Sangre del Eclipse

Capitulo 20

Hubo un momento en que no supo si seguía dentro de la biblioteca o si ya había cruzado hacia otro lugar.

Las puertas de obsidiana estaban abiertas.

Eso lo recordaba. Lo recordaba cómo se recuerdan las cosas que ocurren demasiado rápido para procesarlas: en fragmentos sueltos, sin orden, como pedazos de un espejo roto que no terminan de encajar.

Sus manos sobre la piedra fría.

El calor que subió desde la obsidiana hacia sus palmas, lento al principio, luego de golpe, como si algo hubiera reconocido su tacto y hubiera decidido responder.

Las inscripciones encendiéndose.

Y después las voces.

Dos voces que no venían de ningún lugar concreto sino de todas partes al mismo tiempo, una masculina y otra femenina, y las dos diciendo lo mismo, su nombre, solo su nombre, con una familiaridad tan antigua y profunda que algo dentro de ella se había movido de una manera que no tenía nombre.

Recordaba haber querido entrar.

Recordaba el salón pequeño detrás de las puertas, íntimo y quieto, con dos podios de piedra y sobre ellos dos libros que la miraban como si llevaran siglos esperando que ella llegara. Los recordaba con una claridad extraña, más clara que cualquier otra cosa, como si ese instante se hubiera grabado en algún lugar más hondo que la memoria.

Y entonces los brazos de su padre.

Bruscos. Desesperados. Arrancándola.

Las puertas cerrándose detrás de ella con una brusquedad absoluta que se parecía a un secreto guardado.

Y después todo se volvió raro.

La biblioteca respiraba. Layra lo sentía en la piel, en el pulso, en ese lugar del pecho donde vivían las cosas que no se podían explicar. El aire tenía latido propio y ese latido era el suyo también, como si siempre hubieran sido la misma cosa y ella recién acabara de descubrirlo.

Miró sus manos.

Brillaban.

Era como si alguien hubiera derramado luz de luna sobre su piel y hubiera decidido quedarse.

Arriba, a través del ventanal circular, la luna respondió.

Se volvió más brillante de golpe, con una intensidad que no correspondía a ninguna fase normal, como si algo la hubiera encendido desde adentro.

Layra escuchó a Sara decir su nombre.

Escuchó a Harold decir algo que no pudo terminar de entender.

Y entonces su cuerpo empezó a calentarse.

No como fiebre. Era diferente a la fiebre. Era un calor que venía de adentro hacia afuera, que empezaba en el pecho y se extendía despacio hacia los brazos, hacia las manos, hacia la punta de los dedos. Y sus ojos. Sus ojos le dolían de una manera extraña, como si quisieran ver algo que todavía no estaba ahí.

Giró para llamar a su padre.

Abrió la boca.

Y el suelo de la biblioteca se fue.

Lo que vino después no fue oscuridad.

Fue otra cosa.

Era un lugar que no era un lugar, o que era todos los lugares al mismo tiempo, con una luz que no venía de ningún sol ni de ninguna luna sino de algo más antiguo que ambos. Y en ese lugar había una mujer.

Layra la vio de lejos primero.

Pelo plateado que caía como agua quieta. Ojos violetas, exactamente del mismo tono que los suyos. Lloraba desesperada, con esa manera de llorar de quien se le arrebata algo muy preciado.

A su lado había un hombre alto.

Pelo rizado y dorado. Sostenía algo contra su pecho con un cuidado que dolía mirar. Una bebé envuelta en telas que brillaban suavemente, doradas y plateadas al mismo tiempo.

Hablaban.

Layra no podía escuchar las palabras, pero entendía igual, de la misma manera en que se entienden las cosas en los sueños, por debajo del sonido. La mujer no quería soltar a la bebé. El hombre le decía algo con una voz que temblaba, algo que le costaba decir, algo que era verdad, aunque doliera.

Y entonces la mujer cerró los ojos.

Y soltó.

Las estrellas bajaron. Cientos de ellas, pequeñas y vivas, descendiendo despacio desde un cielo que no era el cielo de ningún lugar conocido. Una de esas estrellas llevaba consigo a la bebé, envolviéndola con una ternura que no parecía pertenecer a ninguna cosa que no fuera divina.

Layra vio cómo la dejaban.

A los pies de un árbol con ramas caídas.

Y supo, con esa certeza sin lógica de los sueños, que ese árbol era el mismo bajo el cual todo había empezado.

El sueño siguió.

Le mostró cosas que no entendió del todo, imágenes que pasaban demasiado rápido o que eran demasiado grandes para caber en una sola mirada. Una ciudad que Layra no conocía, sumida en una oscuridad que no era la noche sino algo peor que la noche. Mujeres con los hijos muertos en brazos. Hombres luchando con cuatro insignias diferentes, y en sus manos el fuego líquido y espeso, el hielo que cortaba el aire, montañas que se movían, flores que crecían y se marchitaban en segundos.

Un rayo que partía el suelo.

Un viento que arrancaba todo lo que intentaba quedarse.

Y luego, de pronto, algo conocido.

Harold.

Más joven, con menos canas en las sienes y menos peso en los hombros, caminando por un sendero oscuro entre ruinas antiguas. Se detenía. Miraba hacia los lados. Se agachaba despacio.

Y recogía a una bebé.

La sostenía con esa torpeza tan suya de hombre que no sabe muy bien cómo se agarra a un recién nacido pero que lo intenta con todo lo que tiene. Leía una carta con la mano que le quedaba libre, y su expresión cambiaba mientras leía, y Layra no podía ver bien sus ojos desde donde estaba en el sueño, pero conocía esa expresión. La conocía como se conocen las cosas que se han visto toda la vida sin saber que se estaban memorizando.

Era la misma que ponía cuando la miraba dormir.

La misma que ponía cuando ella decía algo que lo sorprendía.

La misma que ponía cuando creía que nadie lo estaba mirando.

El sueño dio un último giro.

Un campo verde, iluminado por la luz imposible de un eclipse. Y en los costados, dos sombras. Una que se parecía al sol y otra que se parecía a la luna, con la misma forma, la misma altura, los mismos cabellos de los dos que Layra había visto llorar al principio.




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