Ryz se encontraba, por primera vez en su vida, en una posición verdaderamente ventajosa. Uno de los jefes de las casas nobles quería algo que su pueblo tenía. Algo que estaba a su alcance.
Se levantó del suelo, todavía sumiso, pero ya calculando en la cabeza, y tuvo la audacia de plantarse frente a Cyprian Galios. Con las piernas temblando y la vida colgando de un hilo, pero de pie.
—Entonces, mi honorable excelencia… parece que tenemos algo que negociar.
—Parece que sí. —Cyprian se dirigió al asiento de Ryz con la naturalidad de quien ocupa cualquier espacio que se le antoja—. Aunque yo no lo llamaría negociar. —Tomó asiento, cruzó los dedos y apoyó apenas el mentón sobre el puño que se formó, mirándolo fijamente—. Yo no negocio. Concretaré la compra ahora mismo. Pero tengo ciertas… condiciones.
Ryz se sentó frente a él, rendido a la situación. De todos modos, salía ganando. Mucho dinero por una niña salvaje.
—Antes de sus condiciones, mi señor… ¿cuánto ofrece por ella?
El mayordomo, parado fielmente al lado de Cyprian, observó a Ryz con un asco que no hizo el menor esfuerzo por disimular. Incapaz de contener su avaricia ni un instante. En presencia de mi señor, nada menos.
—Qué asco me da tu avaricia, Ryz.
Dicho esto, hizo un gesto al mayordomo, quien extrajo una pesada bolsa de cuero y la dejó caer sobre la mesa.
—Doscientas monedas de oro.
Ryz atrapó la bolsa con las dos manos y hundió los dedos entre las monedas con una avidez que no tenía nada de disimulada. Nunca había visto tanto oro junto. Su voz tembló.
—Vendida. ¿Cuáles son sus condiciones?
—¿Cómo se llama?
—Layra.
—Layra… —Cyprian dejó que el nombre flotara un momento en el aire, como si lo estuviera midiendo—. Qué hermoso nombre.
Parece el nombre de una diosa, pensó. Tendré una diosa enjaulada entre algodón y oro. Será mía. Y bendecirá mi linaje con ese rasgo tan distintivo.
—¿Ha manifestado algún tipo de magia?
—Que yo sepa, no, mi señor. Es una niña común. Por su linaje humilde, habría que esperar a que cumpla quince años para ver si despierta algo, si es que lo tiene.
—Bien. En cuanto se acerque esa edad, mantenme informado de cualquier novedad.
Ryz dudó apenas un segundo antes de hablar.
—Su excelencia… si la niña llegara a poseer magia, eso aumentaría considerablemente su valor. Doscientas monedas ya no serían suficientes.
—Eres realmente repulsivo.
El fuego de las linternas se volvió más denso. El aire de la habitación, más caliente.
—Cuando Layra cumpla dieciocho años, un carruaje de mi mansión vendrá a buscarla junto a mis hombres. Para entonces, tú te encargarás de preservar su salud y su bienestar.
Ryz frunció el ceño.
—No es que me preocupe especialmente por esa niña, pero… ¿qué quiere alguien como usted con alguien como ella?
Las llamas de las lámparas crecieron. El fuego comenzó a propagarse por las paredes de la habitación con una lentitud deliberada y completamente controlada.
—Escúchame con atención. —La voz de Cyprian no subió ni un tono. Sonrió incluso—. Soy el jefe de la Casa Galios y miembro del Consejo. No me cuestiones. Conoce tu lugar.
—¡Señor, discúlpeme! ¡Por favor! ¡Mi casa!
—Harás lo que te ordene y mantendrás los ojos sobre la joya que acabo de comprar. Me mantendrás informado de cualquier cambio.
El fuego llegaba ya al techo. Ryz no podía evitar retroceder en su propia silla.
Cyprian se puso de pie, se sacudió los hombros del traje con un gesto preciso y abandonó el despacho que ardía a sus espaldas. En la puerta se detuvo un instante, sin girarse del todo.
—Una cosa más. Que ningún hombre ni muchacho ose fijarse en ella mientras crece. Si alguien lo hace… mátalo.
Sonrió. Luego hizo un movimiento breve y elegante con la mano, y el fuego se extinguió de golpe. Las paredes, el suelo, el techo: todo negro.
Ryz quedó de rodillas en medio de las cenizas, con la bolsa de monedas apretada contra el pecho. Lo habían humillado como nunca antes en su vida. Y lo peor era que ni siquiera podía quejarse.
En el pasillo, Leon salió de su habitación justo cuando el extraño cruzaba hacia la salida. El mismo perfume elegante y extraño que había sentido al llegar a casa provenía de ese hombre.
—Adiós, niño. Que tengas una buena tarde. —Cyprian le dedicó una sonrisa inocente. El mayordomo, a su lado, hizo lo mismo.
Algo en ese hombre inquietó a Leon de una manera que no supo nombrar. Sin saber bien por qué, sintió que era pertinente ofrecerle una leve inclinación antes de que se fueran. En cuanto los perdió de vista, volvió corriendo a su habitación.
Cyprian subió al carruaje. El mayordomo cerró la puerta. Adentro, lejos de toda mirada, dejó caer la máscara. Solo quedó un hombre con una espera impaciente, casi física, por tener entre sus manos a su perfecta joya.
El cochero invocó su magia de viento y el carruaje se elevó suavemente. Las luces del pueblo quedaron atrás.
——————
El frío de las Tierras Oscuras se sentía distinto esa tarde. Harold y Sara entraron a la casa en silencio, cargando el peso de la conversación que habían dejado a medias antes de que Ryz tocara la puerta.
Sara fue directo a la cocina. Sus movimientos eran rápidos, casi bruscos. Sacó los pétalos de jazmín que siempre llevaba encima y puso agua a calentar. Necesitaba hacer algo con las manos. Era su forma de no caer en pedazos.
Harold se quedó de pie en el umbral, observándola en silencio. Como si esperara que ella tuviera la respuesta que él no encontraba.
—Sara.
—¿Sí?
—¿Qué vamos a hacer? —Su voz no era la de un sacerdote. Era la de un hombre acorralado.
—Siempre tengo que estar resolviendo tus problemas, anciano —respondió ella sin mirarlo, concentrada en el agua.
Sirvió el té y puso pan en la mesa. Harold se sentó con pesadez. Tomó un pedazo, pero se le quedó en la mano, olvidado.
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Editado: 10.05.2026