Sangre del Eclipse

Capitulo 21

Harold había prometido entregarle su verdad a Layra. Sabía que la verdad a medias, el fragmento incompleto que él custodiaba, no bastaría para blindar el alma de su niña ante el camino que la aguardaba. Pasó tres días en penumbra, con el estómago vacío y el espíritu en carne viva. Oró a Belenos implorando que la luz guiara sus palabras, buscando entre los pliegues de su mente alguna alternativa que le evitara el dolor. No la había. Al cuarto día, cruzó el umbral de su habitación con el peso de una decisión irrevocable sobre los hombros.

Caminó hasta el cuarto de Layra. Golpeó la madera tres veces, pero solo obtuvo el eco del vacío como respuesta. Empujó la puerta; la cama estaba intacta.

—¡Sara! —llamó desde la barandilla del segundo piso, quebrando el silencio del lugar—. ¿Dónde está la niña?

Abajo, Sara repasaba las páginas gastadas de un tomo antiguo. Respondió sin levantar la vista, con una calma que no lograba ocultar la fatiga.

—Veo que por fin terminaste de rezar, anciano. Layra fue a caminar. Ve a buscarla, no debe haber ido lejos —añadió en un murmuljo que se ahogó en sus propios labios—: O eso espero.

Harold no perdió tiempo. Cruzó el umbral de la casa y se adentró en la penumbra del laberinto subterráneo, ansiando la luz de la superficie.

Afuera, Layra se perdía en el latido del bosque que ahora llamaba hogar. La oscuridad ya no le resultaba monstruosa; lo desconocido había empezado a revelarse ante sus ojos como un refugio tibio.

La primavera estallaba en todo su esplendor: un grupo de árboles comenzaba a florecer, repleto de capullos tímidos que se resistían a abrirse. Al acercarse, descubrió que bajo los pétalos cerrados maduraban pequeños frutos. Movida por la curiosidad, trepó por el tronco y saltó entre las ramas, ascendiendo con el corazón inquieto hasta coronar la copa. Al asomar la cabeza, la inmensidad del horizonte boscoso le robó el aliento.

Se quedó allí, hipnotizada, cometiendo el error de olvidar que la belleza siempre esconde espinas. No vio a la serpiente que aguardaba agazapada entre el follaje. Solo cuando sintió el roce frío y escamoso deslizándose por su pierna, giró el rostro. El pánico la hizo perder el equilibrio. El pie resbaló y el vacío se la tragó.

Mientras las ramas le azotaban la ropa en la caída, el tiempo pareció dilatarse. Pensó en lo irónico de la escena: una criatura letal oculta entre flores perfectas. Quizá el mundo era así; quizá las personas capaces de la peor maldad se escondían detrás de las sonrisas más hermosas. Resignada al impacto inminente, cerró los ojos y se dejó ir.

Un parpadeo antes del golpe, unos brazos firmes rompieron su caída. Harold, que la había rastreado desde la espesura, la estrechó contra su pecho.

—¡Te tengo!

—¡Ah! —Layra soltó el aire de golpe, aferrándose a sus ropas—. Uff, gracias, papá. Por un segundo pensé que la muerte venía a buscarme.

Harold dejó escapar una risa tensa, buscando aliviar el aire. Layra lo miró fijamente, y en el silencio que se instaló entre el murmullo de las hojas, soltó una verdad:

—Siempre que el mundo se cae a pedazos, estás ahí para salvarme.

Su padre la depositó en el suelo con delicadeza. Le apartó un mechón de pelo del rostro y le sostuvo la mirada, con los ojos empañados por ternura.

—Y si mil veces te caes, mil veces voy a estar para sostenerte —respondió, con voz profunda.

Harold la tomó de la mano y, despojándose de la ligereza de antes, adoptó una gravedad que encogió el aire alrededor.

—Layra, hace tres días me pediste que te contara la verdad sobre tus padres —dijo, midiendo cada palabra—. Y esa verdad es un hilo que se enreda directamente con quién eres tú.

Layra asintió. Erguida, inflando el pecho con la valentía de un soldado que se prepara para la batalla, sostuvo la mirada de su padre.

—Estoy lista.

Harold la contempló con una oleada de nostalgia ajada grabada en las arrugas de sus ojos.

—Eso espero, mi niña. Para esto, debemos ir a las ruinas del templo. Al lugar donde te encontré aquella noche; donde empezó todo.

—Pero, papá, queda lejos —observó ella, mirando de reojo la espesura—. Para cuando peguemos la vuelta, ya habrá caído la noche.

—No te preocupes. Vamos.

Layra se dejó guiar. Caminaron tomados de la mano, abriéndose paso a través del bosque. En el trayecto, ella se dedicó a contarle todo lo que la hacía feliz mientras paseaba; amaba decirle cada detalle que cruzaba por su mente, cada pensamiento fugaz o pregunta, por muy absurda que pudiera parecer. Harold la escuchaba con una atención, respondiendo a cada uno de sus interrogantes extraños. Le maravillaba la agudeza de su mente.

—¿Sabes algo, Layra? —interrumpió él con suavidad, deteniendo el paso un instante—. A veces, cuando intentas algo nuevo, tu mente vuela mucho más rápido de lo que tu cuerpo logra asimilar. Te equivocas, las cosas no salen como te gustaría y te frustras. —Harold apretó la mano de su hija con una firmeza protectora, vertiendo una seguridad absoluta en su voz—: Nunca te castigues con palabras feas. Jamás te digas que no eres inteligente, ni te pienses débil. Eres la niña más brillante, valiente y hermosa que mis ojos han visto. Escúchame bien, Layra. No te lo digo por el amor ciego de un padre, sino porque he sido testigo de cómo luchas contigo misma para ser mejor cada día. Está bien buscar la excelencia, pero no olvides abrazarte y felicitarte por todo lo bueno que ya has logrado.

Layra lo miró con los ojos colmados de una admiración purísima, una mirada que comenzó a empañarse por lágrimas que brotaban desde la raíz de su corazón conmovido.

Harold estiró los dedos para limpiar el llanto de sus mejillas y, apartando con el brazo la última rama baja para que no rozara el rostro de su hija, la guió hasta el claro. Ante ellos surgieron, solemnes, las ruinas del templo.

—Gracias, papá —susurró Layra, deteniéndose frente al umbral de piedra—. ¿Sabes qué? Tú también tienes que grabarte esto y no olvidarlo nunca. No importa quién haya sido el que me dio la vida; tú siempre serás el hombre que limpiaba mis lágrimas y me hacía reír cuando el mundo se volvía oscuro. Serás, para siempre, el único al que llamaré padre.




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