Sangre del Eclipse

Capitulo 12

El bosque parecía más oscuro que nunca cuando llegaron a la casa. El sol ya casi se había escondido, dejando solo un hilo rojo sangre en el horizonte. Harold no había soltado la mano de Layra en todo el camino. Sus dedos apretaban demasiado fuerte.

Apenas cerraron la puerta, Harold echó el cerrojo con un golpe seco que retumbó como un trueno. Layra dio un respingo.

—Layra —dijo Harold con voz grave y temblorosa de rabia contenida—. ¿No te dijimos Sara y yo que nunca, nunca te alejaras?

La niña bajó la cabeza, retorciendo el borde de su vestidito azul con las dos manos.

—Sí, papi… pero no me alejé mucho… solo un poquito…

—¿Quién era ese hombre que estaba contigo? —la interrumpió él, acercándose un paso más—.

Layra levantó sus grandes ojos violetas, asustada por el tono de su papá.

—Era… era un pintor ambulante, papi. Me dijo que me hacía un retrato gratis porque…

—¿Por qué? —la voz de Harold subió, cortante.

—Porque dijo que yo era muy hermosa… y que tenía una luz bonita en la cara, que nunca había visto una igual —su voz se volvió más chiquita—. Y… y vi que estaba muy triste por dentro. Tenía mucho dolor aquí —se tocó el pecho—. Quería ayudarlo un poquito…

Harold soltó una risa corta y amarga, llena de miedo.

—¿Un retrato? ¿Eso no es nada para ti? ¿Acaso te dio el dibujo?! ¡Claro que no!

Dio otro paso. Su sombra cayó sobre la niña como una amenaza.

—Te he cuidado tanto tiempo… tanto… escondiéndote, protegiéndote, para que justamente esto no pasara. ¡Y ahora hay un retrato tuyo en manos de quién sabe quién!

Layra se quedó callada, los ojos ya llenos de lágrimas que empezaban a brillar. Su labio inferior temblaba.

Sara intervino rápidamente, poniéndose entre los dos.

—Harold, por favor… cálmate. La estás asustando.

—¿Que me calme? —estalló él, con los ojos muy abiertos y la respiración agitada—. ¡Tienen un retrato de mi hija, Sara! ¡Un retrato fiel de su cara, de sus ojos! ¡Y ella dice que no es nada! ¿Y si ya lo tienen los soldados?

Layra dio un paso atrás, asustada. Las lágrimas ya rodaban por sus mejillas.

—Yo… yo no sabía… —Su voz se quebró en un sollozo infantil—. El señor era bueno… Me dijo que era linda… No hice nada malo, papi… Te lo prometo…

Harold se pasó las manos por el cabello, desesperado.

—Layra, esto es grave. Muy grave. Tú no entiendes…

—¡Basta, Harold! —gritó Sara, levantando la voz como pocas veces lo hacía—. ¡Ya basta! ¡Mírala!

Layra rompió a llorar con fuerza. Grandes sollozos sacudían su pequeño cuerpo. Sin decir nada más, se dio la vuelta y corrió por el pasillo hacia su habitación, llorando tan fuerte que casi no podía respirar.

—¡Si tantos problemas te doy, devuélveme al lugar donde me dejaron! —se escuchó su voz quebrada antes de que cerrara la puerta con un golpe.

El silencio que quedó fue terrible.

Harold se quedó parado en medio del recibidor, respirando con dificultad, mirando hacia el pasillo vacío. Sus manos temblaban. Fue hasta la ventana más cercana y cerró los postigos con violencia; luego pasó el cerrojo de la puerta principal y después el de la trasera. Cada sonido metálico sonaba como una sentencia.

Sara lo observaba con los brazos cruzados con fuerza sobre el pecho, los ojos brillando de preocupación y enojo.

—Harold… la estás rompiendo —susurró—. Es solo una niña de siete años.

Él apoyó la frente contra la puerta cerrada, cerrando los ojos con fuerza.

—Y yo solo quiero que siga viva para cumplir ocho —respondió con la voz rota.

El portazo de Layra aún reverberaba en las paredes cuando Sara se volvió hacia Harold, con los ojos encendidos de furia y preocupación.

—¿Acaso te volviste completamente loco? —le espetó en voz baja pero afilada.

Harold se giró hacia ella como un animal herido.

—¡SÍ! —rugió—. ¡No voy a permitir que me la arrebaten! ¡No otra vez!

Sara dio un paso adelante, la voz temblando de contenida desesperación.

—Harold… entiendo tu miedo, pero la forma en que le hablaste…

—¡No! —¡Tú no entiendes nada! —la cortó él, casi gritando. Su voz se quebró en un sollozo seco—. Mataron a toda mi familia delante de mis ojos… en un parpadeo. Las vi morir, Sara. Las vi.

Se llevó las manos a la cabeza, tirándose del cabello con fuerza.

—Los dioses me entregaron a esa niña para que la protegiera. Es lo único que me mantiene con vida. Si algo le pasa por mi culpa… ¡Maldita sea, Sara! ¡Prefiero morir mil veces antes que volver a ver cómo me arrancan a una hija!

Sara palideció. Extendió una mano hacia él, pero Harold retrocedió.

—Harold… por favor, detente…

—¡No puedo detenerme! —exclamó, con lágrimas corriendo por sus mejillas arrugadas—. ¿Tú podrías dormir sabiendo que Layra está llorando, llamándote a gritos, pidiendo ayuda… y luego escuchar sus alaridos de dolor mientras la torturan? ¿Podrías? ¡Porque yo ya lo viví! ¡Y no voy a permitir que vuelva a suceder!

El silencio que siguió fue brutal. Solo se oía el llanto ahogado y entrecortado de Layra desde su habitación, como un cuchillo clavándose una y otra vez en el pecho de ambos.

Sara tragó saliva con dificultad, los ojos también húmedos.

—Layra no es cualquier niña —dijo con voz ronca—. Los dioses la protegen. Lo siento cada día… cómo la miran, cómo nos miran a nosotros. Yo no tuve hijos propios, es verdad. Pero esa niña… esa niña es mía tanto como tuya. Mi corazón late con el de ella. Y tendrán que pasar por encima de mi cadáver antes de tocarla.

Harold la miró con una mezcla de dolor y gratitud profunda, pero el miedo seguía devorándolo.

—Sara… los soldados de Solestecia no son hombres. Son monstruos. Niños arrancados de sus hogares, convertidos en bestias por el Regente y las malditas casas nobles. Disfrutan del dolor. Disfrutan viendo cómo la sangre gotea… cómo se apaga la luz en los ojos de sus víctimas.

Se le quebró la voz por completo y tuvo que apoyarse contra la mesa.




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