Por lo general, su padre venía a despertarla todos los días con una sonrisa, o la tía Sara la llamaba para que fuera rápido al comedor a desayunar algo delicioso que acabara de preparar.
Pero esa mañana fue diferente.
Layra despertó por sí sola, de forma natural y un poco más tarde. Al abrir los ojos y encender, uno a uno, cada sentido, recibió el silencio como un invitado no deseado en su hogar.
Bajó de la cama, se puso su calzado hecho con piel de oveja y listones del color de sus ojos, esos que amaba tanto porque su padre se los había regalado en su último cumpleaños.
Con el corazón empezando a acelerarse, salió corriendo hacia la cocina.
No había nadie.
El latido le golpeó el pecho, desordenado.
Buscó en el jardín.
Tampoco había nadie.
Su respiración se volvió agitada, acompañando el ritmo de su pecho. Fue hacia la habitación de su padre. Era el último lugar donde pensaría buscarlo, porque su papá siempre estaba de pie, haciendo algo. Era extraño imaginarlo quieto por mucho tiempo.
Abrió la puerta despacio, como si eso pudiera darle tiempo a la realidad para acomodarse en una imagen menos inquietante.
En medio de la habitación, sobre la cama, había un bulto.
Layra se acercó con cautela, pensando que quizás su padre se había quedado dormido por primera vez… o que le estaba jugando una broma cruel por la que se enojaría, aunque después lo perdonaría.
Su pequeño pecho subía y bajaba con rapidez. Contuvo la respiración al destapar el bulto.
Ahí estaba.
Su padre… aún dormido.
Pero algo no estaba bien.
Podía sentirlo, como cuando el viento anuncia una tormenta antes de que llegue.
—Aquí estabas… te quedaste dormido.
No respondió.
—Papá, vamos… ¡ya despierta! Hoy te toca a ti darme clases.
No respondió.
—¿Papi? —insistió, tomándolo del hombro y sacudiéndolo con todas sus fuerzas—. ¿Qué te pasa?
Se acercó más y le tocó el rostro.
Su piel estaba ardiendo.
—¡Vamos, papá! ¡Me estás asustando!
No respondió.
—Papi… por favor, despierta…
Las lágrimas comenzaron a rodar sin control por el rostro de la pequeña Layra. Su corazón parecía querer salirse del pecho y su respiración se volvió un caos.
Intentó moverlo otra vez, una y otra vez, con toda su fuerza.
Nada.
El miedo empezó a tomar forma.
Pensamientos horribles cruzaron su mente, cada uno peor que el anterior, alimentando su llanto y su desesperación.
Estaba sola en casa.
De pronto, abrió los ojos con fuerza y miró hacia la puerta.
Sara.
—Pero… nunca he salido sola… —murmuró—. Siempre voy con mi papá…
En ese momento, se secó las lágrimas con firmeza.
—Debo buscar a la tía Sara. Ella sabrá qué hacer…
Miró a Harold, inmóvil en la cama.
—Papá es más importante.
Corrió de vuelta a su habitación, se cambió de ropa para salir, se calzó sus botas, se limpió las lágrimas una vez más y fue hacia la puerta.
Puso la mano en el picaporte.
Y se detuvo.
—Oh… el abrigo que papá siempre me pone antes de salir. ¡No puedo salir sin él!
Miró alrededor, buscándolo.
Estaba sobre el sofá, cerca de la chimenea. Aún estaba tibio, afortunadamente.
Se lo puso rápido.
Y esta vez, sí salió.
Dio sus primeros pasos fuera de la casa con miedo y desconfianza. Miró hacia un lado.
Nadie.
Miró hacia el otro.
Nadie.
Tomó una bocanada profunda de aire, como si la guardara para emergencias, y se cerró aún más el abrigo sobre el cuerpo.
Luego empezó a caminar hacia el pueblo con más decisión.
Nunca había ido sola, pero sabía hacia dónde quedaba. Siempre observaba la dirección en la que su papá se iba cuando salía.
Siguió el camino, rezándole a los dioses a los que su padre y su tía siempre acudían.
—H-hola, Belenos… Mi papá me dijo que, cuando necesite guía, te rece… Soy Layra, la hija de Harold. S-si me escuchas… por favor, ayúdame a llegar al pueblo, ¿sí? Necesito encontrar a mi tía Sara. Mi papi no despierta y tengo miedo de que… —su voz tembló—. Por favor… te lo pido.
Juntó sus manos en forma de plegaria y miró al sol brillante en el cielo.
—Ayúdame…
Cuando terminó, volvió a mirar al cielo y sonrió apenas, como si creyera que alguien la estaba observando desde allí.
Siguió caminando, cada vez más rápido.
Hasta que comenzó a ver árboles hermosos, con hojas rojizas y marrones.
Quiso detenerse y mirar. Pero entonces lo notó.
Pequeños pétalos de luz.
Pocos… pero claros.
Layra sabía que esos pétalos solo aparecían cerca de las personas.
Eso significaba…
—Hay gente cerca… —susurró—. Quizás ya estoy llegando.
Miró al cielo y, en silencio, agradeció.
Luego comenzó a correr hacia los pétalos.
Y, poco después, encontró la entrada al pueblo.
El pueblo no se parecía a nada que Layra hubiera visto antes.
Las casas eran más grandes, de madera oscura y piedra, con techos inclinados que parecían pesar sobre las paredes. Había humo saliendo de algunas chimeneas, voces cruzándose en el aire, pasos… muchos pasos.
Demasiados.
Layra se detuvo apenas cruzó la entrada.
El murmullo del lugar no se detuvo.
Pero cambió.
Algunas personas empezaron a mirarla.
Primero fue una mujer que llevaba una cesta. Luego un hombre apoyado contra un poste. Después, otros más. Miradas que no eran abiertas… pero tampoco invisibles.
Layra se abrazó un poco más a su abrigo.
No entendía por qué.
Solo lo sentía.
Los pétalos de luz flotaban a su alrededor, mezclándose entre unos y otros. Algunos eran suaves, cálidos… otros más opacos, más difíciles de entender.
Avanzó unos pasos.
Dudó.
Miró hacia un lado.
Luego hacia el otro.
Las calles se abrían en direcciones distintas, y todas le parecían iguales.
El corazón le dio un vuelco.
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Editado: 20.04.2026