Sangre del Eclipse

Capitulo 15

Harold se movía como una sombra por la casa mientras la madrugada avanzaba. El cielo comenzaba a teñirse de un azul profundo y frío. Junto a la puerta había preparado dos bultos: ropa de abrigo para Layra, comida no perecedera, el viejo mapa, el hacha, una linterna y los libros que sabía que su hija no querría dejar atrás.

Cuando todo estuvo listo, llegó el momento más difícil.

Entró en la habitación de Layra. Encendió dos linternas pequeñas, se sentó al borde de la cama y acarició con ternura su cabello negro y ondulado hasta que ella se removió.

—Layra… mi rayito de sol —susurró.

La niña se despertó como un gatito perezoso. Se estiró, bostezó y miró confundida hacia la ventana.

—¿Papi? Todavía es muy temprano… ¿por qué me despiertas?

—Hola, mi amor. Tenemos que irnos. Tú, la tía Sara y yo nos mudaremos a otro lugar. Lejos de aquí.

Layra parpadeó y se sentó en la cama abrazando la manta.

—¿Irnos? ¿A dónde?

—¿Recuerdas los cuentos que leemos juntos? Los de hadas y duendes que viven en el bosque profundo.

—Las hadas en las copas de los árboles… y los duendes debajo, en huecos grandes que convierten en hogares.

—Exacto. —Harold sonrió—. La tía Sara y yo encontramos en un mapa antiguo un bosque con un árbol muy viejo. Tiene casi quinientos años. Vamos a vivir cerca de allí.

La niña frunció el ceño.

—¿Y cuándo volvemos a casa?

Harold sintió un nudo en la garganta.

—No lo sé todavía, mi cielo.

Los ojos de Layra se llenaron de lágrimas.

—Pero a mí me gusta mucho esta casa… Las plantas se van a poner tristes. Y mi rosal blanco…

Harold le acarició la mejilla con el pulgar, secando la lágrima que ya escapaba.

—¿Confías en papá?

—Sí, papi.

—Gracias, mi vida. —Su voz se quebró apenas—. Nos vamos porque el día de tu cumpleaños pasó algo malo. Algo que nos pone en peligro. No puedo contártelo todo todavía… pero necesito protegerte.

Layra bajó la mirada.

—Ese día sentí algo feo aquí. —Se tocó el pecho—. Vi pétalos negros flotando… como pozos sin fondo. ¿Fue por eso?

Harold se quedó inmóvil un instante. Su hija percibía mucho más de lo que él imaginaba.

—Sí. Fue por eso.

Layra no dijo nada más. Se lanzó a abrazarlo con fuerza, casi con desesperación.

—Tranquilo, ¿sí? —le dijo al oído—. Nunca me va a pasar nada malo. Siempre vamos a estar juntos.

Harold la apretó contra su pecho, luchando por no derrumbarse.

—Estoy más tranquilo ahora que sé lo importante que eres para este anciano —susurró.

Layra le dio un beso fuerte y sonoro en la mejilla. Luego se levantó, se vistió rápido y metió en su bolso dos libros: el de botánica y el de astrología.

En ese momento, la puerta principal se abrió de golpe.

—¡Listos! ¡Vámonos ya! —exclamó Sara, entrando cargada con bultos y sartenes colgando de los hombros.

Harold y Layra se miraron. Y estallaron en risas.

Sara frunció el ceño.

—¿De qué se ríen?

Layra corrió hacia ella y la abrazó.

—Nada, tía. Solo me alegra que estés aquí.

Sara miró a Harold por encima de la cabeza de la niña. Él se encogió de hombros.

—¿Qué pasa, mi amor? —preguntó Sara, acariciándole el cabello.

—Papá ya me explicó. No estés asustada. Vamos a estar bien. —Una pausa—. No llores.

Las lágrimas traicionaron a Sara de todas formas. La abrazó más fuerte, riendo y llorando al mismo tiempo.

—Gracias, mi cielo.

—Jo… te dije que no lloraras.

Sara se limpió las lágrimas, avergonzada pero sonriendo.

—Son hábitos de una mujer joven, preocupada… y muy hermosa —dijo mirando de reojo a Harold.

—Espero que esa mujer joven cargue también su equipaje.

—Lo cargarás tú. ¿O tu anciano cuerpo ya no tiene fuerzas para unos pequeños bultos?

—Para tu información, todavía quedan vestigios considerables de fuerza en este cuerpo. Tú, en cambio…

Sara se arremangó dramáticamente.

—¿Qué dijiste, anciano decrépito?

—Ya, ya… —Harold levantó las manos, riendo—. ¿Trajiste el caballo?

—Cobarde.

—¿Qué dijiste, cocinera loca?

Layra reía mientras los veía. Por un momento, casi parecía un día normal.

Harold cargó el bulto más pesado y abrió la puerta. El cielo se pintaba de tonos dorados.

Sara esperaba afuera con los brazos cruzados y una sonrisa de orgullo.

—No traje solo uno. Traje dos.

Harold se dio la vuelta tan rápido que casi pierde el equilibrio. El caballo blanco moteado de Sara y, junto a él, un robusto caballo marrón oscuro que conocía muy bien.

—¿De dónde sacaste el otro?

—Lo tomé prestado de las caballerizas de Ryz.

Harold se llevó una mano a la cabeza.

—Sara… ¿robaste un caballo de Ryz?

Layra dejó de reír de golpe y miró a su tía con los ojos como platos.

Sara soltó una carcajada y le dio a Harold una palmada en la espalda que casi lo hizo tropezar.

—¡Para cuando ese idiota se dé cuenta, ya estaremos muy lejos! —dijo riendo—. Aunque… quizás escuchemos sus alaridos desde el bosque.

Harold la miró entre horrorizado y resignado.

—Que los dioses nos protejan… Ahora sí que nos busca.

Layra los miró a uno y al otro. Luego una sonrisa traviesa le volvió al rostro.

—Tía Sara… eres un poco mala.

—Solo un poquito. —Sara le guiñó un ojo—. Pero es por una buena causa.

—Vamos —dijo Harold, ajustándose el bulto—. Antes de que Ryz despierte y decida quemar el bosque entero buscándonos.

Sara montó su caballo y ayudó a Layra a subir delante de ella. Harold montó el caballo de Ryz, todavía murmurando algo sobre mujeres locas y decisiones imprudentes.

Mientras se alejaban, Layra miró hacia atrás una última vez. El rosal blanco junto a la cerca se mecía suavemente con la brisa del amanecer.

Apretó el corazón negro de su gargantilla contra el pecho.

—Adiós… —susurró, tan bajito que solo ella lo escuchó.




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