Sangre del Eclipse

Capitulo 13

Layra pasaba las noches siguientes a su cumpleaños admirando el misterioso collar que su padre le había obsequiado. Su mente curiosa no dejaba de formularse preguntas ni de imaginar verdades mágicas. Le daba vueltas y vueltas al misterio que rodeaba aquella hermosa gargantilla que parecía estar hecha solo para ella.

Era una tarde soleada de primavera. Layra disfrutaba de su sidra de manzana y de las galletas que ella y Harold habían preparado esa misma mañana, cuando la puerta principal se abrió de golpe.

Sara entró alborotada y sin aliento, con los ojos temblorosos y la respiración completamente descontrolada.

—¿Tía Sara? ¿Estás bien? —preguntó Layra con un hilo de miedo, aferrándose al dije de su gargantilla.

Harold se levantó de la silla de inmediato y tomó a Sara por los hombros.

—Cálmate. Estás asustando a Layra.

Sara intentó recomponerse. Respiró hondo, forzó algo parecido a una sonrisa y se agachó frente a la niña hasta quedar a su altura.

—Hola, mi cielo. ¿Puedes dejarnos solos un momento a tu papá y a mí? Necesitamos hablar de algo importante.

Layra frunció el ceño. Miró a su padre. Luego volvió a mirar a Sara.

—Pero tía, yo quiero saber qué…

—Layra. —La voz de Harold fue firme y breve.

La niña apretó los labios, tomó su espada de madera del rincón y salió al jardín con pasos molestos y deliberadamente ruidosos.

Una vez solos, Sara se quitó el abrigo y llevó a Harold hasta la cocina, que quedaba lo suficientemente lejos del jardín como para hablar sin que Layra pudiera escuchar.

—Harold, ¿recuerdas al pintor del festival? El que salió huyendo cuando te acercaste.

El anciano enarcó una ceja.

—Sí. El que se fue con el retrato de mi hija en la mano. Gracias por recordármelo, ahora me volverán las jaquecas.

—Está muerto. Él y su esposa. Su hija… fue entregada al regente.

Harold se quedó inmóvil.

—¿Qué? —dijo en voz baja—. ¿Qué demonios pasó, Sara?

—La comerciante de hierbas. Ese día faltó al festival porque estaba recogiendo mercancía a las afueras del pueblo, cerca de la puerta que da hacia Solestecia. Cuando ya terminaba, vio soldados con la insignia de la Casa Galios.

Sara bajó la voz.

—Lo vio todo. Está muy consternada. Me lo contó porque somos buenas amigas desde hace años.

Harold tomó asiento despacio, como si las piernas ya no quisieran sostenerlo. En su cabeza comenzaban a encadenarse pensamientos oscuros, uno detrás del otro.

—O sea que ese hombre tenía el retrato de Layra… y los soldados de la Casa Galios lo mataron a él, a su esposa y se llevaron a su hija.

Un silencio.

—¿Dónde está ese retrato ahora, Sara?

Sara desvió la mirada hacia el jardín. Layra practicaba con su espada de madera, el pelo largo y ondulado moviéndose al compás de sus movimientos. Parecía una pequeña guerrera. Hermosa, fuerte, completamente ajena a todo.

—La comerciante vio cómo el general se lo llevó. Lo guardó con mucho cuidado… como si alguien importante lo estuviera esperando.

El puño de Harold golpeó la mesa.

—¡Maldita sea!

Desde el jardín, Layra levantó la cabeza. Quiso acercarse, pero Sara asomó por la ventana y le hizo un gesto sutil con la cabeza. La niña obedeció a regañadientes, aunque no sin antes fruncir el ceño con toda la indignación que cabía en su pequeño cuerpo. Veía pétalos de colores que no reconocía flotando alrededor de su papá y de su tía. Colores que nunca había visto antes.

—¡Jo! ¿Por qué nunca me dejan estar con ellos? —murmuró entre dientes, levantando la espada en posición de ataque contra un enemigo invisible—. No soy una niña débil. Cada día mejoro más y ya leí veinte de los cincuenta libros de casa. Pronto papá y la tía Sara no se tendrán que preocupar por nada.

Hizo un golpe al aire con decisión.

—Porque yo los defenderé.

Siguió practicando sola mientras el cielo comenzaba a cubrirse de nubes oscuras sobre el jardín.

Adentro, Harold no dejaba de encadenar escenarios. Uno peor que el anterior.

—Esto solo puede significar una cosa. Cyprian Galios sabe que Layra existe.

—Y seguramente es culpa del buitre que tenemos como jefe del pueblo. Ryz.

—Sara, eso es imposible. ¿Por qué mantendría comunicación un jefe de un pueblucho olvidado con el jefe de una de las cuatro casas nobles?

—Por favor, Harold. No seas ingenuo. Ese hombre vendería a su madre por diez monedas de oro.

Harold se pasó una mano por el rostro.

—Por los dioses. ¿Y si ya sabe lo que ella es? ¿Cómo puede saberlo? Ella nunca ha usado su magia en público.

—Exacto. Nadie merodea por aquí salvo Ryz con Leon, y hace mucho que Layra no manifiesta nada. No pudo haberla descubierto por eso.

—Sara, ahora la ingenua eres tú.

—¿Qué me dijiste, anciano?

—¡Piénsalo! ¿Has visto en todos los años de tu vida a otra persona con el mismo color de ojos que nuestra Layra?

Un silencio breve.

—Ah. —Sara parpadeó—. Eso. Tienes razón.

—¡Lo sé!

—¡Deja de gritarme! ¡No me obligues a agarrar el sartén de acero!

—Está bien, está bien. Lo siento.

Sara exhaló, cruzó los brazos y miró hacia el jardín.

—Si realmente la quisiera, ya habrían venido. Tal vez aún no sabe exactamente lo que busca. Tal vez solo tiene el retrato y…

Dos golpes en la puerta. Luego tres más.

Ambos se miraron.

Sara fue corriendo al jardín a buscar a Layra. Harold tomó el hacha que descansaba junto al marco de la puerta y abrió despacio, midiendo cada movimiento.

Ryz.

Harold soltó el hacha con un gesto disimulado y no hizo ningún esfuerzo por ocultar su mal humor.

—Buenas tardes, Harold. Leon estaba aburrido en casa y pensé que sería buena idea traerlo a jugar con Layra. Hace tiempo que no pasaba por aquí.

—Ryz, mira, ahora mismo no es un buen…

Ryz no esperó. Empujó la puerta con calma y entró a la casa como si le perteneciera.




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