Seis años después
El bosque ya no parecía tan oscuro como antes.
O tal vez era ella quien había aprendido a ver en la penumbra.
Layra, ahora con trece años, se movía con agilidad entre las raíces del gran árbol, saltando de una a otra con la gracia de quien ha convertido el bosque en su propio reino. Su cabello negro ondulado le llegaba hasta la mitad de la espalda y sus ojos brillaban con una intensidad que ya no podía ocultarse del todo.
Sabía que ya tenía la edad suficiente.
Durante seis años había esperado con paciencia, conteniendo su hambre de respuestas. Sabía que no era como los demás. Sentía cosas que otros no sentían, veía colores en el aire que nadie más notaba y, a veces, el bosque mismo parecía susurrarle secretos.
Pero ya no podía seguir esperando.
Volvió de recoger hierbas curativas con la bolsa llena y entró a la casa con pasos firmes. Harold la recibió con una sonrisa, mientras Sara, desde la cocina, la regañaba con cariño:
—Otra vez demoraste demasiado, jovencita. Ya casi es de noche.
Layra dejó la bolsa sobre la mesa y miró directamente a su padre, con decisión.
—Papá… ya es hora.
Harold puso una mano en su cintura y enarcó una ceja.
—¿Hora de qué?
—De la biblioteca de Aerténum —respondió ella sin dudar—. Me lo prometiste.
Sara y Harold se miraron al mismo tiempo. Sara se acercó y le acarició el cabello.
—Cariño, ya eres una niña grande, pero…
—No —la interrumpió Layra, firme pero respetuosa—. No me sigan tratando como a una niña. Papá me lo prometió hace años. Ya esperé suficiente.
Sara suspiró y se cruzó de brazos, mirando a Harold como diciendo “esto es cosa tuya”. El anciano tomó las manos de su hija con suavidad.
—Mi rayito de sol… eres hermosa, decidida y cada día más valiente —dijo con una mezcla de orgullo y preocupación—. Tienes razón. No podemos seguir posponiéndolo.
Harold miró el calendario. Justo esa noche habría luna llena. Intercambió una mirada con Sara, quien, tras unos segundos, asintió.
—Está bien —dijo finalmente—. Que pase lo que tenga que pasar.
La cara de Layra se iluminó. Soltó un grito de emoción y saltó a abrazar a su padre con fuerza.
—¡Gracias, papá! —Luego se giró hacia Sara y la abrazó también—. ¡Gracias, tía! No se van a arrepentir.
Sara se emocionó visiblemente. Sus ojos brillaron con un recuerdo lejano.
—Espera… hay algo que guardé para este momento.
Se dirigió rápidamente hacia la escalera y se arrodilló. Quitó con fuerza dos tablas del suelo, provocando una nube de polvo que hizo toser a Layra y Harold.
—¿Qué haces, tía? —preguntó Layra, extrañada.
—Shh —respondió Sara, concentrada.
Del hueco oculto sacó un antiguo cajón de madera con runas casi borradas. Lo sopló, lo sacudió y lo abrió con cuidado.
Dentro había un hermoso vestido ceremonial: telas blancas y negras que se fundían con elegancia, bordes plateados que brillaban con luz propia y delicados símbolos del sol y la luna bordados en los puños y el cuello.
Layra se quedó sin aliento.
—Qué hermoso… parece mágico.
Sara sonrió con nostalgia.
—Hace muchos años, cuando yo tenía trece y mi maestra me llevó por primera vez a la biblioteca de Aerténum en una noche de luna llena, usé este mismo vestido.
Harold soltó una risa baja.
—Eso fue hace un siglo, cuando el fuego todavía no se había descubierto.
Sara lo fulminó con la mirada.
—Cállate y ten más respeto, viejo gruñón. En todo caso, el más viejo de esta habitación eres tú.
Harold abrió la boca para contestar, pero Layra ya se había acercado corriendo al baúl, fascinada.
—¿Yo voy a usar este vestido? —preguntó, tocando la tela con reverencia.
—Sí —respondió Sara con ternura—. Es tradición.
Layra se quedó pensativa un momento, acariciando los símbolos plateados. Luego levantó la vista hacia Sara.
—¿Por qué hay que usar ropa especial para entrar a ese lugar? Ustedes son sacerdotes y no tienen uniforme, solo la marca del cuello.
Sara se sentó en el suelo junto a ella, sosteniendo el vestido con cuidado.
—Porque la biblioteca de Aerténum no es solo un edificio. Está viva. Es como un ente consciente que respira. Cuando los primeros sacerdotes la construyeron para proteger el conocimiento de los astros, los dioses la bendijeron y la convirtieron en una extensión de ellos mismos sobre la tierra. Es un lugar sagrado… se entra con respeto profundo.
Layra abrió mucho los ojos, emocionada.
—Entonces… ¿es una biblioteca mágica?
Harold soltó una carcajada cálida desde el fondo de la sala.
—Sí, mi niña. Es una biblioteca mágica.
Se acercó y le puso una mano en el hombro.
—Ve a prepararte. Esta misma noche, cuando la luna esté en lo más alto, visitaremos la biblioteca.
Layra soltó un grito de pura emoción y corrió hacia su habitación.
—¡No tardo! —gritó desde las escaleras.
Sara se levantó, todavía sosteniendo el vestido, y le gritó con cariño:
—¡Espera un momento! Déjame prepararlo bien y te ayudo a vestirte.
Sara comenzó a vestir a Layra con un cuidado casi sagrado. A medida que el atuendo se completaba, los ojos de Sara se humedecían más y más.
Cuando terminó de colocar los adornos en el cabello de Layra —pequeñas horquillas plateadas y un delicado velo transparente—, dio un paso atrás y la contempló en silencio.
—Estás… —susurró, con la voz entrecortada—. Estás tan hermosa. Este vestido parece que te hubiera estado esperando todos estos años. Como si hubiera sido hecho solo para ti.
Sara soltó una risa suave, casi nostálgica, y se limpió una lágrima que escapaba.
—Hasta me da un poco de pena haberlo usado yo primero… Te queda mucho mejor.
Layra dio una vuelta lenta sobre sí misma, sintiendo cómo la tela se movía con ella. Se miró con una mezcla de sorpresa y orgullo. Luego levantó la vista hacia Sara, con una sonrisa tímida.
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Editado: 28.05.2026