La luz gris del amanecer apenas rozaba las altas ventanas de la mansión Galios cuando Cyprian despertó. No necesitaba que nadie lo llamara; el pulso lento de la lava que corría por las lujosas linternas incrustadas en las paredes de su recámara era suficiente. Se levantó de la cama con movimientos precisos, se echó el cabello carmesí hacia atrás y descorrió la cortina de uno de los ventanales para observar el cielo que le esperaba aquel día. Se bañó en agua perfumada con el aroma que lo definía: una mezcla vibrante de pimienta rosa, grosella negra y pomelo que daba paso a un corazón especiado de ylang-ylang, azafrán y lavanda, para reposar finalmente en un fondo cálido y animal de musgo de roble, cuero y almizcle. El perfume se adhería a su piel como una segunda sombra, elegante y amenazante.
Aún envuelto en una bata de baño de terciopelo negro bordado en oro, Cyprian se acercó al espejo de obsidiana cuando un suave golpe sonó en la puerta. La sirvienta entró con la cabeza baja, sosteniendo una camisa de seda fina, impecable, recién lavada y planchada.
—Su camisa, mi señor —murmuró, extendiéndola con manos temblorosas.
Cyprian la tomó sin decir palabra. Sus dedos recorrieron la tela con la misma delicadeza con que tocaba las flores de su jardín. De pronto se detuvo. En la manga izquierda, casi invisible, había un diminuto pliegue torcido. El silencio en la habitación se volvió más denso. Las llamas de los candelabros de obsidiana vacilaron un instante, como si también ellas percibieran el cambio en el aire. El aroma de su perfume pareció intensificarse, volviéndose más pesado, más opresivo.
—Esto… —dijo Cyprian con voz baja y cadenciosa, casi musical— no es aceptable. Un solo hilo fuera de lugar es suficiente para recordar que el caos siempre es posible.
La sirvienta palideció. Sus rodillas temblaron visiblemente.
—Perdón, mi señor… yo… lo planché personalmente anoche. Revisé cada costura dos veces. No sé cómo pudo haber quedado ese pliegue. Le juro que fue un descuido imperdonable.
Cyprian inclinó la cabeza con lentitud y la miró directamente. Sus ojos café claro, fríos como piedra pulida, se clavaron en los de la joven sin parpadear. No había furia en ellos, solo una calma absoluta que resultaba mucho más inquietante.
—Entender no es tu tarea —respondió con suavidad aterciopelada, cada palabra medida como si estuviera tallando piedra—. Tu tarea es que nada, absolutamente nada, llegue a mi cuerpo con imperfección. Un solo hilo fuera de lugar es una falta de respeto hacia esta casa… y hacia mí.
La joven tragó saliva con dificultad. Sentía el calor subir por su espalda, como si el mármol negro bajo sus pies estuviera a punto de ablandarse. Una de las vetas de lava en la pared brilló con más intensidad durante un segundo, proyectando una sombra alargada que pareció acecharla.
—No es necesario que sepas cómo corregirlo —continuó él, casi amable—. Recoge tus cosas. Hoy mismo abandonarás la mansión.
La sirvienta abrió la boca, pero las lágrimas ya le rodaban por las mejillas. Sabía que esa voz calmada la perseguiría durante años. Cyprian le devolvió la camisa con un gesto elegante y preciso.
—Dile al mayordomo que envíe a alguien más… competente.
La joven inclinó la cabeza con tanta rapidez que casi tropezó. Salió de la recámara casi corriendo, los pasos ahogados por el mármol negro con vetas doradas que parecía absorber todo sonido. Cyprian se quedó unos segundos más frente al espejo y comenzó a vestirse con deliberada elegancia: abotonó la prenda con gemelos de obsidiana y oro, se colocó un pantalón oscuro con tirantes y, finalmente, un abrigo largo de terciopelo granate bordado en hilo de oro que caía con peso imperial. Cada pliegue debía caer exactamente donde correspondía, como si la ropa misma fuera una extensión de su voluntad.
Satisfecho al ver que el diminuto pliegue ya no existía, salió de la habitación y se dirigió al salón privado para desayunar. Sus pasos firmes eran apenas un susurro sobre el mármol. Detrás de él, los candelabros del pasillo brillaban con su fuego mágico, alimentado por su propia presencia imponente, proyectando sombras largas y teatrales sobre las cortinas de terciopelo rojo sangre.
El salón privado estaba bañado en la luz dorada de las lámparas de obsidiana. Cyprian se sentó a la mesa donde ya lo esperaba un desayuno refinado: pan negro tostado con hierbas, queso curado, frutos secos y una copa de vino especiado ligeramente tibio. Comía con movimientos medidos, sin prisa. Apenas había probado el primer sorbo de vino cuando la puerta doble se abrió con un golpe seco. El general Varkas entró, aún con el polvo de las Tierras Oscuras en las botas. Se detuvo a una distancia respetuosa y realizó una breve reverencia.
—Mi señor… traigo el primer informe de la escuadra enviada a las Tierras Oscuras.
Cyprian no levantó la vista de inmediato. Siguió cortando un trozo de queso con deliberada lentitud.
—Habla —dijo simplemente.
—Hasta el momento, no hemos encontrado información relevante sobre el infante del eclipse. Ningún rastro claro —Varkas carraspeó, dudando visiblemente—. Es que… encontramos algo más, mi señor. Ayer, durante la noche, mis hombres avistaron a una niña en una casa alejada del pueblo. Cabello oscuro, delgada… nada fuera de lo común. Salvo por sus ojos. Son violetas, mi señor. Un violeta intenso y brillante, como el de las flores más raras. Los hombres juran que incluso bajo la luz tenue de la luna destacaban con una claridad noble.
Cyprian detuvo por completo el movimiento de su mano. Dejó la copa sobre la mesa con cuidado y se reclinó en la silla de terciopelo rojo. Por primera vez esa mañana, un genuino destello de interés cruzó su rostro.
—¿Violetas? —repitió en voz baja, saboreando la palabra—. ¿Puros? ¿Sin mezcla alguna?
—Así es, mi señor. Brillaban con una pureza que no parecía pertenecer a este mundo.
Un silencio breve y denso se extendió entre ambos. Cyprian pasó un dedo por el borde de la copa, pensativo. En toda su vida jamás había visto ojos de ese tono tan perfecto. El violeta siempre había sido para él el color de la perfección absoluta, reservado solo para sus flores más preciadas. Encontrarlo en una niña viva era algo que no había contemplado.
#2181 en Fantasía
#438 en Magia
oscuridad y luz, reinos fantasia, reflexión en la vida y pérdidas
Editado: 20.04.2026