—Harold, ¡mira allá! —gritó Sara, señalando hacia el frente—. Ya estamos llegando.
Layra se incorporó sobre el caballo, maravillada. El atardecer bañaba las ruinas del antiguo templo con una luz tenue y melancólica. Columnas quebradas, cubiertas de musgo y enredaderas, se alzaban como gigantes dormidos. Una hermosa enredadera de flores azuladas trepaba por una de las columnas aún en pie, como si la naturaleza intentara sanar aquello que los hombres habían destruido.
Harold desmontó y caminó hacia el centro de las ruinas. Sus pasos eran lentos, casi reverentes.
Layra sintió algo extraño en el aire: una sensación de pertenencia.
—Tía… ¿a dónde va papá? —preguntó, tirando suavemente de la falda de Sara.
—Tranquila, no ocurre nada malo. Estos lugares son muy especiales para nosotros, Layra.
—¿Por qué?
Sara respiró hondo y miró a la niña con ternura.
—Tu papá y yo somos sacerdotes de Aerténum.
—¿Aerténum? —repitió Layra, frunciendo el ceño.
Sara sonrió y le acarició la cabeza.
—Significa “para siempre” en la lengua de los dioses.
—¿Y qué significa ser sacerdote?
Sara cerró los ojos un instante, sintiendo cómo el sol se despedía lentamente para darle paso a la luna.
—Significa haber estudiado los cielos, las estrellas, los atardeceres y las noches. Sentimos una conexión profunda con Belenos, el Sol, y con Arianrhod, la Luna. Somos testigos de su grandeza. Del Sol que ilumina la verdad… y de la Luna que nos protege en la oscuridad.
Layra permaneció observándola en silencio.
Con la brisa cálida y la luz dorada del atardecer, le pareció ver pétalos blancos y brillantes danzando alrededor de su tía.
Se veía realmente hermosa.
Mientras tanto, Harold permanecía de pie en el centro de las ruinas, con los ojos cerrados, elevando una plegaria silenciosa a Belenos. Pedía guía, protección y que jamás los abandonara en la oscuridad.
La niña permaneció junto a Sara, mirando el cielo en silencio.
El Sol y la Luna compartían el mismo horizonte, uno en cada extremo, como dos almas que se extrañaban profundamente.
Aquel atardecer no era naranja ni rosado.
Era una melancólica mezcla de dorado suave y azul celeste, como si el propio cielo estuviera conteniendo la respiración.
El viento cálido atravesó sus cabellos como una caricia antigua.
Los pájaros guardaban un silencio respetuoso.
Y entonces, sin saber por qué, Layra sintió un dolor extraño y profundo en el centro del pecho.
Las lágrimas llegaron sin aviso.
Silenciosas al principio.
Luego más pesadas.
Resbalaron por sus mejillas mientras observaba fijamente aquel encuentro imposible entre el Sol y la Luna.
Harold terminó su plegaria y, al volverse, vio a su hija llorando en silencio bajo la luz del atardecer.
El corazón se le encogió.
—Mi rayito de sol… —susurró, corriendo hacia ella—. ¿Qué pasa? ¿Por qué lloras?
Layra tardó un momento en responder. Cuando habló, su vocecita salió temblorosa y quebrada.
—Papi… recordé la historia que me contaste. La del Sol y la Luna… Cuando se encuentran así crean colores tan bonitos juntos… pero se ven tan lejos… tan solos...
Bajó la mirada y se llevó una pequeña mano al pecho.
—Y no sé por qué… me duele mucho aquí. Como si yo también estuviera triste por ellos.
Harold se arrodilló frente a ella, con los ojos brillando por las lágrimas contenidas.
Sara también se acercó, emocionada.
Por un instante, los tres permanecieron en silencio bajo aquel cielo imposible.
Luego, casi al mismo tiempo, Harold y Sara la abrazaron con fuerza, envolviéndola por completo entre sus brazos.
Y Layra rompió a llorar de verdad.
Con sollozos profundos y desgarradores que sacudían su pequeño cuerpo.
Lloraba como si estuviera liberando algo inmenso. Algo demasiado grande, demasiado antiguo para comprenderlo.
—Está bien, mi vida… está bien llorar —susurró Harold contra su cabello, con la voz quebrada—. A veces el cielo nos hace sentir cosas que no sabemos explicar.
Sara besó la coronilla de la niña, también con lágrimas en los ojos.
—Ese dolor que sientes… es porque tu corazón es muy grande, mi niña. Tan grande como el cielo mismo.
Layra se aferró con más fuerza a ambos, temblando entre sus brazos, mientras el Sol y la Luna seguían observándolos desde lo alto.
Sara fue la primera en recomponerse. Secó las mejillas de Layra con los pulgares y, con una sonrisa temblorosa pero llena de cariño, la levantó en brazos y la acomodó contra su cadera.
—Vamos, mi cielo —dijo con voz más ligera, aunque aún emocionada—. Ya basta de lágrimas por hoy. ¿Sabes qué? Cuando lleguemos a la nueva casa voy a prepararte esas galletas de miel con nueces que tanto te gustan. ¿Qué dices?
Layra hipó una vez más, pero levantó la cabeza para mirarla.
Una pequeña sonrisa comenzó a abrirse paso entre las lágrimas.
—¿Con trocitos de chocolate también? —preguntó con la voz todavía temblorosa.
Sara soltó una risa baja y le besó la frente.
—Con trocitos de chocolate y un poco de canela, como a ti te gustan. Pero solo si dejas de llorar, ¿eh? No quiero que las galletas salgan saladas.
Layra dejó escapar una risita entrecortada. Sus ojos seguían húmedos, pero asintió.
Luego se aferró al cuello de Sara, escondiendo el rostro en su hombro.
Harold las observó con una mezcla de alivio y profunda gratitud.
Se levantó, secándose discretamente los ojos, y tomó las riendas de los caballos.
—Vámonos —dijo, recuperando firmeza en la voz—. Ya falta poco para llegar a nuestra nueva casa.
Sara montó con facilidad mientras seguía cargando a Layra. La niña se acomodó frente a ella, ya más tranquila, aunque de vez en cuando todavía escapaba de sus labios algún suspiro tembloroso.
Mientras se internaban más profundamente en el bosque, el Sol terminaba de esconderse y la Luna comenzaba a reinar sobre el cielo.
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Editado: 28.05.2026