antes estaban tristes y solas, ahora brillaban radiantes bajo la luz del sol. Ella las había ayudado.
¿Por qué debería ocultarlo?
—Papá... no es justo. No hice nada malo...
—Layra, por supuesto que no hiciste nada malo. No creas eso.
—Está bien...
La niña giró la cabeza hacia la cocina. Un hilo de humo comenzaba a escapar del horno. Sin siquiera mirar a Sara, lo advirtió:
—...
—¡NO! ¡Mis galletas! —gritó Sara, corriendo hacia la casa—. ¡Maldita sea!
Harold negó con la cabeza, divertido y un poco resignado.
Layra tomó el rostro de Harold entre sus pequeñas manos y lo obligó a mirarla.
—Papá, si me vas a decir que no repita esas palabras... ya lo sé.
Harold la contempló: esos ojos violetas, su cabello negro largo y suavemente ondulado, su piel clara y las mejillas sonrojadas porque estaba a punto de llorar al sentirse reprendida. Entonces volvió a reír, fuerte y sincero.
—Sí, ya sé que lo sabes. Eres muy inteligente. —rió—.
—¿Cuándo me llevarás a la biblioteca del sol y la luna?
Harold dejó de reír, aunque la sonrisa permaneció en su rostro. Era una sonrisa distinta. Más profunda. Más cargada de significado.
—Cuando crezcas un poco más, te llevaré. No seas ansiosa, mi rayito de sol. ¿Vamos a ver qué pasó con Sara?
—¡Pero, papá! ¡Jo! Está bien... seguro está refunfuñando como siempre cosas que no puedo repetir entre dientes.
—Agh... seguramente. Esa mujer tiene un carácter complicado.
—No tanto, papi. La tía Sara siempre tiene pétalos de luz dorados, blancos y rosados cuando está con nosotros. Ella siempre está feliz cuando viene a vernos.
Harold se detuvo en seco.
—¿Pétalos de luz? Explícame más sobre eso.
—Sí, mira... todas las personas tienen pétalos de luces de colores a su alrededor. Con el tiempo aprendí qué significa cada color. Algunos no los entiendo todavía... pero los dorados son alegría, los blancos son paz y los rosados son... como amor, pero familiar. ¿Entiendes, papi?
Harold la miró durante unos segundos en silencio. Luego volvió a sonreír, besó su frente y la abrazó con fuerza.
Alzó la vista hacia el cielo.
Una sola palabra cruzó su mente... y se hundió en su corazón.
Belenos...
Por favor... guíame siempre hacia tu luz. Ayúdame a saber cuál es la mejor forma de cuidarla de los demás... e incluso, a veces, de ella misma.
La bajó al suelo, y tomados de la mano regresaron a la casa.
El tiempo pasó, y la tarde llegó.
Era momento de las lecciones de Sara.
Como sacerdotisa de Arianrhod, conocía el arte de la defensa personal. En Solestecia, las mujeres eran valiosas por muchas razones, pero una sacerdotisa entregaba su vida a su fe. Por eso, Sara no tenía familia... o al menos no la había tenido hasta ahora.
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Editado: 20.04.2026