La pequeña cocina de la casa de Harold olía a vainilla dulce y leña crepitando en el hogar. Sobre la mesa de madera gastada, Layra y Sara preparaban juntas el pastel de cumpleaños. Layra, con las mejillas manchadas de harina y los ojos brillantes, removía la masa con una cuchara de madera demasiado grande para sus manitas.
—¡Mira, Sara! ¡Está quedando todo esponjoso! —exclamó con una risita feliz, levantando la cuchara y dejando que la masa cayera en gruesos hilos—. Este va a ser el pastel más rico del mundo entero.
Sara sonrió con ternura mientras colocaba trocitos de chocolate encima.
—Es tu día especial, mi niña. Tiene que ser el mejor.
Layra siguió removiendo un rato, tarareando una canción inventada, pero de pronto levantó la cabecita con curiosidad.
—¿Dónde está Papa? Hace mucho rato que no lo veo… ¿Se fue a buscar mi regalo?
Sara dudó solo un segundo antes de responder, sin dejar de decorar el pastel.
—Sí, pequeña. Fue a buscar una sorpresa para ti. Ya sabes cómo es… siempre quiere que tu cumpleaños sea mágico.
Layra abrió mucho los ojos, ilusionada.
—¡Una sorpresa! —repitió, dando saltitos en su banquito—. ¡Me encanta cuando Papa trae sorpresas!
Siguió removiendo la masa con entusiasmo, pero al cabo de un momento volvió a mirar a Sara con esa inocencia pura y directa que solo tienen los niños.
—Sara… ¿algún día vamos a volver al pueblo?
La mano de Sara se detuvo en el aire. La mujer tragó saliva y continuó decorando el pastel, pero sus movimientos se volvieron más lentos y nerviosos. El silencio se estiró un poco más de lo normal.
—Tal vez… —respondió finalmente, intentando que su voz sonara alegre—. Tal vez, cuando menos te lo esperes, vayamos. ¿Te gustaría eso?
Layra asintió con fuerza, sonriendo de oreja a oreja y mostrando los dientitos.
—¡Sí! ¡Muchísimo! No he ido desde que te fui a buscar cuando mi papi se enfermo aquella vez.
Sara forzó una sonrisa y le revolvió con cariño el cabello revuelto.
—Ahora termina de remover esa masa, mi vida, que el horno ya está listo. No queremos que el pastel se queme en tu día especial.
Layra volvió a concentrarse en la masa, tarareando feliz, completamente ajena a la sombra que cruzó el rostro de Sara mientras miraba hacia la ventana, hacia el bosque oscuro que rodeaba la casa.
Las ruinas del templo de Aerténum se alzaban en un silencio opresivo, devoradas por el tiempo y enredaderas. Columnas rotas cubiertas de musgo se erguían con rastros de hojas y quizá… magia residual. Harold avanzaba con sigilo entre los escombros, la pequeña pala apretada en la mano sudorosa.
Se detuvo frente al árbol viejo y retorcido, el mismo bajo el cual había encontrado a Layra siete años atrás.
Harold miró a su alrededor una vez más, al ver que estaba solo permaneció un poco más tranquilo, y comenzó a cavar. La tierra era dura, pero cada palada resonaba demasiado fuerte en el silencio sepulcral. Después de varios minutos que parecieron eternos, la pala golpeó algo metálico.
Con manos temblorosas, apartó la tierra y sacó una pequeña caja de madera. Dentro, envuelta en un paño plateado brillante, descansaba la gargantilla de Layra: una delicada pieza de encaje negro con un colgante en forma de corazón violeta con bordes de oro y una cerradura en su centro.
Harold la observó un instante, el rostro marcado por la culpa.
—Perdóname, pequeña… —susurró—. Cada vez falta menos para que sepas quién eres.
Estaba a punto de cerrar la caja cuando escuchó voces lejanas y pasos pesados sobre la piedra rota.
El miedo le subió por la garganta. Sin pensarlo dos veces, trepó con desesperación al árbol retorcido y se ocultó entre las ramas más altas y frondosas, apretando la caja contra su pecho hasta que los bordes se le clavaron en la piel.
Dos soldados con armaduras oscuras y el emblema del Regente en el hombro aparecieron entre las ruinas, caminando con paso alerta.
—…el Regente no se rinde con este tema —decía el primero en voz baja—. Dicen que han visto señales. Quiere que revisemos cada rincón de estas ruinas y de las demás.
El segundo soldado escupió al suelo.
—Rumores de siempre. Yo solo quiero terminar esta patrulla y…
Se detuvieron justo debajo del árbol. Uno de ellos se apoyó contra el tronco, tan cerca que Harold podía oír su respiración.
Harold contuvo el aliento. Un sudor frío le corría por la espalda. Si lo descubrían con el símbolo en el cuello de Aerténum, lo matarían ahí mismo.
De pronto, el sol que hasta entonces había estado débil, se intensificó de manera brutal y antinatural. No era un simple aumento de calor. El aire mismo pareció vibrar. Una luz dorada y pesada cayó sobre las ruinas como si el cielo se hubiera abierto. El viento se detuvo por completo. Un olor a ozono y piedra caliente invadió el ambiente.
El primer soldado levantó la mirada al cielo, visiblemente inquieto.
—¿Qué demonios…? Esto no es normal. El sol nunca ha brillado así aquí.
El segundo se pasó una mano por la frente, donde el sudor ya le corría en gotas gruesas.
—Siento como si… como si algo nos estuviera mirando. Vámonos. Hay un lago a menos de media legua. Podemos refrescarnos y continuar después. No pienso quedarme aquí a asarme vivo.
Los soldados se alejaron con paso rápido y nervioso, mirando hacia atrás varias veces, como si temieran que Belenos mismo los persiguiera.
Harold esperó, con el corazón latiéndole en los oídos, hasta que sus voces se perdieron entre las ruinas. Solo entonces bajó del árbol con las piernas temblorosas, la caja aún apretada contra el pecho. Miró una vez más hacia el cielo, donde el sol brillaba con una intensidad mágica y amenazante, demasiado fuerte para ser natural.
—Esto no es casualidad… —murmuró, la voz ronca—. Belenos… me está ayudando.
Guardó la gargantilla con manos temblorosas y comenzó a alejarse rápidamente entre las ruinas, rumbo a la casa, mientras el calor sobrenatural empezaba a disminuir lentamente a su espalda.
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Editado: 20.04.2026