Sangre del Eclipse

Capitulo 9 - Bajo la Sombra del Eclipse

El pueblo decía que antes del silencio hubo guerra. No una guerra cualquiera, sino una que parecía no tener final. Las cuatro casas nobles se desgarraban entre sí, arrastrando al resto de Solestecia en un ciclo de sangre, orgullo y fronteras cambiantes. Nadie recordaba cuándo había empezado realmente, solo que nunca terminaba.

Lejos de los campos de batalla, en bosques antiguos donde el viento apenas se atrevía a interrumpir la quietud, existían otros testigos. Hombres y mujeres que no empuñaban armas, sino que observaban el cielo. Vivían junto a círculos de piedra olvidados, registrando con paciencia el movimiento del Sol y la Luna, convencidos de que en ese ritmo existía una verdad más grande que cualquier reino. Creían en Belenos y en Arianrhod, en el hacer del Sol y en el ser de la Luna, aunque durante generaciones asumieron que ambas Luminarias eran tan distantes como eternas.

Todo cambió con el Primer Eclipse. Aquella noche, cuando la Luna cubrió por completo al Sol, el aire se volvió denso y el mundo pareció contener el aliento. En ese mismo instante nació un niño: varón, de sangre noble, pero sin rastro de la magia que su linaje debía otorgarle. Cuando los Observadores leyeron su aura, comprendieron algo que transformaría Solestecia para siempre: los dioses no eran indiferentes. Elegían.

Desde entonces, cada eclipse total dejó de ser un fenómeno y pasó a ser un mensaje. Pero no cualquier nacimiento respondía a ese llamado. Solo cuando un niño varón llegaba al mundo exactamente bajo la sombra del eclipse, las Luminarias lo marcaban como suyo. Una coincidencia tan rara que apenas se repetía una vez cada noventa años. A esos niños se los empezó a llamar Bendecidos.

No todos manifestaban su don de la misma manera. Algunos parecían tocar la luz misma, capaces de desarmar mentiras con una mirada, de ver más allá de lo evidente y de sostener la vida entre sus manos como si fuera un hilo que podían tejer y reparar. La bendición de Belenos era acción, claridad y fuerza, pero también exigencia, porque lo que podía sanar también podía destruir.

Otros, en cambio, traían consigo la calma de la noche. Los Bendecidos por Arianrhod no imponían su poder: lo envolvían todo. Su presencia podía detener ataques, disipar el dolor o apagar el miedo de quienes los rodeaban, como si la oscuridad misma los protegiera. No luchaban contra el mundo, lo absorbían, lo silenciaban, lo transformaban desde adentro.

A pesar de sus diferencias, todos compartían algo imposible de enseñar. Veían más allá de lo físico, poseían una serenidad que no pertenecía a su edad y, sobre todo, escuchaban. No a sacerdotes ni a consejeros, sino directamente a las Luminarias. Esa conexión los colocaba por encima de cualquier estructura humana, y el pueblo lo entendió antes que nadie.

Fueron ellos quienes comenzaron a arrodillarse, no ante un hombre, sino ante lo que representaba. Las casas nobles resistieron al principio, aferrándose al poder que habían sostenido durante generaciones, pero incluso entre sus filas el cansancio comenzó a pesar más que el orgullo. Poco a poco, y más por necesidad que por convicción, aceptaron una nueva forma de orden. Así nació el reinado de los Bendecidos, no como una conquista, sino como un acuerdo silencioso entre corazones agotados por la guerra.

Ese equilibrio, sin embargo, no era eterno. Hace cincuenta años, el último rey elegido por las Luminarias, Laios de Galios, murió sin que un nuevo Bendecido apareciera para sucederlo. En su lecho de muerte nombró regente a su amigo más cercano, Travis Thalios, un hombre que en su momento fue considerado justo. Y durante un tiempo lo fue. Pero el poder no necesita violencia inmediata para corromper; le basta con permanecer.

Ahora, en la tercera generación, el nombre Thalios sigue en el trono, pero ya no representa lo mismo. Aurelian Thalios gobierna con una crueldad que ha deformado todo aquello que alguna vez se consideró sagrado. Bajo su mandato, la vida se mide en utilidad: la esclavitud es permitida, las mujeres son valoradas por lo que pueden engendrar y los niños son arrancados de sus hogares para convertirse en soldados. Los pueblos no pagan con monedas, sino con cosechas, recursos… o sangre cuando lo demás no alcanza.

Los sacerdotes y sacerdotisas de Aerténum sintieron ese quiebre antes que nadie. Su fe siempre estuvo en el equilibrio, no en el poder, y por eso se convirtieron en una amenaza para el régimen. Los templos fueron destruidos, no por falta de devoción, sino por miedo a lo que representaban. Ahora viven ocultos, dispersos en bosques y montañas, buscando aquellos lugares donde la presencia de las Luminarias aún puede percibirse.

No llevan vestimentas que los distingan. Solo un símbolo grabado en la piel: una luna plateada dentro de un sol dorado, tatuada donde el cuello se une con la columna, como un recordatorio permanente de su entrega. Los sacerdotes aún utilizan anillos con runas para afinar su conexión con Belenos, mientras que las sacerdotisas no los necesitan; su vínculo con Arianrhod es, por naturaleza, más directo y profundo.

En otros tiempos, ellos eran quienes reconocían a los Bendecidos, quienes confirmaban ante el pueblo que la voluntad de las Luminarias se había manifestado una vez más. Nunca buscaron gobernar, ni juzgar, ni imponer leyes. Su único propósito fue siempre el mismo: mantener el equilibrio y servir como puente entre lo divino y lo humano.

Y aun así, a pesar de la persecución, del silencio forzado y del miedo que ahora domina Solestecia, el cielo no ha dejado de moverse. Los eclipses siguen ocurriendo con la misma precisión de siempre, como si el tiempo no respondiera a reyes ni a guerras.

Como si algo… siguiera esperando.




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